De Música

La música de Dios, la otra del Diablo

AUTOR: Gabriel Zamora Meléndez

FECHA DE PUBLICACIÓN: 23-10-2019

La música de Dios, la otra del Diablo

 

—¿Cuál música escuchará Dios? ¿cuál otra el Diablo?

Es una pregunta que se le venía a la mente a Anastacio Palominio (sí, con terminación “inio”), un hombre de mediana edad y rockero por excelencia. Con su pelo largo y rizado cubierto de canas, se mecía en una antigua mecedora octogenaria de alguno de sus parientes fallecidos en la década de la compra del apartamento ubicado en la Caracas con 68. (http://bit.ly/2YzLoOV).

En su vaivén, miraba al cielo, luego a la calle, y sin darse cuenta comparaba los dos paisajes que parecían unidos en un mismo lienzo, como un cuadro vivo, en movimiento. Al levantar la mirada, las nubes cambiaban sus formas e imaginaba a un Dios que movía las piezas, sus figuras, con hilos invisibles, como la portada de Master of Puppets, como el poema de Borges, mientras recordaba la frase mil veces leída, “¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonía?”.

Para Anastacio era imposible no pensar en Dios, al ver las nubes y los pocos pájaros que volaban (la Caracas ya no tiene árboles), formulándose la pregunta sobre cuál sería la música que Él escuchaba. En algún seminario de historia de la música, se hablaba de la cercanía de Johann Sebastian Bach con Dios, dado el placer del compositor por la escritura de obras relacionadas con la divinidad; sin embargo, recordaba a su hermano Ambrosio, quien frecuentaba una iglesia cristiana cercana a su apartamento, en la que tenían algo llamado congregación y cada cierto tiempo, estallaba un grupo de rock con canciones cristianas de un compositor llamado curiosamente Jesús Adrián Romero. Pero, no podía imaginarse al Dios de occidente con camiseta y jean o botas vaqueras, se lo imaginaba con pelo largo y barba, como él al verse en el espejo, pero glorificado y con una túnica blanca, así como lo mostraban cientos de ilustraciones de los libros de su mamá Antonia María (también curiosamente) de Palominio.

—“¿Qué música escucha Dios?” —volvía a pensar…

Luego bajaba la mirada a la calle y ese paisaje azul se teñía de cemento, de vidrios y basura, de bolsas esparcidas por el piso, ya que un perro o un humano había husmeado por las canecas unos instantes antes para buscar algo de comida. Pasaba un Transmilenio que se detenía en la estación y un mar de personas entraban al articulado, unos pagando, otros no; una “manada” atrevida, corría desde el otro lado de la calle para escalar y saltar al interior del bus. Y así con pasajes “gratis”, con pasajes pagos, continuaba su recorrido hacia el sur de la capital. En el instante que retomó su camino y expulsó una vez más su asfixiante humo negro, tiñendo de negro las vías (y las vías respiratorias), se levantó la aguja de su tornamesa Garrard, había terminado el lado A del álbum So Far… So Good… So What! de Megadeth. El silencio de la sala coincidió con la lejanía del bus en la avenida. —Esta música es perfecta para la escena —Pensó—. Será que Dios puso su mano en la aguja y me dio respuestas?

De repente, saltó confuso de la mecedora y se miró en el espejo, horrorizado de lo que veía al otro lado. —¿Seré yo una suerte de diablo en la tierra? — se soltó el cabello y confundido veía a un dios magnífico con su pelo largo, como el cielo de su ventana, pero también veía a un malévolo diablo, como los ladrones de la Caracas. Era el uno, era el otro. Seguía siendo Anastacio Palominio.

Caminó nuevamente al tocadiscos, dejó a un lado el LP de Megadeth y buscó entre su vasta colección, la edición dirigida por K. Richter de la Pasión Según San Mateo de Johann Sebastian Bach. Era “adicto” a escuchar álbumes completos (para él era inadmisible una lista de reproducción o una lista aleatoria), así que puso el lado 1 del primer vinilo.

Mientras escuchaba la atrayente Kommt, ihr Töchter, se acercó nuevamente a la mecedora y continuó en su labor, al estilo de L. B. Jefferies*. Era un momento perfecto para fumar y tomar café, pero como había dejado lo primero, solamente se sirvió una segunda y generosa taza de café y dio un sorbo grande, profundo, como la música que entraba por sus oídos.

Y siguió pensando en la pregunta sobre la música que escucharía Dios….

(El próximo miércoles, la segunda parte de este relato musical)

 

*personaje principal de la película de Alfred Hitchcock La Ventana Indiscreta (En inglés, Rear Window). Dir. ALfred Hitchcock. 1954.

https://loudwire.com/megadeth-so-far-so-good-so-what-album-anniversary/

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