De Lectura

Retratos literarios.

AUTOR: Juan Felipe Cardona

FECHA DE PUBLICACIÓN: 29-11-2019

Retratos literarios. Breve historia del libro como arte y de los libros en el arte.

 

Los alfabetos fueron inventados por artistas. Eso pensé sin quitar la mirada de aquellos exóticos pero a la vez familiares símbolos tallados en la milenaria pared que, como orgulloso botín de guerra, adornaba un respetadísimo y saqueador museo primermundista en la ciudad de B. Un jeroglífico en particular mereció toda mi atención: era una representación pictórica del agua, de la mem, como la llamaban los antiguos fenicios, dueños originales del muro. Me sedujo la perfecta simpleza con la que sus creadores lograron captar la esencia del elemento, usando sistemáticos y ligeros trazos curvos que dan la sensación de flujo y oscilación, evocando el movimiento ondular producido por el viento cuando magrea el agua a lo largo del cauce del Orontes. Pero lo que verdaderamente me cautivó, fue la indiscutible semejanza de este pictograma con nuestra letra eme latina: mmmmm mmmm mmmm. Olas: cada vez que escribimos la eme, sin saberlo, estamos dibujando olas, tal como lo hicieron hace miles de años en Fenicia, de donde evolucionaron la mayoría de las letras que hoy conocemos en occidente. Tan fantástica y a la vez conveniente idea, la de comunicarse usando representaciones figurativas y minimalistas de la realidad, solo pudo surgir de las mentes de pintores y dibujantes. Los alfabetos, en efecto, fueron inventados por artistas.

Por siglos, los libros solo fueron escritos por artistas. Eso concluí en las catatumbas de aquella ecléctica catedral en la ciudad de S., que ha servido de eje espiritual de los tres grandes monoteísmos del mundo. Lo hice mientras observaba aquel incunable, monumental y anónimo manuscrito atestado de perfectos párrafos visigóticos, cartografías excepcionalmente detalladas y pergaminos delicadamente cosidos y pigmentados. Estaba frente a un Códice, recordatorio de una época en la que muy pocos privilegiados sabían leer y escribir, y muchos menos aún tenían el talento gráfico y las habilidades artesanales para hacer manualmente un libro. Los libros, en verdad, por mucho tiempo solo fueron escritos por artistas.

Los caminos de la literatura y del arte siguen obstinadamente entretejidos, a pesar de la democratización editorial que lograron Gutenberg, primero, y Berners-Lee, algunos siglos después. Así lo reflexioné en una babélica feria del libro de la ciudad de M., abarrotada de horribles ediciones autopublicadas sin tener en cuenta su calidad ni mucho menos su belleza, pero en la que se le cedió un espacio ─una joya en medio de la mediocridad─ a los libros-objeto: tenían algo de op-art, tenían mucho de dadaísmo y eran la viva expresión del fluxus; no dejaban de ser libros, pero estos tomaban un nuevo sentido a partir de sus materiales, de sus texturas, de su forma e incluso de las jerarquías entre sus partes. ¡Eran una deconstrucción de los códices! El arte y la literatura, siguen entretejidos.  

La relación entre estos dos por momento ha sido tóxica. Lo noté mientras caminaba por esa obscenamente grande pinacoteca de la ciudad de P., cada vez más parecida a un parque de diversiones que a un centro artístico. Sala tras sala, cuadro tras cuadro, fui testigo de aquel periodo en el que en la mente de los pintores los libros solo parecían servir para adornar escenas pastoriles, para acompañar retratos de angelicales mujeres desnudas ─que curiosamente no parecían interesadas en leer─, para dotar de aura celestial a las figuras de siniestros purpurados, o, simplemente, como útiles atavíos para poner sobre los rezagos de las personas.  El libro como extra. El libro como utilería. La literatura como un arte menor. La relación entre el arte y los libros también tuvo momentos tóxicos.

Fue, por suerte, tan solo una etapa. De eso da cuenta, por ejemplo, Schiele con su Escritorio del artista, una pintura figurativa en la que ninguno de los actores prometidos ─escritorio ni artista─ llevan el peso de la obra: esta función se la dejan a un acervo de libros en apariencia anárquicamente amontonados pero que, vistos en un plano amplio, forman una cruz, metáfora que expresa ─eso por lo menos es lo que me gusta pensar─ que la literatura es la verdadera religión. También lo hace Magritte con La reproducción prohibida, cuadro en el que no parece casual que el espejo se niegue a reflejar el rostro del hombre que se mira en él, pero si lo haga con la portada del libro que lo acompaña. Al verla, es imposible no sucumbir a la tentación de acercarse para intentar dilucidar cuál es esa obra y, una vez alcanzado el objetivo, a conseguirla, leerla e intentar comprender qué clase de mensaje está enviando el surrealista belga con ello.  La tentación cuasi genética por combinar el arte con la literatura, ha llegado incluso a nuestros posmodernos tiempos rozagantes de virtualidad. Si no que lo diga Hockney y su Naturaleza muerta, una composición elaborada con su dedo y un Iphone, en la que una luz fluorescente, a manera de aureola, enmarca un libro a medio leer situado en el escritorio. Al fondo, una misteriosa escalera que parece dirigirse al infinito: ¿un tributo a Led Zeppelin o una forma de decir que leer te lleva al cielo? El libro como protagonista. El libro como inspiración. La literatura reivindicada como arte mayor.

Los libros no solo se han vuelto protagonista del arte sino arte por derecho propio. De eso vine a darme cuenta en aquel anacrónico y frío palacete que a simple vista no permite saber si es una mala copia del clasicismo romano, una ofrenda zarista o una bizarra referencia al realismo soviético. En este edificio, hoy convertido en vanguardista galería, conocí a Ekaterina Panikanova, una peterburguesa que usa las páginas de libros antiguos como lienzos y como capas que le dan estructura a sus por demás fascinantes obras, unas en las que los libros han sido transmutados pero sin dejar de ser tal, casi dando el giro completo para tornarse en una suerte de deconstrucción de los códices.

Van Gogh decía que lo que una persona escribía en un libro, otra persona lo pintaba, por lo que, aseguraba, era fácil encontrar algo de Rembrandt en Shakespeare o algo de Bunyan in Millet. No se me ocurre una forma más inspiradora de entender la relación entre las dos artes. 

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