El marinero, o una exquisita muestra del teatro estático de Pessoa.

 

El marinero, o una exquisita muestra del teatro estático de Pessoa.

 
 
 

En el marco del especial Días Temáticos Teatro en diálogo con el Festival de Teatro de Bogotá.

Sé que he despertado pero todavía duermo. Con el brusco aterrizaje el libro, que imagino hasta entonces reposaba tranquilamente entre mis piernas, se fue de bruces contra el metálico piso del avión. ¿Lo terminé antes de caer en modorra o solo soñé que lo hacía?
Empecé a leerlo al sentarme en la silla 14 A de aquel ATR-72 de doble hélice. Eso lo recuerdo. Hay una habitación circular en un castillo antiguo. Así empezó la obra, de eso estoy seguro. En el centro se eleva, sobre un sepulcro, un ataúd con una mujer de blanco. Tres mujeres la velan. Hay una única ventana, alta y estrecha, desde la que se ve el distante mar. Es de noche y entra un rayo de luna. Si, todo eso lo leí; así es como Pessoa ambienta El marinero, su obra de teatro. Pero eso ocurre en la primera página del libro. ¿Tan solo leí una hoja antes de dormirme?


No recuerdo que ninguna de las mujeres haya hecho nada: no se movieron de sus sillas, no. No cambiaron de escenario, no. No justificaron la presencia de la muerta, no. No explicaron la razón de su espera, no. No hubo acción, progresión, enredo dramático, desplazamiento, cambio de escenario, conflicto, enredo, dinámica ni (¡por todos los dioses!) actuación. Es inconcebible. Eso no es teatro. Tuve que haberme quedado dormido tan pronto despegó la aeronave. No hay otra explicación.


¿Y la historia del marinero? Aquel que en el desamparo del naufragio añora su vida, inventa un nuevo pasado, sueña con este y al despertar no puede invocar sus verdaderos recuerdos… ¿La inventé yo, Pessoa o una de las doncellas en vela? No pude haber sido yo: mi inconsciente onírico nunca ha sido tan perturbadoramente existencial; ridículo e ingenioso, si, pero nunca filosófico. No lo pude haber soñado. Ahora estoy seguro de que no lo hice. Lo leí. Solo que eso no pasó; fue contado por una de las hermanas. Sin moverse. Sin desarrollarlo. Sin inicio, nudo ni desenlace. Solo contado. «¿Para qué nos contaste esa historia?» ─recuerdo que preguntó una de ellas. «Ya no lo recuerdo ─contesta la otra─. Apenas ahora recuerdo haberla contado».

 

Sentí pánico, legítimo terror. Ahora lo recuerdo. Por eso solté el libro. Por eso me obligué a dormir justo al terminarlo. ¿Qué fue lo que me atemorizó? Ya no me acuerdo. Quizás fue ese misterioso multiuniverso que se asoma entre las enigmáticas charlas entre las hermanas, ese que anuncia la presencia de algo más, algo tan inconcebible que tenemos que evaluar la posibilidad de nuestra propia locura, con tal de no aceptar su existencia. «Quizás nada de esto sea verdad ─recuerdo que una de ellas cuestionó─ quizás todo este silencio y esta muerta y este día que comienza no sean sino un sueño». «Eso es tan extraño que debe ser verdad ─creo que dijo la otra─. No sigas. No sé qué es lo que ibas a decir, pero debe ser demasiado para que el alma lo pueda oír». «¿Cuál es esa voz con la que hablas? ─pregunta la tercera─ Es de otra. Viene de una especie de lejanía. Y me parecía que tú y tu voz y el sentido de lo que decías eran tres entes diferentes, como tres criaturas que hablan y caminan». «¿Por qué hablamos? ─dice alguna de ellas, ya no se cuál─ ¿Quién es el que nos hace seguir hablando? ¿Por qué hablo sin que quiera hacerlo?».

Es Pessoa quien las obliga a hablar. Son esclavas de su pluma. Dicen lo que él quiere que digan. No. Soy yo quien las fuerza a continuar esa charla. Son cautivas de mi lectura. Continúan hablando siempre y cuando yo siga leyendo. No. Soy yo quien depende de Pessoa. Él escribe que yo estoy en la silla 14 A de aquel ATR-72, leyendo una obra de teatro sobre tres hermanas en vela y un náufrago que solo recuerda lo que inventó para evadir los recuerdos.
Esa es la maravilla del teatro estático, del que Pessoa es el máximo referente; ese en el que las figuras no actúan, no producen acción ni viven enredos perfectos; ese en el que puede haber revelación de almas sin dinámica y puede haber creación de situaciones de inercia meramente de la psiquis.

 
 

¿De qué trata la obra? Realmente no lo sé. De una habitación circular en un castillo antiguo en cuyo centro se eleva, sobre un sepulcro, un ataúd con una mujer de blanco que tres mujeres velan. ¿Y del marinero? No lo sé, tan solo se menciona en una parte. ¿Y de los multiuniversos? No lo creo, son solo esbozos. Es el momento en que no estoy seguro si la leí o la viví o la soñé. «Y todo esto queda, hermana mía, que solo tú eres feliz porque crees en el sueño… ».

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Sobre el autor:

Juan Felipe Cardona

Soy un lector, es decir que elijo libros en vez de amontonarlos. Soy un escritor, porque encuentro en ese acto la mejor manera posible de vivir. Soy un hedonista, lo que significa que tengo muchos pecados pero ninguna culpa. El resto de mi biografía no importa: son simples anécdotas.


 


Las imágenes de esta crónica fueron obtenidas de las página de la editotial TRagaluz Editores, sin ningún tipo de fin comercial:
Todas tienen por crédito Tragaluz editores.

Lasegunda fotografía es el manuscrito original.



1 Comentar

  1. Omar Cardona dice:

    La lectura de este blog si que alegro mi viernes de lectura, pues es algo distinto a todo. Nunca habia leido algo tan etereo y a la vez tan real. Tuve que leerla mas de 2 veces para darme cuenta que no estaba soñando. Que exquisita muestra de nuestro amigo Juan Felipe.

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