De Lectura

La luz al final del túnel

AUTOR: Carlos Andrés Manrique

FECHA DE PUBLICACIÓN: 17-07-2020

Todos en un mismo lugar. Atrapados en una circunstancia que no se veía venir y que se convirtió, a fuerza de continuar viviendo o sobreviviendo, en la cotidianidad, en la existencia ordinaria y en la costumbre que generó inevitablemente un encanto. ¿En qué se parece una estación de buses en la Habana a una autopista que desde el sur desemboca en París? ¿En qué se parecen dos cortas ficciones a un encierro obligado que convierte en tedio cada día? 

 

Inevitablemente nos cruzamos con  historias que ya estaban escritas, y creemos que simplemente hacen parte de una serie de segmentos que  se dibujan desde la mente de un narrador que, de alguna forma, nos embruja dejándonos el sinsabor de un final inconcluso o inesperado. Las latitudes no tienen relevancia cuando la condición humana está por encima de cualquier eventualidad, ¿qué de diferente hay en perder la cuenta de los días mientras se espera un autobús para que nos dirija a otra ciudad o estar atrapado en una interminable fila de automóviles ansiando que de forma milagrosa se disuelva para poder transitar y arribar por fin a nuestro destino?, nada, en principio nos anquilosamos en la idea de que todo saldrá bien y que de forma milagrosa cierto deus ex machina tomará lugar para que la suerte poética nos saque del atolladero en el que quedamos indefensamente inmersos.  Así pasan los días en Lista de espera y La autopista del sur, cuentos de Arturo Arango y Julio Cortázar que inevitablemente recuerdo mientras que atravieso por un confinamiento generado por la inclemencia de la pandemia.

Ahora es necesario hablar de tres historias con un común denominador: la imposibilidad de retornar a una vida normal debido a condiciones ajenas a nuestra voluntad. Mientras que lentamente pasan las horas y los días en una terminal de buses en la Habana, e interminables filas de automóviles se esbozan en una autopista francesa me veo irremediablemente sumido en un encierro en donde el desespero empieza a jugar con mi paciencia y a retarme por cuanto yo, como todos los humanos y aunque no me agraden ciertas personas,  soy un ser social.

 

Es increíble ver como en condiciones extremas los seres humanos somos capaces de sortear las situaciones de forma que la continuación de la existencia prima y ese instinto de supervivencia que nos es inherente, nos lleva a actuar de formas inimaginadas, para bien y para mal.  En las dos narraciones, durante el transcurso del tiempo, los personajes se conocen, empiezan a generar supuestos y a formular  paradigmas que les permiten poder describir lo que les rodea y entender, o por lo menos intentar hacerlo, la naturaleza de quienes comparten ese tiempo-lugar en el que confluyen para vivir una particular rutina forzada. Se organizan, crean comités, organizaciones y vínculos en los que es inevitable encontrar que la idea de sociedad conocida trata desesperadamente de ser emulada y emerge de forma curiosa,  incluso en las más insólitas circunstancias.

 

No lejos de esa ficción la realidad apabullante del encierro nos deja las mismas opciones, la desesperación de algunos despierta la compasión de otros y ambas dan inicio a una  forma de convivencia sui generis en la que es primordial sobrevivir. Los seres humanos del común buscamos, si no una salida, por lo menos un paliativo que mitigue la desesperanza que nos aborda al saber que solo dependemos de nosotros mismos, porque no hay nadie más que nos de la mano, tal y como lo veo reflejado en los dos cuentos a los que me he referido, somos personajes en nuestra propia desventurada narración, y aun así tratamos de dar pasos desesperados hacia el futuro con el único aliciente que nos ofrece la idea remota de que saldremos bien librados de esta, porque de alguna forma, estamos unidos y todos juntos podremos convertir las adversidades en oportunidades para mostrar de qué estamos hechos y de las cosas que somos capaces.

 

 

En Lista de espera y La autopista del sur, dos lugares tan lejanos, pero tan insólitamente parecidos, se eleva cierto aire de confianza en lo que puede llegar a hacer el ser humano por salir adelante, por ofrecer una mano que sirve de asidero para  poder continuar. Es tan así que incluso el amor se convierte en protagonista y le da a las dos historias un tinte idílico, el acercamiento de una pareja se convierte en un hecho central alrededor del cual orbitan los demás eventos, y justo cuando este toma más fuerza haciendo que la tensión  se alivie, la cotidianidad de los días se ve interrumpida dramáticamente por la vuelta a la realidad, esa a la que todos dejaron de estar expuestos por las circunstancias que los forzaron a crear otra, que inevitablemente se desquebraja y da señales de su transitoriedad. Los buses llegan para salir de  la Habana y los carros se empiezan a mover hacia París varias historias entrelazadas y una densa atmósfera de decepción en el aire que se alimenta de esa ambición que se generó para que la nueva cotidianidad perdurara, porque a veces se es feliz viviendo aislados en un microcosmos que no es permeado por la realidad exterior pero que es evidente que se parece a esta.

 

 

 

 

Vuelvo a mi sitio y noto que, aunque no estoy esperando un bus que me lleve a otro lugar, ni que un taco se disuelva para poder avanzar a mi destino, de algún modo mi realidad se asemeja a la de los dos cuentos, pero súbitamente caigo en la cuenta de que la realidad me enseña narraciones que asoman lo mas bajo de la condición humana aun cuando todos estamos aparentemente enfrentando el mismo enemigo invisible. Noto con asco que mientras los más desvalidos y vulnerables luchan por sobrevivir, los que ostentan el poder los pisotean, y no solo a ellos, sino a todos los ciudadanos por igual. Quienes conforman las élites muestran con mayor descaro que desde sus posiciones aventajadas siempre van a luchar por perpetuar el statu quo que siempre han mantenido favoreciendo a sus amigos y a los de su clase.

 

Debo reconocer con pena que esa luz que muchos aseguran se debe ver al final del túnel se extingue de forma angustiante, porque nos la están robando. En el momento que retornemos la cotidianidad que conocíamos  nos quedaremos con los esfuerzos y la valentía del hombre del común siendo golpeados y  abatidos por las élites que han demostrado hasta la saciedad que no les importamos y que, irremediablemente, como un pueblo que carece de memoria, seguirán siendo elegidos y puestos en ese mismo pedestal desde el que siempre han sido intocables, porque sus bellaquerías son conocidas por todos pero de la misma forma las masas de borregos, a las que siempre han pisoteado y eternizado su vulnerabilidad, son las que perpetúan su inmunidad.  No soy optimista, en general no confío en lo que los seres humanos con algún poder son capaces de propiciar, creo que debemos estar preparados para ver cosas peores, más graves, y me pregunto entonces, hasta qué nivel de degradación seremos capaces de llegar para, de una vez por todas, acabar de raíz con esa pestilencia que no es propiamente la pandemia, sino la que busca mantenernos arrodillados eclipsando cualquier asomo de brillo en esa supuesta “luz al final del túnel” que anhelamos encontrar?

 

 

El cuento de Arturo Arango lo pueden conseguir en  este link: https://www.cubahora.cu/uploads/documento/2018/12/03/lista-de-espera-arturo-arango.pdf también existe una versión en cine que pueden ver en: https://vimeo.com/19084601.

 

   

 La autopista del sur lo pueden leer en la compilación de cuentos Todos los fuegos el fuego: https://www.textosenlinea.com.ar/cortazar/Todos%20los%20fuegos%20el%20fuego.pdf

 

Sobre el cronista:Carlos Andrés Manrique es profesor de literatura anglófona y de lengua Inglesa. Es licenciado en Español – Inglés y magister en Literatura. Cursó estudios en Literatura e historia norteamericana, asuntos culturales y desarrollo de currículo al haberle sido otorgada una beca del departamento de estado Norteamericano.

 

 

 

 

 

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