HACERLE TRAMPRA AL FALSO PROGRESO
Experimentar el cine latinoamericano

 

El imaginario contemporáneo nos vende la idea de progreso como la posibilidad de superar las carencias materiales gracias a la aparición de medios de transporte innovadores o de acceso a la información gracias a la masificación de la energía eléctrica o de los computadores y aparatos y medios de comunicación. Sin embargo, debe pasar mucho tiempo para que se hable de la otra cara del progreso, esa que desarraiga costumbres o que sumerge a los seres en marejadas de insatisfacción debido a los sueños rotos o a la manera en que se revierten o se violentan y reconfiguran las visiones de mundo de quienes son objeto del ingreso o las ejecutorias del porvenir venturoso que nos vendieron con la falsa idea del progreso y la modernización. Pongamos la cosa en contexto.


Pululan actualmente discursos de bienaventuranza que nos ofrecen imágenes ilusorias de rascacielos imbatibles, de represas que nunca se consumirán y de sistemas de transporte que avanzarán por sobre nuestras cabezas. Es innegable que todo suena de maravilla y los diseños hologramáticos en donde todos aparecen sonrientes y seguros, limpios y esbeltos, crean la imponente idea que todos cabemos y todos seremos beneficiados. Cuán alejados de la realidad y de nuestro contexto latinoamericano son estos sueños. Sobre todo, en una sociedad en la que no se permite pensar diferente al aparente orden del statu quo y en la que las personas que pretenden auto determinarse son señaladas, rechazadas y desaparecidas.
Pues bien, el asunto de la imagen tramposa del progreso y el holocausto que se esconde detrás de éste, son los ingredientes que utiliza María Luján Loioco para proponer la historia de un ser contracultural y contestatario, símbolo desdibujado de los resultados de la descomposición de los imperativos categóricos y suerte de héroe irreverente que sucumbe ante el mundo, pero que encuentra en su caída la fórmula para entronizarse y transformar la desdicha en combustible para su vehículo de dominación.

 
 

Le hablo, mi queride lector, de Isabel, la protagonista de LA NIÑA DE LOS TACONES AMARILLOS (2015), la opera prima de Luján. En esta versión del acceso a la modernidad nos encontramos con una joven de 14 años que descubre en su inocencia y su sensualidad la posibilidad de alcanzar sus sueños. Ojo, no se trata de la versión argentina de Lolita de Nabokov, es más bien una visión trágica de la historia de La Vendedora de Cerillas, de Andersen. Y resulta más trágica y dolorida en tanto la protagonista no muere al final de relato fílmico. Es decir, presenciamos la muerte de la inocencia en las garras del sistema y en medio de la novedad que produce la construcción de un hotel y spa en el nororiente de Argentina. Puntualmente en Tumbaya, Jujuy, una zona rural y con ciertos aires bucólicos que se ve mancillada por la novedad del turismo y por los sueños de un futuro mejor.

 
 


Digo que muere la inocencia, pero le da paso a la incontenible fuerza de un volcán en erupción, un espíritu indomable que utiliza el sensible cuerpo en que está atrapado para reconocer las diferentes aristas de la realidad, las formas macabras del mundo individualista en el que la mujer se objetiviza y se convierte en un trofeo que pasa de mano en mano. Sin embargo, la narración nos abre a otras posibilidades, por ejemplo, la de una mujer que se da cuenta que puede obtener lo que quiere y que está en la capacidad de sobreponerse al dolor para su propio beneficio. Ahora bien, otra mirada sobre el contenido de la película, la que muchos tienen la primera vez que la ven, es la de una historia que pone de manifiesto el dolor de las niñas latinoamericanas explotadas y obligadas a vender su cuerpo, el desarraigo familiar y la desventura que deja el paso de las multinacionales por nuestros pueblos. Una lectura sencilla y en apariencia lógica, pero superficial.

 

Vale la pena rescatar el proceso de transformación que sufre Isabel y es muy difícil como espectador asistir a esta puesta en escena sin sentir abyección por unos momentos: verla caminar con sus tacones amarillos, elemento que se convierte en el imán para las miradas de los foráneos que trabajan en la construcción del hotel, su pelo suelto y sus facciones inocentes que nos sorprenden en la medida en que avanza la historia. Como complemento, la obra ofrece lugares comunes propios de este tipo de contextos: el novio del pueblo, otro niño como ella, que no obtendrá nada más allá de un beso furtivo, la madre abnegada de trabaja a brazo partido para darle lo mejor a sus hijos, la amiga poco agraciada que ve con envida la manera en que Isabel asciende, o desciende en este caso, y un hermano menor que ama profundamente a esta niña y que la ve con ternura. El lado oscuro de esto es el secreto a voces que todos comparten y del que nadie quiere hablar…

 
 

La última escena de la película es evidencia de las afirmaciones con las que abrí este breve texto, después de la desesperación que le produjo el abandono del foráneo que no cumplió sus promesas de llevársela muy lejos al terminar la construcción del hotel y al cabo de un par de encuentros carnales en los que se demuestra el poder que ha adquirido la protagonista. La cámara nos muestra a Isabel caminando por las calles polvorientas de su pueblo, al lado de su hermano, calza unos zapatos tenis y mira al horizonte; en sentido contrario al de ella, al lado y lado de la calle, en hilera, suben la cuesta hacia el hotel – spa los habitantes del pueblo. Todos van uniformados y con la cabeza gacha, como si fuesen camino al cadalso o aun suplicio que no tendrá fin. Han sido absorbidos por la falaz modernidad y el progreso vano, nos reses camino a la hecatombe que no cesa. Mientras tanto, Isabel pone sus ojos muy atentos en un turista que camina aparentemente perdido, mirando maravillado las casas bajitas y polvorientas, mientras que en uno de sus costados carga una inmensa y nueva cámara fotográfica.

Así pues, le invito a que vea la película, déjese llevar por la narración y no se quede con las primeras impresiones de una niña que se deja llevar por las ilusiones de un futuro mejor. Es lógico que se haga una crítica a los peligros del progreso y las nuevas formas de colonización y explotación, pero se puede ir más allá. Ponga atención a los detalles y se dará cuenta que detrás de una narración que aparenta ser repetitiva y que trata el tema del avasallamiento social subyace la metáfora de la libertad y del resurgimiento del lado más inesperado de la condición humana.

P.S. Para su tranquilidad y la mía, en el momento de hacer la película Mercedes Burgos, la actriz que encarna a Isabel, tenía 21 años…

 
 

Imágenes tomadas de
http://blog.filmstofestivals.com/la-nina-de-tacones-amarillos-1561/
http://www.librecine.com.ar/?p=1795

 

DEL AUTOR: Antonio Moreno Q. es Licenciado en Español – Inglés de la Universidad Pedagógica Nacional, Magister en Literatura Hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo, Maestro de literatura, investigador en pedagogía y didáctica; curioso por el cine, el arte y el futbol en todas las categorías y formatos.

Contacto: amorenoquiroga@gmail.com
Twiter: Amoreno @amorenoquiroga


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