Eva y la farsa del paraíso revelado

Y cuando uno cree haberlo visto todo (los rastros del camino que conducen a un posible precipicio, oculto discretamente por el telón; para exhibir la escenografía, raramente conformada por una camiseta del Deportes Tolima, uno que otro trasto de madera separado cuidadosamente de los otros objetos, a lo mejor para brindar una mayor veracidad al lugar), de repente, surge de la inmensidad de su gloria el ángel Anael. Esta deidad enmascarada, cuya voz potente, pero meliflua, nos ha paralizado a todos, se ha entregado en alma al sonido de sus propias palabras, al instinto que le ha otorgado su poderío. Tiene la potestad suficiente para brindarnos una bienvenida al mejor estilo celestial, al mencionar la llegada del Super Hombre como argumento indispensable de salvación. A lo largo del espectáculo no se aparta ni un instante del micrófono y el eco de su lenguaje trasciende en un sinfín de alusiones milagrosas que recaen en la necesidad del ser humano por buscar alguna justificación a su error de existir. Definitivamente está envuelto en un aura de santidad, digna de un ser que nos aguarda en la eternidad, inventada o, peor aún, innegable.

 
 
 
 

Y cuando Cupido despierta de su letargo -una luz fulminante le enfoca su infaltable túnica roja y las líneas deformes que dibujan un rostro demacrado y severo-, el imaginario que nos ha concedido la historia, lamentablemente, se ha desvirtuado. Es un ser menos capaz y más paradisíaco, hasta uno tiende a creer que en aquella divinidad consecuente con el amor, el deseo y la lujuria tan solo existen en el mito engendrado por los artífices de la ficción. Es la vulgaridad en su máximo esplendor.

Lejos de exhibirse como una obra común, donde casi siempre los diálogos están sujetos a la lealtad fanática y limitada de un guión, en esta creación, en cambio, se distingue una ambientación agradable de un espectáculo proveniente del más allá; dirigida a esta humanidad incrédula y vacilante. Somos y seremos el público perdido en el Jardín de las Delicias por toda la eternidad, donde tendremos la participación del noble Anael y el convincente Cupido como presentadores de tan magnánimo performance. Estos serán cómplices narrativos del destino de Eva; aquella mujer cuyas brasas internas la llevarán al abismo más desolador, como arte beneficioso para las miradas de mórbida pretensión y carácter ponzoñoso que saciará por completo el amor al sufrimiento.

 
 

Eva y la diosa ebria.

Aún no se explica (y quizás nunca encontrará las razones) porqué Eva tiene tanta calentura. A pesar de que se limite a pisar el camino que el dogmático Paraíso le ha impuesto en figuras geométricas perfectamente delineadas, el fuego que la consume por dentro la obliga a preguntarse muchas cosas. Una de ellas es por qué se encuentra encerrada en aquella prisión edénica que, a lo mejor la está sometiendo a pensar en semejantes disparates. Es una dama inconforme en un jardín sin respuestas. Por tal motivo, extiende un clamor por medio de gritos desgarradores hacia su diosa. Pero la deidad superior, la dueña de Eva y su universo, no atiende a tales reproches, hasta no beber la cantidad necesaria de alcohol celestial, por lo menos para que le permita estar lo suficientemente ebria como para seguir siendo etérea y, no pensar en otra cosa más que perjudicar a su fogosa creación.

La diosa plateada no acude a sus caprichos. No cuando la lengua está empapada de licor mientras dice cualquier cosa que su beodez le permite tararear. Por eso decide dejarla a la suerte, para entregarse a su placer terrenal allí en el cielo y permitir que a su invención humana se le siga alborotando la llama interior, el ímpetu de su curiosidad atraviese nuevos caminos que, poco a poco conduzcan a revelaciones mucho más peligrosas y el desamparo no responda al montón de interrogantes que surgen por causa de su espíritu inquieto, solemne.

 
 

Eva y la pérdida de la ingenuidad.

Al encontrarse con el zorro, Eva cree necesario arrastrar sus tablas hacia la presencia de aquel animal de mirada insinuante. Pese a todo, es leal a su destino impuesto. De ninguna manera quiere apartarse de su camino. Por eso acude con esfuerzo al animal que la acecha; tal vez sepa responder con debida inteligencia el porqué del fuego que la sigue consumiendo. Pero está en las veleidades de las fuerzas ajenas a su mundo, el destruir como sea la despreciable inocencia que le ha traído problemas. Así que, al llegar a la presencia del zorro, este, cuan serpiente abrahámica, en vez de darle manzana, le entierra su miembro rígido hacia su humanidad sensible y pálida para que las brasas se apaguen por completo. Con más dudas que aciertos, a la vulnerable Eva no solamente la ingenuidad le ha sido arrebatada, sino también el fuego; esa impetuosa lengua candente, en vez de apagarse, se ha esparcido con más furia por regiones inesperadas de su cuerpo.

 
 
 

Eva en tiempos de desesperanza.

Aún así, el espíritu, todavía colmado de preguntas, le mantenía un vigor admirable. Se dio a la tarea de buscar las preguntas, a pesar de soportar la lengua abrasadora que parecía incinerar cada región recóndita de su estropeado ser. La siguiente revelación, quizás la más cruda, destrozó completamente su espíritu. El animal que surgió de alguna cloaca, no solamente le despojó su tranquilidad para saciar un apetito carnal, diríase vulgar, sino también se atrevió a transmitirle el más abrupto de los legados para condenarla a una profunda desesperación. Cada palabra, proveniente de una voz agreste y aturdidora, la sepultó, (para cumplir con la profecía dicha por Anael y su ídolo verdadero Nietzsche) farfullando repetidas veces con un tono abrumador e insaciablemente letal, como si lo estuviera tallando con letras oxidadas en una tumba sin nombre:
“LA ESPERANZA ES EL PEOR DE LOS MALES, PUES PROLONGA EL TORMENTO DEL HOMBRE”.

 
 

Más que un grito de rabia contenida.

No le bastó con la llegada del simio que también recorrió burdamente su carne y le taló la piel con las toscas huellas de sus manazas, para entregarla a otra realidad, la del desencanto. Las mesas que decoraban una miseria absoluta pretendieron opacar aquella indefensa humanidad en la que se había convertido su cuerpo deteriorado, como una consecuencia abrumadora que reflejaba el inconformismo de cualquiera de nosotros por hallar respuestas, ahí, donde el odio resulta convertirse en el alimento diario de los indeseables para, finalmente, moldear al más grande de los demonios: el resentimiento.

 
 
 

La diosa continuaba distante de la escena, hinchiéndose de licor y tambaleándose alrededor de la dimensión que señalaban los límites del Edén simbólico, mientras los narradores ausentes -Anael y Cupido- seguían en la función de testigos directos de la desgracia que se le había imputado; por caprichos celestiales, a la pobre y confundida Eva.

Pero lo más conmovedor, aquello que realmente logró estrujarme el pecho, fue el grito de una Eva extinta, acabada por el horror de pertenecer a los límites del fracaso, a esa búsqueda que redunda en preguntas y se disuelve en actos inútiles. Allí, donde se teje el más cruel de los fines, allí, donde la memoria lapidaria se convierte en el único refugio para los que jamás encontraremos justificación a la banalidad de nuestro paraíso, y prontamente conlleva el desgarramiento de nuestra voz con la única esperanza de que nuestro eco de inconformidad finalmente se aproxime a los oídos de alguien que, por lo menos, a modo de cortesía o compasión, comprenda las razones complejas de nuestro eterno fervor.

Originalmente llamada No me hagan emberracar en el Jardín de las Delicias, escrita y dirigida por Sebastián Uribe Tobón, con la magistral actuación de Fernanda Rodríguez Sánchez, Rocío León Mahecha, Sebastián Uribe Tobón y, el maestro, Hugo Afanador Soto, el teatro García Márquez, expone una obra novedosa y provida tanto en diálogos como en símbolos durante el mes de octubre, en un merecido homenaje a sus cuatro décadas de contribución al teatro y la cultura en Colombia.

Las imágenes fueron cedidas por la producción de la obra.


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