De Artes Visuales

Arriba y abajo, afuera y adentro: todo en una misma superficie

AUTOR: Carolina Silva Lurduy

FECHA DE PUBLICACIÓN: 10-02-2020

Arriba y abajo, afuera y adentro: todo en una misma superficie

 

Arriba es abajo y adentro es, al mismo tiempo, afuera. Una propiedad que comparte la matemática con el cubo blanco[1], que busca extraer a quien contempla de todo punto de referencia, para adentrarse en un estado de ficción, donde las historias se articulan y el espectador se ve, siempre, recorriendo un espacio imposible. Arriba es abajo, nos recordaba semanas atrás La Fábula de Aracne, curaduría de Alejandro Martín en el marco del 45 Salón Nacional de artistas en Bogotá (SNA), en el Museo de Artes Visuales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Al llegar, subir era la primera instrucción. Subir una escalera que conducía a una barrera roja a la que muchos visitantes, de entrada, se resistían. Con cautela, y también con intriga, se acercaban lentamente a esa malla en rojos y violetas, rugosa y provocativa al tacto. Una vez al frente, tenían dos opciones: devolverse ante la imponencia de La espalda de mi superficie de Delcy Morelos o rendirse y, con una venia, atravesarla para ver su costado más carnudo y pesado.

Agacharse para superar la barrera, era aceptar la sumisión del cuerpo frente a la estructura violenta de Morelos. Y, en un primer momento, el visitante se veía enfrentado a la imposibilidad de atravesar a menos de que se incomodara y decidiera agacharse, rozando su espalda con la espalda de la malla. Pero lo imposible sólo se reforzaba una vez se superaba la estructura roja, porque, del otro lado, al visitante lo estaba esperando, casi imperceptible, un hilo de araña extendido de 6 metros, que sostenía una línea de granos de arena que parecían suspendidos en el tiempo.

Eso fue la exposición durante las seis semanas que estuvo abierta al público: un paréntesis en el espacio-tiempo donde el viento parecía no correr, pues todo -aparentemente- permaneció inmaculado. Mientras afuera el Salón se desbarataba, se blanqueaba, se desmontaba y se cuestionaba, ese hilo permaneció en suspensión, sosteniendo sus preciados granos de arena. Sólo lo destempló el tiempo, no el peso, no el viento, tampoco la crítica o la ausencia de ella. Permaneció cumpliendo la tarea que muchos creían imposible: sostener los granos de arena, mientras se camuflaba en el espacio expositivo.

Del otro lado de la sala, rindiéndose por segunda vez ante el cuerpo rojo de Delcy, estaba de nuevo en suspensión lo imposible. Colgaba del techo una cinta de Moebius hecha con colchones atravesados por estructuras metálicas. La pieza central, pues al subir las escaleras aparecía amenazante sobre la cabeza del público y, una vez en el segundo piso, llamaba la atención por materializar uno de los enigmas más icónicos de la matemática con colchones reciclados y sucios.

Arriba es abajo en la cinta de Moebius, porque siempre es la misma superficie o el mismo borde. Y, entonces, uno se preguntaba si acaso era una broma que esa cinta de colchones estuviera ahí, como un guiño a la ubicuidad y redundancia del tema general del Salón, que se nombraba y repetía en cada lugar del circuito, del caminar en círculos y el repasar una y otra vez el derecho y el revés, la urdimbre y la trama, lo visible y lo invisible, lo posible y lo imposible. O, tal vez, era una amena forma de recordarnos los límites que tenemos como seres humanos, de cara a esas estructuras que nos superan en escala y entendimiento, porque no todo siempre tiene un derecho, una lógica, un deber ser.

Así, uno se quedaba en la exposición -probablemente la más pequeña de todo el circuito que el 45 SNA proponía-, girando en espiral entre Ensayos sobre la fe de Juliana Góngora y Moebius Machine de Adrián Gaitán. Iba y volvía, debatiéndose entre dos momentos o estados de la materia: el punto y la línea que se recogían en el hilo y las tres dimensiones y el cuerpo que condensaban la estructura de Delcy Morelos y la cinta de Moebius de Adrián Gaitán. Y, entonces, el cubo blanco alcanzaba a cumplir su función, pues se ficcionaba la historia de dos maneras: ficciona los momentos de la creación, porque pone en un mismo espacio y al mismo tiempo el punto y la línea (el origen) y la tridimensionalidad y los virtual. Y al mismo tiempo se hacía realidad la ficción; parecía que el punto y la línea eran al mismo tiempo enigmas tridimensionales matemáticos y que, en conjunto, hablaban de un mismo problema, un común denominador:  la condena de Aracne a hilar por toda la eternidad.

Para el 45 Salón Nacional de Artistas, La Fábula de Aracne fue un respiro y a la vez un capricho. Un respiro por construirse a partir de cinco obras, a diferencia de las demás exposiciones del circuito. Un capricho por ser una curaduría temática que partía de una excusa -la fábula-, para crear una exposición ambiciosa, que derivaba en un rango amplio de subtemas. Pero el capricho fue tan anhelado y meditado, que terminó siendo una exposición donde lo inmenso y lo frágil le obligaban al espectador a concentrarse, a fijarse en cada detalle e hilar su versión de Aracne.

Además, la exposición cumplió la función de explicar o, incluso legitimar, el tema general del Salón: El Revés de la trama. Demostró que todavía el cubo blanco sirve para curvar el espacio-tiempo y proponer vínculos que de otra forma no se establecerían, pero, sobre todo, que esa caja de abstracción que es la sala expositiva todavía tiene la capacidad de abstraer al público y sumergirlo en un momento ideal y de ficción. Allí, lo imposible permaneció posible, la censura se olvidó, el cubo blanco funcionó; el hilo se mantuvo suspendido y la cinta de Moebius se burló del visitante y su insignificancia en hilar la trama, en darle el sentido a las cosas que lo rodean y al mundo que se construye alrededor.

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