La cruel travesía del artista apátrida

La repentina aparición del actor nos paralizó de inmediato. Las luces multicolores desplegándose detrás de sendas cortinas de humo, revelaba la figura de un hombre que estaba dispuesto a la acción. Parecía una verdadera estrella. El esmoquin que adornaba su humanidad robusta y, aparentemente, infalible, encajaba perfectamente con la pistola que portaba sus manos fláccidas e impecables. Era la viva personificación de un James Bond criollo. Las piruetas, acompañadas por una tonada al mejor estilo de Misión Imposible, le permitían lucirse de un modo tan peculiar que ocultaba perfectamente la verdadera cara de la desgracia. Pero todo era un montaje cuya revelación aguardaba la mala fortuna de un artista mediocre en medio del exilio.

¿Peripatético? ¡Por supuesto! Al hombrecillo, al fantasioso, al oportunista, al soñador, no se le ocurrió otra idea sino buscar fortuna en el Viejo Mundo. Y, al menos hubiera sido de lavandero de trastos, de mesero o, en el peor de los casos, de corrector de textos académicos, como muchos héroes o antihéroes literarios lo han hecho, sobrevivir al destierro cultural. Pero a este petimetre se le dio por jugársela de actor. Como si allí en España la comedia criolla sirviera de algo. De suerte que no le tocó bailar con la cruda, es decir; con el fantasma del desamparo. Aunque por poco y, no solamente, se hubiera sepultado en el más inefable anonimato, sino también se habría eternizado como limpia-telones en las bambalinas de todos los teatros conocidos y por conocer, en la insensible Madre Patria.

Dijo que se llamaba Oswaldo, aunque creo que cambió su nombre por El Malo -lo digo en mayúscula para darle una categoría superior a la de su verdadera y cruel existencia-; así de malo solo tuviera su constante infortunio, disimulado, eso sí, por un tono de voz cautivador; aliciente infame para subsistir al prestigio de parecer un actor vulgar y arrastrado. El personajillo decidió abandonar su patria, Colombia, la misma que ha parido a varios artistas “contemporáneos” como él. Sí, en aquel recóndito lugar donde muchos suelen encontrase con actores que se mofan por mostrar un léxico rebuscado y grandilocuente, se dejan seducir fácilmente por los estereotipos afrancesados, adoptándolos, en forma vil y ramplona, como si fueran de su propiedad, y se exhiben al mundo de lo “místico” cuan auténticos infames por sus gracejos de griterío, falsa catarsis e inocua palabrería.

Durante los actos posteriores su verborrea se mantenía en un tono quejumbroso y desesperanzador. En cada frase lastimera se vislumbraba un eco del pasado que lo obligaba a renunciar, por momentos, al porvenir entre la miseria y el odio. Pero después de toda esa pantomima en lo poco que pude estar de acuerdo con este sujeto, Oswaldo, El Malo, fue la sutil sátira que manifestó hacia esa sarta de actores pseudointelectuales, cuando afirma, con una grandeza de actor menesteroso y mendicante que: “los artistas “contemporáneos” carecen de estructura propia”.

El apátrida no la tuvo nada fácil. Pese a que siempre está mostrándose como un mártir sometido ante un jurado castellanamente insensible. Pese a que su lenguaje senil carezca de recursos deleznables para el empalagoso paladar magistral de los conceptuales de la nueva era; el personaje no deja de ser interesante o, en asuntos de comedia, trágicamente atractivo. Se le valora su terquedad. Es un maniático de la obstinación. No dejó, ni un instante, los sueños de gloria en los escenarios europeos, para mostrarse mucho más solemne y humano, aun cuando seguía siendo el forastero criollo al cual lo habían tachado los jurados castizos.

De los pocos harapos que llevó consigo a los voraces y exigentes teatros de Madrid, llamó la atención que, en cada esmoquin se alternaba un color (amarillo, azul y rojo). Aparte de exhibirse como un héroe caído, y traicionar al gremio de sus colegas conceptuales, le dio también por creerse un productor de Hollywood de poca monta, haciendo uso del encuadre y el símbolo, del tiempo y la trama.

Aunque al principio el jurado insensible, los verdaderos críticos del escenario, lo despreciaron con la acostumbrada sorna de un letal cervantino, tuvo que recurrir al viejo truco de la nostalgia barata. Empezó por su traumática relación con su mujer y así continuó con la llegada inesperada de la criatura que por poco y le arruina su responsabilidad con el destino del melodrama y las salas. Luego seguía sorprendiendo, con su perorata fonéticamente arrasadora, para dar marcha al curso de una intriga que solo él había construido. De hacer uso del histrionismo cuando trabajó en un restaurante, hasta subir de peldaño y personificar a Godot en la magistral obra del genio Becket (para los que conocen el tema central de esta obra, saben que es una burla representar a Godot), pudimos notar que fue más que un vano sacrificio; tuvo que recurrir a la plegaria y al renunciamiento de la dignidad para trascender.

Así siguió este Malo acechante, buscando por fin un lugar en la élite teatral del Viejo Mundo. Quiso alejarse, cuanto antes, de la señal que se le atribuía de don nadie al momento de asumir el destierro. Buscó fortuna y, quien sabe si la encontró, o solamente fue un golpe de suerte, claro está, dentro de los márgenes de la mediocridad. Buscó suplir el hambre, la necesidad y la cantaleta de su interesada mujer y, ¿qué encontró? ¡El surgimiento de su vida como método de creación escenográfica! ¡Nos salió Stanislavski este indio peinado! ¿Ahora qué sigue? ¿Un Sófocles chibcha? Ni siquiera le bastó comparar, en una de sus tantas historias de su amplio e interminable anecdotario, al dueño de un restaurante común (dónde tuvo que trabajar para ganarse la vida) con el gran Alcestes como para que ahora tomara la decisión de tomarse atribuciones de genialidad.

Pero, en fin, todo este recurso del lenguaje, toda esta dramatización contumaz, pero con una verdadera intención en todos los sentidos posibles para alguien que verdaderamente se toma en serio este arte, le valió para ser un modesto participante de una secuencia monótona: ¿Triunfo o consecuencia nefasta? ¿quién sabe?; lo cierto es que, por su terquedad y la impaciencia de querer abandonar definitivamente el anonimato, terminó siendo el resultado de El Malo envuelto en una misma película que a diario está condenado a recordar. Quizásse convirtió en una respuesta absurda a sus hazañas anodinas y a ese vil método que le sirvió perfectamente para resistir al hambre y negarse al fracaso.

Originalmente llamada El malo de la película, esta obra, ingeniosa y auténtica, hizo su aparición en el Teatro Taller de Colombia. Escrita y dirigida por Sandro Romero Rey y actuada por Jorge Mario Escobar, es un proyecto interesante llamado Seminario: El público protagonista de la experiencia teatral. Esta propuesta es gestión de la Gerencia de Arte Dramático de Idartes con resultados y críticas favorables, como fruto de una perspectiva ejemplar relacionado con el público, el tiempo escenográfico y la construcción del lenguaje.

Imágenes tomadas sin fines de lucro de:
https://www.areacucuta.com/obra-de-teatro-el-malo-de-la-pelicula/
https://www.flickr.com/photos/zoad_humar/21178938374
https://revistareyesdebogota.com/2019/06/12/obra-de-teatro-el-malo-de-la-pelicula/
http://www.idartes.gov.co/es/tipo-eventos/obra-teatro

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicidad