De Artes Visuales

Sin salir de la ciudad

AUTOR: Carolina Silva Lurduy

FECHA DE PUBLICACIÓN: 09-10-2019

Sin salir de la ciudad

Incluso antes de entrar puede uno debe rodear una colección desordenada de tubos amarillos, que dificultan encontrar la puerta. Ese preciso tono de amarillo me hace pensar en las barandas de algunos puentes peatonales, en los separadores, en las autopistas y, en fin, en la colección inacabada de obras públicas de que está hecha Bogotá. La obra se llama Manigua, de Ricardo Cárdenas, y se extiende desde las afueras del Museo de Arte Moderno hasta todo el primer piso. Bosque tropical, terreno pantanoso y difícil. Manigua. Hace falta detenerse para percibir esa extrañeza en medio de la ciudad, que resulta familiar. Esta primera obra marca el tono del resto de la exposición.

En el segundo piso se encuentran una serie de tejidos con de hilo y oro, con motivos abstractos, realizados por Olga de Amaral. Parecen, de lejos, decoraciones que uno podría comprar en Villa de Leyva; de cerca, tiene algo más. Las texturas son más complejas, tienen un relieve que forma un paisaje: un río, una luna, una selva, un árbol. Habiendo entrado a la manigua, el resto de la naturaleza se revela en estas obras. Por los rastros indígenas que se descubren, esta naturaleza está viva, llena de otros seres y de fuerzas que parecen sobrenaturales. En una esquina, un montón de cuerdas suaves y gruesas, perfectamente ordenadas, caen al piso sobre la base de un tronco. Es un árbol. Siento la misma curiosidad y sorpresa frente a estas obras que frente a la colección del Museo del Oro. Me detuve en especial en una obra, N.N. Consisten en 9 placas de barro seco, algo roto por los lados, sobre las que se marcan las huellas de unos pies humanos, doradas. Las huellas tienen varias formas, como si los pies se hubieran hundido diferente en el barro, que tiene varios colores. Imagino que las huellas datan de distintas épocas, distantes entre sí, una especie de vestigio arqueológico.

Luego me encuentro con una serie de esculturas en metal, absolutamente extrañas. Nuevamente, encuentro trazos indígenas allí. Son cabezas de hombres atravesados por partes de herramientas, hierros doblados, latas como vendas. Se nota el polvo, los puntos de corte, las hendiduras. En el tercer piso hay otras esculturas, también en metal. Son unas cajas con las que se puede jugar, tiene esferas, pirámides y ruedas con las que se puede jugar. Del otro lado hay otras esculturas en metal que parecen carros, lejanamente. En el silencio que impone el museo, el ruido de las ruedas oxidadas y de la fricción de las esferas hace pensar en el ruido de la selva. Al fin y al cabo, es la manigua, y la soledad en la que nos imaginamos allí está llena de ruidos de ambiente. Aquí no son pájaros ni micos, sino ruedas y esferas oxidadas.

Fotos y texto: Sebastian Abad

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