De Lectura

Viviendo en una plegaria.

AUTOR: Juan Felipe Cardona

FECHA DE PUBLICACIÓN: 13-12-2019

Viviendo en una plegaria.

 

El predicador de rostro demente vomitó su desesperada oración sobre las 25 mil almas que, apáticas ante el prometido juicio final, esperábamos a que abrieran las puertas para el ansiado concierto. «Estamos condenados —vociferó el famélico profeta torpemente encaramado en una butaca de madera El apocalipsis es aquí y ahora. La única salvación está en aceptarnos pecadores y unirnos todos en una sola plegaria».

En aquel instante ignoraba por completo lo acertado de aquella sentencia. Para entonces, mi mente se encontraba obsesionada con la idea de que algunos de los mejores momentos de la historia del rock and roll no fueron interpretados sino escritos, y yo no podía ser inferior a la tradición. Al fin y al cabo, seguir los pasos de grandes cronistas de la música como J. Wenner, J. Savage e incluso W. Mann —primer crítico de música culta que reconoció la calidad de los Beatles— fue precisamente lo que me motivó a llegar hasta Sunrise, arquetípico suburbio estadounidense al sur de la Florida, para cubrir el concierto de Bon Jovi en el BB&T Center, segunda parada de su gira This house is not for sale.

La idea de experimentar en vivo al grupo que sirvió de banda sonora de gran parte de mi adolescencia, despertó innegables y nostálgicas expectativas. Aun así, no tuve dudas de que por las siguientes tres horas sería un cronista musical y no un vulgar fanático más. Con esta certeza, dejé atrás las arengas del predicador e ingresé, presuroso, al coliseo.

El entorno prometía un plácido, profesional y emocionante recital, pero difícilmente un prodigioso show. No en balde el longevo grupo, en la víspera, había anunciado su intención de concentrarse solo en la música, dejando de lado la elaborada puesta en escena que algún día lo caracterizó, decisión que, en todo caso, no reñía con el perfil de un público igualmente avejentado —este cronista incluido— y del que a simple vista no podría sospecharse que estuviera preparándose para una libertina noche como las de su ya discurrida juventud.

Las luces de la arena se extinguieron, un azul traslucido iluminó el escenario y se escucharon, nítidos y poderosos, los primeros acordes:

I set each stone and I hammered each nail

This house is not for sale

Where memories live and the dream don't fail

This house is not for sale

Coming home

I'm coming home

Los cimientos de mi espíritu se estremecieron. Más que ante una nueva canción, una que con algo de suerte llegaría a ser tan solo un éxito pasajero en un negocio musical cada vez más insulso, estaba frente a una  proclama identitaria que, rebelde y orgullosa, declaraba que la banda seguía fiel a sus raíces, que esta envejecería con las botas bien puestas y que, aún encanecida, no caería en la tentación de hacerse pasar por un tonto grupo juvenil solo por volver a lo alto de las listas. Eran lo que eran. Podíamos aceptarlo o no, pero definitivamente no estaban en venta.

Hold on tight, slide a little closer

Up so high stars are on our shoulders

Time flies by, don't close your eyes

Kiss by kiss love is like a thrill ride

What goes up might take us upside down

Life ain't a merry go round

It's a roller coaster

Con esta altisonante canción, otro de sus nuevos lanzamientos, el quinteto de Nueva Jersey continuó la presentación, siempre con el mismo ahínco y fuerza con el que conquistó a su público tres décadas atrás. Las pupilas dilatadas, la agitada respiración y el gesto altivo de la multitud, me convencieron de no ser el único a quien la puesta en escena estaba colmando de un impensado y desbordando frenesí. No se trataba de la emoción propia de quien escucha una vieja canción de un grupo del que se tienen gratos recuerdos; fue la ratificación de que Bon Jovi maduró a la par con nosotros, y que así como sus sediciosas y en ocasiones melosas canciones de los 80s y 90s representaron fielmente el devenir de los mozalbetes que entonces fuimos, hoy sus letras y acordes recapitulan los deseos y preocupaciones que tenemos como adultos, sin pretender adornarlas con un anacrónico envoltorio de sexo, drogas y rock and roll: representaron lo que fuimos entonces y representan lo que somos ahora.

Living With The Ghost, Knockout, New Years Day y God Bless This Mess, todos de su último albúm, sirvieron para probar, a su manera, que en el rock si es posible evolucionar sin dejar de ser genuino. Después de esto, teniendo al público en la palma de su mano, la banda pareció sentirse suficientemente cómoda para dar un viraje hacia el ansiado pasado. Mientras sonaban uno a uno sus múltiples éxitos pude ver, no muy lejos de mí, a aquella rubia mujer entrada en los cincuenta, con un cuerpo que permitía adivinar un pasado atlético mutado por la maternidad y la vejez, cantando Bad Name con tal pasión que no fue difícil pensar que algún día este fue el himno que justificó su rebeldía y su lucha por la libertad. Pocas filas delante de ella, encontré a este hombre de gafas gruesas y mal disimulada calvicie, quien aún con el rostro cansado, propio de quien está harto de fracasar, supo dejar el alma y la garganta siguiendo fielmente la letra de Death or alive, tal vez un recordatorio de una época en la que se sentía con el control de su destino. Un poco más allá, casi en la platea, vi a esta mujer de porte elegante, de quien no sería sorpresa enterarse de que es abuela, llorar mientras sonaba Blood on Blood y recordaba —¿por qué no?— a aquellos amigos de juventud, hoy muertos, con quien pasó la mejor época de su vida. Incluso me sorprendí a mí mismo, con arrugas en el borde los ojos y una prominente barriga que ya no se puede disimular, forzar al máximo unas desentrenadas cuerdas vocales intentando alcanzar las notas de Keep the faith, olvidando de paso, por primera vez en más de un año, la interminable pila de cuentas por pagar y saldos en rojo que me aguardaban en casa.

Súbitamente, ocurrió: la rubia mujer, así como el señor de gafas, desaparecieron. Tampoco quedó rastro alguno de la abuela de porte elegante ni de mí mismo. Por increíble que parezca —y juro solemnemente ante los dioses del rock que así fue— todos nosotros, las 25 mil almas que llenamos el coliseo, nos convertimos en un solo organismo con una única voz, una que, guiada por aquel quinteto en la cima del escenario, contaba una historia de fortaleza en medio de la más cruel adversidad: 

She says, we've got to hold on to what we've got

It doesn't make a difference if we make it or not

We've got each other and that's a lot for love

We'll give it a shot

We're half way there

Livin' on a prayer

Take my hand, we'll make it I swear

Livin' on a prayerEn aquel punto no podía importarme menos si había malogrado cualquier chance de entregar una crónica objetiva, ni podía recordar quién demonios era Wenner, Savage o Mann. La única persona que se me vino a la mente fue aquel desagradable hombrecillo con quien me crucé justo antes del concierto, el predicador. Y por qué no, si en ese instante, como él lo había profetizado, en el BB&T Center estábamos todos viviendo en una plegaria. Quizás no era la oración que esperaba ni las deidades que tenía en mente, pero igual, allí estábamos, en un solo espíritu fraterno, disfrutando de la epifanía en la que habíamos convertido el más reciente concierto de Bon Jovi, una banda que no solo ha sabido mantenerse vigente sino que ha evitado que nosotros, quienes envejecimos con ella, nos marchitemos bajo el peso de nuestra propia fecha de caducidad. Y ese es el material de la que están hechas las bandas eternas.

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