De Lectura

Otra vez la navidad?

AUTOR: Carlos Andrés Manrique

FECHA DE PUBLICACIÓN: 10-12-2019

Otra vez la navidad?

 

Todos los años viviendo la misma historia. Pareciera que la supuesta magia de lo que ocurre en esta época se fuera desvaneciendo año tras año, lentamente, de forma inevitable. Podríamos afirmar que el mundo corporativo, moderno y consumista nos obliga  a ver con otros ojos, borrosas,  esas luces que alguna vez, hace tanto tiempo (cuando niños quizás), fueron asidero de ilusión, de alegría. Llega diciembre y se desatan un montón de sentimientos que con excusas de bondad, caridad, y no sé qué más cosas, hacen que una débil felicidad flote en el aire, y que esta sea acompañada de la consabida ofrenda a quienes son merecedores de nuestra estima. Sí, ha de llegar el niño Jesús, por ello hay que cumplir con el “sagrado deber”, o mercantil obligación, dejando atrás el eufemismo, de mostrar nuestro afecto a través de un regalo.

Por fortuna, en las letras, ha habido suficientes dádivas para sentirnos reconfortados y, de alguna forma, aliviados con lo que puede provenir de la pluma de algún generoso escritor que se da a la tarea de entregarnos, desde su perspectiva y experiencia o simplemente desde la de otros, una visión, acaso poética, de lo que puede significar esta época. En diferentes momentos de la historia encontramos tramas hilvanadas para todos los gustos, el panorama es variopinto.   Si nos lo proponemos podemos percibir cómo los seres ficcionados pueden hablar de las pasiones humanas de una forma más clara que aquella que la realidad misma nos puede mostrar, o somos capaces de ver. Pasa por mi memoria ese Scrooge de Dickens y su metamorfosis, en la que en contra de su propia naturaleza aveza la risa, bálsamo inequívoco, sublime, que otorga a la existencia un tinte de gozo; o el cadáver de una vendedora de fósforos que tras una gélida nochebuena esboza una sonrisa toda vez que, antes de su deceso, llegó a su encuentro la más hermosa y enternecedora imagen, la de su abuela, a la que se negó a dejar ir hasta que todos los fósforos de su cajita se lo permitieron, y quien  casi siglo y medio después motivó a Víctor Gaviria  para rodar su ya célebre Vendedora de rosas.

Para no ahondar más en memorias me centraré en ese regalo que nos hizo Emilia Pardo Bazán con sus Cuentos de navidad y año nuevo.  Quiero acercarlos a cuatro relatos que sumados rescatan la esencia de la celebración judeocristiana y, como una suerte de palimpsesto, nos recuerda ese infinito poder que se desprende de las letras para arrastrarnos por pasajes de los que, si somos lo suficientemente atentos, no podríamos quedar menos que maravillados. En qué forma sería posible hilvanar una historia en donde caben una  mujer cultivada en la literatura (Emilia?), un poeta suicida, Margarita, la amada de Fausto (de Goethe), Napoleón y Torquato Tasso?.  Todo toma forma una vez que nuestra protagonista, en su afán por asistir a la Misa de gallo encuentra en su camino el alma del poeta, quien la invita a que le siga y, al estilo del periplo de Dante y Virgilio, transita por los cuatro lugares de los que hay que saber para ser consciente de aquello que espera a las almas de esos mortales según asuman su libre albedrío. Cada historia se desarrolla en uno de los lugares narrados en el trecento por aquel vate, padre de la lengua italiana, con la adición de uno; estas narraciones transcurren en el infierno, el purgatorio, el limbo y el paraíso.

En la nochebuena cada uno de estos lugares que hacen parte del conglomerado místico sufre una suerte de detenimiento, los posibles sufrimientos que las almas deben padecer en tres de ellos cesan y es en ese lapso  cuando nuestra protagonista tiene la posibilidad de conocer cada recoveco y enterarse de cómo funcionan las cosas allí. La articulación  poética de cada uno de estos cuentos es exquisita, las imágenes que se desprenden de cada lugar, el lenguaje y su connotación ficcional trabajan de tal forma que, si nos entregamos  adecuadamente al gozo que nos otorga cada una de estas piezas, podríamos decir al final que en efecto, también caminamos de la mano del poeta suicida, con la cercanía con la que Dante caminó al lado de Virgilio.

En el infierno no hay sufrimiento durante la noche buena, salvo para esa alma que perteneció al asesino que infamemente perpetró su crimen justo en este día, justo en la conmemoración del nacimiento del salvador. Un acto blasfemo de tal magnitud augura el castigo eterno e ininterrumpido por cuanto osa irrespetar la memoria del mesías.  En el purgatorio están de día de descanso, y es nuestro poeta suicida quien, cual Caronte, rema en un pequeño navío para acercarnos al verde inmenso de la costa purgatoria, el infierno rojo y el purgatorio verde, un verde que no apacigua, porque aunque recoge la extensión de lo sublime nos lleva a una costa en donde la pena de las almas apiñadas emanan sus lamentos. Y allí, en medio del tumulto, Margarita nos explica la razón de su condena y el móvil de su pecado, amar a un hombre, ocasionar una muerte y ahogar su propio hijo.

Como si se tratase de una figura infantil, y después de cruzar un blanco portón nos encontramos con el corso: Napoleón; un espíritu pueril que con sus ínfulas de grandeza y testarudez se empeña en no admitir sus errores, tal vez es por ello que fue enviado al limbo, supongo que al de los niños, no al de los patriarcas (son las dos versiones de este lugar en la tradición cristiana). Su deuda con Europa tendría que ser saldada en medio de las correrías de pequeños que no saben nada de nada, de aquellas almas que perduran estancadas  en un espacio sin tiempo, pero que como en los dos casos anteriores tienen la licencia de un día (en tiempo humano)  para no sufrir las penas de su situación.

El cielo es azul. Y es allí donde Tasso aparece, habiendo, por supuesto, compuesto loas  a una tierra santa liberada con las armas empuñadas durante  la primera cruzada (vaya paradoja), y aunque trata de incitar a nuestra protagonista para que disfrute y entienda la naturaleza del arte de la música solo logra que ella se arraigue más a su cercanía con la literatura, y es a través de esta donde llegamos a la narración desde la cual empieza todo, la historia judeo-cristiana en donde en una pequeña villa de Belén nace un niño que sería el salvador del mundo. ¿Es acaso un artilugio de las letras en el que, como una historia cíclica, nos preparamos para recibir una fecha y en esta misma tenemos una visión que nos acerca al evento que origina esta celebración?, no lo sé, pero es prudente mencionar que esta narración de navidad se convierte en una experiencia excepcional, tanto en la dimensión narrativa, como en el espectro místico. 

No quiero terminar sin mencionar otros dos regalos que particularmente son de mi agrado, ellos hacen parte del entorno cobijado por esta suerte de halo mágico que impregna al mundo occidental en este tiempo llamado navidad, el primero es Un recuerdo navideño,  de Truman Capote, del cual se deriva un aire melancólico, de tristeza, de recuerdos pueriles y pobreza la cual aunque agobiante  no se percibe en exceso, no es a Dickens a quien leemos. Por otro lado,  la narración corta de Paul Auster, El cuento de navidad de Auggie Wren, un escrito nacido por encargo y en el que no precisamente se pretende hacer de la historia una apología a la verdadera bondad humana, todo lo que ocurre allí es incidental, deliberado y aunque cuenta con una extensión considerablemente corta ofreció lo suficiente como para hacer una película de 108 minutos.

En navidad hay qué leer y hay que leer,  lo que se quiera. Pero si aún no lo han decidido tomen mi modesta recomendación como un abrebocas,  y una vez dentro de sus redes, sigan haciendo de la literatura una compañera de la que pueden esperar los más jugosos estipendios.

Sobre el cronista:

Carlos Andrés Manrique es profesor de literatura anglófona y de lengua Inglesa. Es licenciado en Español – Inglés y magister en Literatura. Cursó estudios en Literatura e historia norteamericana, asuntos culturales y desarrollo de currículo    al haberle sido otorgada una beca del departamento de estado Norteamericano.

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