De Lectura

Transmutación lectora

AUTOR: J. F. Cardona

FECHA DE PUBLICACIÓN: 31-07-2020

 

 

No recuerdo el último restaurante al que fui, el último cinema que visité ni el último bar en el que me senté. Por más que lo intento, lo único que consigo son imágenes caprichosas de recuerdos ordinarios que no corresponden de forma alguna a ese hito que separa el antes y el después del fin del mundo. Lo que sí recuerdo es el último libro que leí en libertad. Lo llevaba en la mochila el día de la cita con viejas amigas, a sabiendas de que yo llegaría mucho antes de la hora y ellas* mucho después. Me senté en el parque con nombre del poeta que escribió Prosas de Gaspar, busqué el marcapáginas y retomé la lectura en donde la había dejado la noche anterior: 

 

«Muchas cosas se estaban resquebrajando en su interior. ¿Era un ser humano normal? ¿Era un ser moral? ¿Era lo suficientemente fuerte como para tener pleno control de sí mismo? Ya no podía afirmar que tenía las respuestas  —que antes creía tan seguras— a esas preguntas». 

 

Así empezaba esa hoja de La vegetariana (Ed. Rata), perturbadora novela de Han Kang que, aunque ella ignora y seguramente nada le importa, tiene el cuestionable honor de haber sido mi última lectura antes de la pandemia. Sus preguntas, vistas ahora con la comodidad de la retrospectiva, fueron proféticas. Al día siguiente la ciudad cerró y el país, no mucho después, la siguió para no volver a abrir ─no para mí en todo caso─ por ciento treinta y siete días con sus noches y contando. 

 

La certeza del virus y la sospecha de los zombies lo cambiaron todo para mi yo lector. La geografía, para empezar. Los parques cerca de casa y los cafés lejos de esta dejaron de ser mis nobles salas de lectura diaria, espacios rebosantes de hipnóticos ruidos y olores urbanos que me servían de sonido ambiente para darle un toque de realismo a la lectura ─nunca he soportado leer con absoluto silencio; me hace querer gritar─; el sabor a té verde dejó de anunciar el inicio de otro capítulo y las tablas de madera tallando mi culo ya no son indicadores de que un libro me atrapó y de que he decidido maratonearlo. Esos sitios ya no existen. Siguen allí en donde los dejé, claro, pero rodeados de un aljibe invisible y virulento que los hace inexpugnables. Esos sitios, repito, ya no existen. Los tuve que reemplazar. El estudio de mi apartamento fue el primer y obvio candidato. No era un lugar desconocido para mis libros, desde luego; allí está la biblioteca principal. Pero dentro de mi imaginario, peculiar y latoso, este siempre fue un sitio para escoger libros y para escribir, pero no ─perdoname Seshat─ para leer, salvo como premio de consolación en medio de una tormenta o de un antojo lector a horas poco decentes de la noche. Fue necesario remodelar el estudio ─nos tomó medio día; no miento─ para convertirlo en una sala de lectura que mi mente calificara de digna. 

 

 

La terraza del edificio, paraje al que nunca subí en los dos primeros años en que llamé a este apartamento hogar, fue el otro lugar al que tuve que migrar con mis libros. Me empujó la necesidad de aire, viento y, debo reconocer, de soledad. Lo hallé todo. También hallé en esta un lugar ideal para leer, con o sin pandemias amenazando nuestras entrañas; uno con ruidos de pájaros en primer plano y de carros como ruido de fondo, todo ello enmarcado en una vista panorámica de las montañas que marcan el límite sur oeste de la ciudad. Fue precisamente allí, rodeado de rosas negras y matas de romero,  en donde leí mi primer libro durante la cuarentena: 

 

«Nefer mira el manchón blanco que la tierra chupa y se deja caer en cuclillas, hunde los puños en los ojos y solloza. Su dolor sube como lentos cuchillos por la garganta, que le duele, le duele, como si cada sollozo fuera un pequeño hijo que naciera, y sus gemidos se pierden entre rumores de rugidos y de patas que cambian de posición. Las lágrimas la envuelven en un velo que borra el mundo y moja su cara entera, sus manos, la manga en que oculta el rostro».

 

Así describe Sara Gallardo el desespero y dolor de una joven campesina que sabe que su vida, por cuenta de un cabrón arrecho que ni para personaje secundario le alcanza, está jodida y nada puede hacer porque ni el embarazo ni el aborto son opciones que esta sociedad le permiten a alguien como ella. De eso habla en Enero (Ed. Laguna), una desgarradora novela que leí entera en aquella terraza de cemento y jardín comunitario que el desespero me llevó a descubrir y que no pienso abandonar aún si los chinos cumplen con su promesa de crear y regalar la vacuna contra el mal del encierro. 

 

El apocalipsis Wellsiano también perturbó mi relación con las ─¡benditas!─ librerías. Para ser perfectamente honesto, o por lo menos para no mentir descaradamente, mi relación con ellas siempre fue fría. Las respeto como a nadie y he sabido crear algo parecido a la amistad con algunas; pero cuando entro en sus universos siempre he preferido recorrerlos como el cusumbo solo que mi madre dice que soy,  las recorro, dejándome llevar únicamente por los homéricos cantos de sirena en mi cabeza que prometen llevarme a buen puerto lleno de nuevos y fascinantes títulos y autoras. Pero ahora, sin librerías que visitar y en donde perderme, el instinto lector se vuelve tan inservible como peligroso y he recurrido como nunca a estas Ateneas para que sean ellas quienes me recomienden la próxima lectura. Muchos de los libros que he comprado durante la cuarentena fueron por recomendación de ellas, sin verlos previamente, sin ojearlos, olerlos, pesarlos ni sentirlos, sólo confiando en la reseña que de estos ellas hicieron, como se fía ciegamente en el fármaco recetado por la doctora. El primer libro que compré así ─a lo kamikaze─ durante el encerramiento, fue Pelea de gallos (Ed. Página de espuma), de María Fernanda Ampuero, sugerencia de uno de los guardianes de aquella librería que se llama como el poemario del escritor de San Fabián de Alico: 

 

«Entonces María, llena de vino y de pollo y de noche libérrima, se quitó el vertido y cerró los ojos y se abrió de brazos para que su hermana la viera entera, desnuda, en cruz. Para que viera lo que es capaz de hacer la gente cuando nada la detiene. Para que entendiera en los tajos de la piel que ante la indefensión triunfa siempre la crueldad. Alguien había escrito con un objeto punzante la palabra zorra en su estómago, alguien había pisoteado su mano derecha hasta convertirla en un colgajo, alguien había mordido sus pezones hasta dejarlos arrancados, guindando de un trocito de piel de sus pechos redondos, alguien le introdujo aperos del campo por el ano dejándole una hemorragia perenne, alguien le produjo un aborto a patadas, alguien, nadie, hizo nada durante esos días que quedó inconsciente y las ratas, con sus dientecitos empeñosos, comenzaron a comérsela por las mejillas, por la nariz, alguien, seguramente su hermano, le dejó la espalda como el mimbre de tantos latigazos».

 

Ya son quince los libros leídos en el encierro. Quince que vistos uno tras otro me muestran que el reinado de la peste me ha vuelto un lector de nicho, uno igual de curioso que antes pero sin pudor para aceptar ante propios y extraños que es ahora más exigente ─la vida se puede acabar en cualquier momento y no puedo perder el tiempo con libros que no cause un cimbronazo en mi cabeza y mi alma─, sin miedo a probar nuevas narrativas pero sin vergüenza de rechazar los estilos que desprecia. 

 

¿Cómo será mi mundo lector en la post pandemia?, se pregunta y me pregunta la buena gente de Días Temáticos. Será una mierda porque no será ni lo uno ni lo otro, ni suficientemente igual a lo que fue para que nos sintamos cómodos, pero tampoco lo necesariamente diferente para que lo creamos nuevo. Algunas de las librerías que amé habrán desaparecido. A las que sobrevivan ya no querré ir por temor a que un zombie remanente me muerda y me sentiré culpable por ello. A las libreras querré seguir consultándolas, pero sin acercarme a sus lugares de trabajo, lo cual será una lástima porque me perderé las ofertas que sacarán aprovechando la nueva presencialidad. 

 

Creo que al final la pandemia triunfó, no matándome, pero si acostumbrándome a ella. Quizás Nicole Krauss en La gran casa (Ed. Salamandra) ─otro de los libros leídos en bíblico  aislamiento─ lo resuma de una mejor manera de la que yo sería capaz: 

 

«Poco a poco había renunciado a acometer grandes reformas en los cimientos de mi ser con vistas a hacerme más apta para la vida social. Tras aceptar las consecuencias de mi naturaleza, no sin alivio dejé que mis hábitos volvieran a imponerse sin restricción alguna». 

 

Pues eso.

 

 

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 * Esta columna utiliza el femenino genérico para designar a grupos de mujeres y de hombres, esperando que estos últimos se sientan incluídos con su uso.

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