Y hasta aquí la risa…permiso para retroceder dos funestas décadas

Y hasta aquí la risa…permiso para retroceder dos funestas décadas

A paso lento, con esa típica burla que exige un sábado en la tarde, me paré, vacilante, al frente de lo que en un pasado remoto fue su casa. Esa modesta fachada donde hay un retrato suyo que ostenta una sonrisa inmortal que, hoy por hoy, está recopilada en los libros de historia, plasmada en las paredes de las universidades dibujada en el barrio Quinta Paredes y que aún conserva ese aire delirante y a la vez modesto, resguardándose en una calle tranquilamente empinada. Da la impresión de mostrarse como un barrio fantasma, así, tal cual como siempre ha sido La Macarena: envuelta en una atmósfera fúnebre pero acogedora, taciturna pero agradable, distante del ambiente cosmopolita pero indeleble ante la memoria histórica. Precisamente vivió ahí, donde todavía se logra contemplar la grandeza de la torreColpatria y el movimiento de una ciudad agitada por el bullicio de los carros, las motos y las voces que, al unísono, parecen anunciar el inicio, el trance o la muerte de una jornada desesperante, obsesionada por salir cuanto antes de las obligaciones que demanda el trajín. Esta misma ciudad que fue testigo de su muerte aquel aciago viernes 13 de agosto de 1999 y que actualmente sigue su curso con rapidez demoníaca.
Cabizbajo y con el inevitable impulso de la nostalgia, decidí dejar atrás aquella modesta casita (albergando para siempre ese tranquilo aire a pasado) para llegar puntual a la obra.

Con la niebla plomiza que oculta la presencia de tres sombras desconocidas que están esperando cualquier cosa, menos la llegada de un público curioso; con un reloj circular y luminoso señala las 5:45 de la mañana; con el inesperado ruido de fondo de cuatro detonaciones seguidas que, posteriormente, alertaron el intento vago de las sirenas por remediar los estragos ocasionados por los esbirros impunes de la muerte, y la imagen perfecta de una jeep cheroke estrellada en un poste; pude regresar, con dolor, al año noventa y nueve.

A lo largo de la obra recordé de nuevo ese momento inolvidable, precisamente cuando la imagen del televisor me había anunciado esa vez la muerte de un tal Jaime Garzón. Esta vez sin la inocente curiosidad de un niño que, para apropiarse de la impotencia y por ignorancia del momento que presenciaba, tuvo que asociarlo con el lustrabotas desdentado y dicharachero que había visto noches atrás en las pantallas. Porque, en medio de la niebla que se extinguía poco a poco para revelar los verdaderos rasgos de las tres sombras y que surgieron por un telón teñido de un rojo bastante simbólico; me di cuenta de que aparecía el pasado acusador con sus fauces plagadas de crueldad y dolor.

Cada instante fue necesario para recrear los ínfimos detalles de su leyenda. Me pareció verlo de nuevo, conservando la flaccidez de su cuerpo mediano, todavía con la típica miopía, pero siempre ostentando una mirada inquieta, curiosa e infantil: iba explicando el concepto de país como en sus mejores épocas cuando estaba en Zoociedad.

Por ejemplo, definía a esta sociedad gobernada por una clase dirigente de peculiar proceder, como una selva plagada de actos negligentes, cuyos desaciertos, no daban del todo, consecuencias alentadoras. El tiempo no había cambiado. Hacía la misma burla a los innombrables que hoy se yerguen en sus manías de poder, imitando sus voces, sus maneras, sus estupideces. Pero lo más inaudito había llegado con el ejemplo perfecto acerca del fenómeno hipnotizante al que muchos suelen contagiarse, y es el espectáculo que causa los medios de comunicación, seguido de ese distractor pertinaz en nuestra cultura llamado fútbol; paliativo óptimo que suele muchas veces desviarnos de las verdades agobiantes de nuestro “grupo heterogéneo de personas que habitan el territorio llamado: Colombia”.

Por un momento creí que no estaba muerto. Al parecer solo se había tomado un leve receso al otro lado del mundo. Había llegado con nuevas fuerzas. Volvíamos a verlo. Pero en cambio, no tuve compasión del otro hombre que farfullaba odio en sus palabras, enseñando una voz ronca e imponente. El tipejo aquel, que no se alejaba por un momento del radio y siempre daba órdenes a sus secuaces, justificaba sus actos con pendenciera artimaña. Para nada conmovía sus arrancones de sensiblería barata. Por más que mencionara a la mamá como escudo infame para rehacer sus atrocidades, seguía siendo un matarife peligroso, uno de los tantos cánceres que impregnan este país. No sentí ni un ápice de piedad hacia sus argumentos que trascendían en el rencor de quien no siente ni la más recóndita cercanía y sensibilidad hacia el ser humano. Era él y sus ideales creados, los mismos que muchos de esa clase política se estaban favoreciendo. Por eso no permitía que nadie lo refutara, ni mucho menos lo burlara; tal como lo hacía el tal Jaime, a quien ya la muerte lo estaba sentenciando por decir las cosas que en este territorio ensangrentado estaba prohibido decir. Sin embargo, hubo algo con lo que estuve de acuerdo con aquel sujeto despreciable: el crimen y la clase política continúan con los mismos intereses, cambian, tan solo, las víctimas.

Por otro lado, a la mujer, cuyas manos siempre están en contacto permanente con la sangre ajena, no se le tiene permitido hablar. Es una cómplice ciega de aquellos que se enfrentan con la muerte. Ni la satisfacción por salvar vidas prójimas, ni el deseo de cumplir con una labor noble y digna, son capaces de modificarlo por el desprecio hacia su condición actual. Su presente la somete al odio inevitable. Extraña su pasado. La vida que sufrió al lado de su madre para poder surgir de las garras de la miseria era mucho mejor. Cómo tuvo que soportar los vejámenes del hambre y la necesidad para conseguir una vida digna no la absuelven de encararse con el horror diario. Un compendio de escenarios pavorosos le han obligado a retractarse para anhelar los tiempos heroicos del ayer. A veces esta vida de sangre, angustia y persecución impuesta no tiene una explicación válida si se piensa que, mucha gente inocente muere, por más que se haga un esfuerzo por traerlos a la vida, y, en cambio otras, cuyas acciones merecen ser enviados a la muerte, viven impunemente, para continuar con su racha interminable de triquiñuelas.

“¡Jaime, Jaime! ¿Será que todavía hay esperanza de salvación?” Le roba la pregunta el aprendiz de periodista a su prospecto de colega light. Y el renacido Jaime, adoptando el impulso para lanzar su rápido y coherente argumento, les responde a los dos periodistas, a los espectadores de la obra, a todo el país: “Si ustedes los jóvenes no asumen la dirección de su propio país, nadie va a venir a salvarlo. ¡Nadie!”.

Sometidos a la eterna tragedia de recordar para después morir en la dicha pasajera de lo que pudo haber sido si no hubiera ocurrido el crimen; el desconsuelo regresó con más propiedad, con una desazón diferente, ahora con veinte años más y ya consciente de su legado. Cuando el ruido de las balas acalló de nuevo su voz, un conglomerado de instantes dieron vida otra vez a Godofredo Cínico Caspa, Dioselina Tiabaná y el gran Heriberto de la Calle. Al compás de la canción que lo inmortalizó, Ququiero morirme de manera singular, quiero un adiós de carnaval, se disipaba la imagen del único ser en Colombia, cuyo histrionismo tuvo un sentido auténtico que se situaba en las vertientes de la crítica y el concepto de nación, y que denunció así las barbaridades de un país al que los funcionarios de esa clase, han hecho de todo, menos servir a los al progreso y al bienestar de la patria.

Otra vez regresó la penumbra acompañada de un silencio corto e incómodo que anunciaba el final de la obra. Con la frase que sepultó la rabia de los muchos que vivimos la triste historia de ser colombianos, pareció cerrar, a modo de último telón, para continuar con el mismo ciclo tragicómico de nuestras vidas: “Y hasta aquí las noticias… ¡país de mierda!”.
Fue casi tan doloroso como haber regresado a ese instante en que muchos nos dimos cuenta de que nos mataron la risa. ¡Lo extrañamos un montón, Jaime!

***

Llamada originalmente Nos mataron la risa, el grupo Knockout de Medellín se presentó en la Corporación Colombiana de Teatro a lo largo del mes de agosto, para llevar el legado de Jaime Garzón y conmemorar sus veinte años de asesinato e impunidad.
Nos mataron de la risa es un proyecto ganador de la Convocatoria de Estímulos para el Arte y la Cultura 2019 promovido por la Secretaría de Cultura Ciudadana y la Alcaldía de Medellín, está dirigida por: Ruderico Salazar Alzate y representada por: David Suárez, Juan David Ossa y la excelsa Viviana Zuluaga. Diseño gráfico / Multimedia: Alexander Betancur. Gestión y programación: Juan Pablo Ricaurte. Diseño de vestuario: Stiven Osorno. Fotografía: Klauss – Andrés Zuluaga –Santiago Loaiza.

Imágenes tomadas sin fin de lucro de:
https://www.eltiempo.com/bogota/vecinos-de-barrios-del-centro-de-bogota-se-quejan-por-ruido-de-bares-145770
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