De Lectura

Un oficio doloroso

AUTOR: Carlos Andrés Manrique

FECHA DE PUBLICACIÓN: 28-11-2019

Un oficio doloroso

  

Hay quienes persiguen cosas y no me refiero, por ejemplo, a la imagen figurada de quien persigue un sueño o algo por el estilo; me refiero a cosas materiales, que de alguna manera pueden tener algún valor o despiertan un interés particular.  No podría estar seguro de si en realidad estoy hablando de una manía o una conducta perturbadora porque ya lo he escuchado,  soy un tanto, o tal vez, muy precipitado, obsesionado y no sé qué más. Lo cierto es que una vez me alcanza ese embrujo que me lleva a conseguir algo a toda costa, no puedo centrar mi cabeza en otros asuntos; solo existe esa fijación enajenante que me empuja, y me repito, tengo que conseguirlo. 

Transcurría el mes de junio cuando me enteré del próximo lanzamiento en España de la última novela de Pedro Juan Gutiérrez, escritor cubano por cuya obra siento una inmensa atracción y de quien puedo decir, sin dejo de modestia, que he leído casi  toda su narrativa. El único acceso que en ese entonces tuve de su nueva obra, Estoico y Frugal,  fue la lectura de la contraportada. No me encontraría con el calor, con el sopor  del caribe del que fui presa en su obra anterior Fabián y el caos (a la que me referí en una crónica anterior http://diastematicos.com/2017/02/fabian-cuba/); sino que me habría de enfrentar a la historia de Pedro Juan desafiando su destino y, por qué no, sus demonios, en un Madrid helado, en una Europa invernal, escenario acaso insólito para escudriñar las vivencias de este narrador y poeta cubano que destila la calentura que emerge  de cada esquina de centro Habana.  

Me enteré de que el libro no estaría disponible en territorio americano hasta octubre y, como era de esperarse, no pude hacer más que buscar la forma de conseguirlo. Un par de llamadas y el plan estaba listo, un periplo de España a Francia, para ser enviado a Bélgica y habría de llegar a mis manos después de un mes de espera. Misión cumplida: llegó a  mis manos finalmente y lo degusté cual suculento manjar que habría de saborear en pequeños bocados, lo suficientemente pequeños para que su sabor no se desvaneciera entre jornada y jornada de lectura, como quien se deleita con una exquisitez, con la lentitud que garantiza el gozo de un verdadero festín. 

Y allí estábamos otra vez, Pedro Juan viviendo su existencia, y yo,  detrás de una pequeña grieta, fisgoneando, observándolo y descubriendo todo lo que ocurría a su alrededor; tal vez tratando de escudriñar detrás de sus palabras lo que esconde su naturaleza estoica y frugal; todo lo que compone ese “alter ego” que emerge de cada una de sus experiencias, es un encuentro del que se desprende un hálito de fortaleza y desequilibrio que, aunque suene a oxímoron, conforma la complejidad de ese personaje desde donde se desgaja el trasegar del escritor atormentado por su naturaleza, sus debilidades y su temple.   

Tengo que mencionar, entonces, que hay cosas que atan al autor con su obra, pero, por otro lado, son más las libertades y el desprendimiento que debe reinar entre el que digita unas líneas y ese ser humano que el imaginario de sus lectores logra construir. Me explico; el Pedro Juan de una biografía podría no asemejarse con el Pedro Juan de la ficción novelesca y aunque tengan mucho en común, la advertencia inicial del escritor de carne y hueso es: “Esta novela es una obra de ficción. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura casualidad.” Puede que está licencia poética nos desinfle en principio, pero queda la gran brecha que nos acerca a pensar que el personaje de las líneas es efectivamente el mismo que hilvana la historia. Dentro del ejercicio de la escritura encuentro cosas particularmente interesantes, y  asumiendo  mi libertad de pensar lo que me entrega cada lectura, creo que el propósito final de estoico y frugal  es dilucidar los vericuetos del oficio de escribir. 

Supongo que puedo sentir que el único compromiso de aquel que se entrega a las letras es el compromiso consigo mismo. Ni el remordimiento ni la traición deben ser lastres que  aten a escribir lo que es moralmente conveniente o políticamente correcto. El sobrevivir en un lugar inhóspito, alejado de la realidad a la que estamos acostumbrados, podría ser una fuente inagotable de ficciones; sin embargo, no todas las historias son dignas de ser contadas, como no a todas las personas se les puede ofrecer lealtad o simplemente mesura al mencionarlas o  hacerlas parte de una obra narrativa y por consiguienta a una fabulación.

Me inquieta pensar en la forma en que el escritor debe sobrevivir. Aunque en el fondo de este haya una suerte de goce, debe ser perturbador congeniar con un puñado de ancianas y sus manías (quienes en la novela mustran los más variopintos modelos de vida), y que esto sea, más que un tema de un libro, una suerte de afrenta para demostrar que se tiene el poder por empuñar la pluma; esto  hace desde todo ángulo riesgosa la supervivencia. Aunque se suela pensar que las aseveraciones de un autor son proezas, podemos terminar entendiendo que podrían ser el simple resultado de un arrebato de estupidez, riesgo que se debe asumir porque en la práctica de las letras, aunque se tenga la intensión, la retractación es un factor aniquilante que devasta de inmediato la confianza que los lectores depositan en los autores.  Todas estas cosas se deben aprender a fuerza de golpes, y mucho más cuando se es hijo de la estirpe latinoamericana aunque, infortunadamente, la mayoría de las veces se cometen los mismos errores, y es allí donde encontramos una aserción acertada de uno de sus  coterráneos, Edmundo Desnoes: “El subdesarrollo es la incapacidad de acumular experiencia”.       

Se siente de forma constante, reiterativa y desenfadada la continua contienda del escritor por seguir adelante, a fuerza de enfrentarse día a día con las vicisitudes que se manifiestan como demonios internos que deben ser exorcizados. La lejanía, el exilio o el auto-exilio no son de ayuda, estas salidas solo consiguen acentuar mucho más los  temores, las penas y las debilidades, el tener que lidiar consigo mismo y, como si fuera poco, llevar a cuestas el peso de la existencia. Convertir cada instante en una pugna para la que hay que estar preparado, siempre en posición de defensa. Como en el ring de boxeo, quien baja la guardia recibe los golpes de forma limpia y contundente y lo que se avecina es un rotundo knock out del que hay que levantarse con la pena de la derrota y caminar hacia nuevas contiendas en donde puede que el resultado no sea distinto. El escritor es, en suma, un campeón de  derrotas que, aunque termine de pie en el último round, siempre tendrá la certeza de que la decisión final no le será favorable. 

Por otro lado, siempre se ve venir alguna pregunta estúpida a la que perennemente estará expuesto el escritor cubano. Para algunos lectores regulares, como para ciertos cultivados críticos, se convierte en empresa obsesiva encontrar la conexión política de la obra con la realidad histórica del país.  Si bien Rancière argumentó que todo el arte tiene un asidero político, no significa que el arte en sí se sustente como ejercicio panfletario. Si bien la idea del artista, en el caso de la literatura, es manifestar, desde su realidad, un contenido ficcionado, esto implica que efectivamente existe una descripción de índole social, política si se quiere, sin la pretensión particular de que esto se convierta en el motivo central de su trabajo. Cuando el elemento político se aplica como eje particular de creación hablamos de panfleto. La literatura no puede servir como trampolín para la propagación de ideas de tal naturaleza, aunque en el caso de la Cuba castrista, cuando se generaba arte por el solo hecho de ser su propio motor, fuera considerado diversionista, proburgués, imperialista y no sé cuantos improperios más. Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Reinaldo Arenas, Severo Sarduy y un largo etcétera lo vivieron en carne propia.  En Estoico y Frugal  sentí la angustia, el enfado y el hastío de un verdadero escritor siendo encerrado, encasillado y criticado por no denunciar un régimen, o por no defender sus ideales utópicos que con la excusa de la dignidad pisotean la humanidad de cada uno de sus ciudadanos. Supongo que es muy fácil, desde la comodidad de un escritorio en otro país,  denunciar o glorificar un sistema que se admira o se odia pero en el que no se vive, aunque lo hagan diversos artistas. Los personajes de Pedro Juan son las personas del común, las de carne y hueso, no politizadas y reflejos de una realidad inocultable y las que hacen que se mantenga esa forma, , acaso testaruda. En sus textos no  escribe sobre política, no ataca ni vanagloria, simplemente narra con la fuerza que el halo creador le impone o con el ímpetu que su lucha por sobrevivir diariamente le invita: “Escribir es una necesidad que se impone continuamente, no un acto sagrado. Hay que escribir siempre. Un poco cada día.”

A través de la referencia obligada con otros me encontré con que siempre hay un aparte en el que Pedro Juan reflexiona sobre sí mismo. Se solidariza con Kundera y su ejercicio de revisar con lupa cada traducción de su obra, ya que la labor de quienes se encargaron de ello fue desvergonzadamente mediocre, horrorosa. Exalta la pluma de Chejóv y los inconvenientes que experimentó para escribir, las múltiples interrupciones y la ausencia de un espacio aislado para hacerlo, mientras él, en una época, tuvo que vivir la insufrible visita de Trotskistas quienes querían convertirlo a su credo. De la misma forma lanza dardos a un Bukowski alojado en una confortable posición de rudeza en la que aun, habiendo notables incongruencias, se daba la licencia de recibir periodistas y anunciarles que nuevos libros vendrían, como si el ejercicio de la literatura se enraizara en la consecución de un statu quo más que en el ejercicio de narrar lo que nos sale de las pelotas.

Escribir para Pedro Juan siempre será un episodio de agonía, un ejercicio doloroso, una contienda constante en la que se puede notar el poder de una fuerza interna y el despertar de un montón de demonios. Es fácil encontrarse con él mismo en su obra y ver todo aquello que indignado se niega a responder pero, por sobre todo, creo que es deber de sus lectores evitar caer en falsas interpretaciones, en lugares comunes que responden a la pregunta ¿qué quiso decir el escritor?.  No hay dilema al respecto, su narrativa debe ser asumida como cachetadas, o piñazos directos al rostro y dejar que generen el sentimiento que puede nacer en ese instante. El resto es especulación, desacierto y física bazofia.

 

Pequeña reseña sobre la obra

 

Estoico y frugal es la última novela del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez, fue publicada por Anagrama en junio 2019.

 A través de su periplo por Europa Pedro Juan, el escritor, pero también el ser humano, se ve envuelto en un cúmulo de situaciones en las que siempre aparece como vértice  la escritura. No podría asegurarse que el amor ronde sus aventuras, pero si un desenfreno por vivir la existencia con la fuerza y el aguante que solo un estoico puede oficiarse. La frugalidad está en el desapego de todo aquello que aparece a su alrededor y que desde siempre sabe que no le pertenece. Descomplicado y andariego, pero al mismo tiempo observador y metódico, el escritor cubano ronda por los rincones de europa encontrando en las mujeres una forma de entender su verdad como escritor, pero también, en la naturaleza humana y en la suya propia, exalta  la energía incansable y desaforada por seguir dándole a su obra lo que esta requiere para solidificarse, para prevalecer en la memoria y en el tiempo, como motor de su propia existencia.

 

Sobre el cronista:

Carlos Andrés Manrique es profesor de literatura anglófona y de lengua Inglesa. Es licenciado en Español – Inglés y magister en Literatura. Cursó estudios en Literatura e historia norteamericana, asuntos culturales y desarrollo de currículo    al haberle sido otorgada una beca del departamento de estado Norteamericano.

https://www.anagrama-ed.es/autor/gutierrez-pedro-juan-488

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Este collage lo hice yo:

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