De Artes Visuales

¡Yo también tengo esa foto!

AUTOR: Carolina Silva Lurduy

FECHA DE PUBLICACIÓN: 26-05-2020

¡Yo también tengo esa foto!

Este texto se encuentra publicado en: http://diastematicos.com/2019/03/yo-tambien-tengo-esa-foto/

La historia de cómo mi familia se instaló en Bogotá es muy sencilla:

Mi abuela se enamoró de mi abuelo en un pueblo del Tolima, Icononzo. Estaban muy jóvenes y decidieron escaparse para poder vivir juntos. Se casaron a escondidas, o eso dijeron, y se vinieron a Bogotá. Él, electricista y ella, costurera, consiguieron trabajo muy pronto; pues la primera de la familia ya venía en camino; en fábricas que pagarían por su mano de obra. A ella se le unieron cinco más, entre ellos, mi mamá, quien es la tercera. Mi abuelo y mi abuela se adaptaron rápido a las vicisitudes de la capital: largos recorridos en bus para llegar en la mañana al trabajo y luego en la tarde a la casa, poca comida para los ocho, pero al menos agua de panela en la noche; amigas que pronto se volvieron hermanas, que se unieron a la familia y que ayudarían a sobrellevar la lejanía de los padres y los hermanos. Una casa al sur, humilde, de un solo piso, en esa época sin plancha; suficiente para criar y ver crecer seis hijos, que se hicieron grandes con los otros niños y niñas del barrio. Arcélico y Guillermina se fueron haciendo bogotanos y lo disfrutaron, hicieron amigos, compadres y comadres, salieron a pasear a esos inmensos potreros que ya no existen, se rieron en una cancha que no tenía árboles y en el parque del barrio; al que salí a jugar, 35 años después de su arribo; en una rueda, un columpio y un pasamanos que no sé cómo no me infectó alguna de mis piernas con alguna de sus puntillas oxidadas.

Esta no es mi abuela, pero bien podría serlo, caminando por la carrera 7ma con una de sus hijas

Ese parque, esa casa y esa familia quedaron registrados en imágenes que de vez en cuando observo en el álbum de fotos de la casa de mi abuela, junto a mi tía, porque aquella ya está muerta. Y les cuento todo esto porque todos y todas; o bueno, casi todos y casi todas, tenemos historias de cómo nuestra familia llegó a la ciudad proveniente del campo; cómo sus hijos e hijas estudiaron, mientras que otras se quedaron ayudando en el cuidado de sus hermanas o hermanos; las historias de cómo jugaron y bailaron en las calles, conocieron a sus parejas, se enamoraron y se casaron. Y todo esto lo recuerdo a partir de las historias que me ha contado mi mamá, mis tíos y mi abuela. Mi abuelo casi nunca estaba en casa. Y gracias también, a los álbumes familiares, las fotos que antes, gracias a la fotografía análoga, tocaba revelar, y pegar en el álbum. Fotos que usted, también, muy seguramente, tendrá en su casa.

Yo cuando era niña jugando en el parque del barrio El Tejar de Bogotá.

Narré todo lo anterior logré recordar todo esto al entrar en esta exposición. Contemplé familias que tal vez fueron como la mía, vi fotos que también están en el álbum familiar de mi mamá. Fui ellos al mismo tiempo que fui otros, fui yo misma y mis historias en compañía de las de ellos porque, al fin y al cabo, casi que vivimos y fotografiamos lo mismo.

Llegué a esa exposición el sábado en la tarde. En la carrera 4ta entre calles 11 y 10ma, una casa antigua alberga una de las sedes del Museo de Bogotá. Sabía sobre ella por información de las redes sociales, había visto las fotos, tan desconocidas y lejanas en el momento, pero a la vez tan melancólicas, que al entrar a verla supe que entendería un poco más de mi misma y de la cultura visual en la que nos hemos inmerso.

La primera sala revela unas cifras desconocidas pero que intuimos cada minuto o momento en el que revisamos nuestras redes sociales; cuando zambullidos en el mar del tiempo nos sumergimos en las fotos, "histories", publicaciones y comentarios que los demás, algunos conocidos, otros perfectos desconocidos nos muestran a diario de sus vidas y pasamos minutos, hasta horas, sin darnos cuenta de que estamos viviendo una realidad simulada. Por Whatsaap se envían aproximadamente 87.900 imágenes por segundo, 4.501 se publican en Facebook y 810 en Instagram, lo que entre nos da entre todas, un resultado de 5.592.660 imágenes por minuto publicadas en todas las redes sociales.

En la segunda sala están instaladas las imágenes, tomadas ya, hace más de 80 años. Mujeres, hombres, niños y familias que asistían a los estudios fotográficos de Bogotá para hacerse eternos a través de sus poses y mediante el mecanismo que permite el recuerdo: el álbum de fotos. Recuerdo uno: Zambrano; en el cual nos encontrábamos con la intención de quedar inmortalizados como figuras perennes, llenas de heroísmo y de elegancia; jugábamos a ser bonitos, o al menos así pretendíamos que quedará en la foto; con nuestra mejor “pinta”, nuestros ojos iluminados y llenos de sueños y lo que mejor nos acompañará, para mostrarle en la posteridad a nuestros descendientes; esos otros ojos futuros que mirarán ese momento para creer y legitimar que sí fui diosa.

Unos cuántos álbumes reunidos allí en la vitrina, me recuerdan los de mi abuela y mi mamá. No recuerdo ninguna foto con mi abuelo. Pareciera que eso era característico de otras estirpes; rememoro muy bien una imagen de mis tíos cuando eran pequeños, congregados en un pequeño montículo de tierra, vestidos todos con suma elegancia para el fotógrafo, pero sin actuación alguna, pues eran aún niños desprevenidos que no entiendían la magnitud del aparato que tenían enfrente.

Otros álbumes de la sala me recuerdan los clichés que muchos tienen en sus álbumes, de mamás y familiares, caminando por la carrera séptima de Bogotá. Ese paseo que nos convierte en ociosos de la observación, modelos de pasarela con las mejores modas, caminantes perdidos en compañía de hermanos, padres, amigos o amores y que ingeniosamente inmortalizó alguno de los fotógrafos de la época. Recordé dos fotos particulares: una de mi tío padrino que siendo muy pequeño quedó ante la cámara con su eterna e infalible sonrisa; y otra de mi mamá con su súper minifalda setentera, caminando con desparpajo y sonriendo a un señor que la acompaña y que está un poco más atrás, sorprendido ante el gesto del fotógrafo: mi papá.

 

"Al álbum familiar lo sostiene un ritual: inicialmente, la toma de la fotografía y luego la espera para poder contar con ella en su constitución material, y así, fijarla en este libro especial. Años después, le sigue la disposición de buscarlo en el lugar que ocupa en el hogar, de tomarse el tiempo para mirar, evocar, narrar los recuerdos - o bien, escucharlos- y de vincularse en el tiempo y los afectos."Museo de Bogotá, Exposición ¡Yo también tengo esa foto!

En esos álbumes también podría estar una foto como esta, la de mi madre con dos de sus cinco hermanos, posando el día de la graduación de la menor, vistiendo de jóvenes, sonriendo a la luz de ese futuro o de esa mirada que se alegrará más adelante al ver ese momento. ¡Yo también tengo esa foto! la del paseo en olla, o la del cumpleaños con el vestido recién comprado para la fiesta y la súper torta hecha por mi mamá, o la de la primera comunión: todos con el sirio que nos recuerda que no podremos pecar demasiado y con ese vestidito blanco que pronto se mancha con los pasabocas de la fiesta. Como no, ¡todos tenemos esa foto!, jugando en la piscina, o vestidos con trajes típicos y bailando el mapalé, la guabina o el sanjuanero.

Cómo hemos cambiado la manera de posar, de mirar o no a la cámara, de estar pendientes de si quedó o no correctamente. Ese momento era más que la toma, era el tiro de esperar, de vestirse para el momento; sonreír, pero no tanto, aguardar y quedarse quietos, esperar aún más a que la foto fuese revelada, ir por ella al estudio, pagarle al fotógrafo por tan buen trabajo. 

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