De Lectura

El pan a secas, difícil de deglutir.

AUTOR: Carlos Andrés Manrique

FECHA DE PUBLICACIÓN: 01-12-2016

El pan a  secas, difícil de deglutir.

 

Nada más doloroso para vivir que la vida misma.  Difícil de digerir como un mendrugo de pan duro, encontrado en cualquier recodo de calles llenas de inclemencia, demencia, violencia y por supuesto, de hambre. Hay vidas que por las marcas del dolor y de la continua desazón son difíciles de narrar, sin embargo los lugares comunes emergen dentro de circunstancias geográficamente distantes pero sustancialmente afines. “El pan a secas” me recuerda imágenes de una “ficción” originada en la Habana en “El rey de la Habana” (de Pedro Juan Gutiérrez)  o sin ir tan lejos, me devuelve a las desgracias de aquellos muchachitos sufrientes y azotados por la pobreza y la corrosión social de “La vendedora de rosas” ( de Victor Gaviria).

Wolfgan Iser decía que la ficción toca profundamente al ser humano ya que se encarga de narrar de forma privilegiada lo inenarrable de la realidad acercándonos más  a ella, de forma inevitable, pero hay testimonios que dentro de la realidad se recrean a sí mismos en forma de literatura y es allí donde se enraíza  el poder de desconcierto, de temor y de impotencia. Mohamed Chukri  desgarra de su memoria sus propias experiencias para hacer ver al mundo que la vida es en ocasiones una historia digna de contar, no importa cuándo se empiece a hacerlo.

Un niño de apenas once años que enfrenta la brutalidad de su padre y  prefiere  vivir en las calles de Tánger (Marruecos) es el origen de una corta novela que  refleja la lucha de un ser humano por la supervivencia en la que hay un motivo fundamental: calmar el hambre. La atmósfera colonial de España sobre el noroeste  de África propicia toda suerte de situaciones adversas para sus habitantes y en el caso de “El pan a secas”, compromete  el devenir de  aquel que, con un alma inocente, empieza a ser devorado por la atroz dinámica de una sociedad salvaje, despiadada e inhumana.

Un sentimiento de ahogo y de asfixia embarga inevitablemente a quien apenas atravesando la niñez se define a sí mismo cuando nos cuenta su inmersión en el mundo de la calle: hampones, prostíbulos y prostitutas, proxenetas y depredadores, alcohol y kif*, engendran la sordidez de los parajes donde el pequeño Mohamed tiene que convertirse en hombre a fuerza de explorar el más recóndito instinto de supervivencia, él  debe convertirse en el más duro de los maleantes, en  el más astuto de los timadores poseyendo,  aun, cierto aire constante de ingenuidad.   

Es inevitable terminar las páginas de “El pan a secas”  sin  sentir  cómo la abrasiva sucesión de vejámenes tocan los hilos más sensibles de nuestra naturaleza, la compasión y el desprecio por los alcances del ser humano generan un sentimiento particular, una sinergia de emociones encontradas. La vida de Mohamed desde su niñez hasta los veinte años hacen de esta novela una madeja de sin sabores en la que no se augura un buen destino, qué puede haber de promisorio en una vida plagada de experiencias violentas, desgarradoras e inhumanas?, qué se puede esperar de un ser humano que vive al límite de la necesidad siendo permeado por las peores prácticas que esta engendra?.

El pan es una alegoría con una extensión difícil de mesurar, es el que llena el estómago, el que quita el hambre, es la razón por la cual hay que levantarse y luchar, es el epítome de la búsqueda que engendra el día a día. “El pan a secas” es un pan duro, es lo que le sobró a quienes lo degustaron recién horneado y lo tiraron para que los desposeídos se lo pelearan a muerte. Es un mendrugo duro de tragar, como el drama y el dolor de una vida sin sentido rebajada al más animal de los instintos, ese pan que muchos no comerían por el que todavía muchos más estarían dispuestos a matar.

Mohamed tiene veinte años cuando la vida le ofrece una oportunidad única: salir de su analfabetismo, un giro trascendental que convierte su vida en un legado que lo pondría en el lugar histórico al que corresponde, el ser recordado como uno de los mejores escritores de marruecos del siglo XX, aunque su obra fuera prohibida por casi veinte años en su país. Cuando la realidad es descarnada y desencadena un desarraigo visceral hay quienes se niegan a abrir los ojos ante ella, hay quienes tratan de ocultarla a toda costa y hacen vigente el viejo adagio: nadie es profeta en su tierra.

La lealtad por aquellos que hicieron parte de su vida hizo más evidente su compromiso social. Chukri se consagró como defensor de los marginados, de los sufrientes y de los desposeídos haciendo de sus historias un manifiesto de que aunque la miseria esté presente nunca se debe olvidar la inherencia de la dignidad humana.

*Es un alucinógeno derivado de las glándulas de resina de la flor del cannabis con mayor concentración y efecto psicoactivo. Es fumado en pipa o impregnado como aceite.

Mohamed Chukri (1935-2003) nace en el Rif, protectorado Español de Marruecos, en donde desde temprana edad sufre la inclemencia de la pobreza y del hambre. Después de una niñez de penurias y una adolescencia de violencia ingresa a prisión a los veinte años donde aprende a leer y a escribir. Cursa la primaria y después de internarse de nuevo en la sordidez de las calles de Tanger inicia su odisea como escritor con la que se convertiría en una figura reconocida de la literatura marroquí, la cual le daría la posibilidad de entablar amistad con escritores como Jean Genet, Tennessee Williams y  Paul Bowles, quien tradujera su “Pan a secas” (pan al desnudo inicialmente) del árabe al inglés en 1973. Su obra se compone de dos novelas más: “Tiempo de errores”  y “Rostros, amores, maldiciones”  además de un libro de relatos: “El loco de las rosas” y varios textos.  

 

Carlos Andrés Manrique es profesor de literatura anglófona y de lengua Inglesa. Es licenciado en Español – Inglés y magister en Literatura. En 2009 le fue otorgada una beca del departamento de estado Norteamericano  con la que cursó estudios en Literatura e historia norteamericana, asuntos culturales y desarrollo de currículo.  

 

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