De cine y animación

EL CREPÚSCULO DE LA MENTE

AUTOR: Antonio Moreno Quiroga

FECHA DE PUBLICACIÓN: 31-08-2020

 

EL CREPÚSCULO DE LA MENTE

Antonio Moreno Q.

No tengo sentimientos Walter y si algún día los tengo nunca triunfarán sobre mi inteligencia.

 

 

 

Le invito a que abra este link y lo deje de fondo mientras lee

https://www.youtube.com/watch?v=CLIIvXNV9hE

 

La música llena la sala, llega a los oídos de los evaluadores. Los ojos de Erika, antes ausentes e indiferentes, se dirigen al escenario, brillan con avidez, su cuerpo sufre un repentino movimiento reflejo, casi imperceptible, que la obliga a acomodarse en la silla y empezar a mover sus dedos de manera singular, no sabemos si se debe a las notas de Schoenberg , Rachmaninoff o Schubert; o si es porque al fin alguien rompió la coraza en la que se refugia y le permite presentarse como la rígida e incuestionable maestra.  Esta maravillosa escena se convierte en el espacio en que se quiebra la voluntad de un ser de hielo, desatando la fuerza contenida de un gigante demente que rompe los barrotes de la celda de inteligencia en la que se encuentra atrapado.

 

Y es que la obra a la que me refiero es un vertiginoso viaje que nos lleva a descubrir algunos aspectos de la vida compleja, muchas veces atormentada, que lleva la protagonista de esta inigualable pieza cinematográfica de Michael Haneke. Me refiero a su obra La Pianiste (2001), basada en el libro homónimo de Elfriede Jelinek. En ella se transgreden los límites de lo racional o por lo menos de lo políticamente correcto, para hacer que el espectador se vea envuelto en un círculo conformado por el desenfreno de los deseos comprimidos por el contexto pacato y acartonado que comparten los protagonistas.

 

Con sus interpretaciones maravillosas, tanto Isabelle Hupert como Benoît Magimel crean una atmósfera sórdida de la que nos salva la música de los grandes compositores clásicos. Aunque se puede decir que en realidad se trata de un hechizo en el que el espectador cae gracias a las composiciones de Schubert y Schumann. Personajes latentes de la trama cuyas obras llenan la atmósfera narrativa. Digo que la llenan en tanto que son estas piezas el misterioso hilo de Ardiadna que hace sucumbir al buen Walter Klemmer en la caustica relación que establece con su profesora de piano,  Erika Kohut. Una mezcla de imágenes disonantes en las que se encuentran de manera atropellada la cara impávida de la maestra y su voz que reclama mayor rigor de parte de sus estudiantes; el rostro transformado de su madre que la insulta por no hacerse respetar como la mejor intérprete de Schubert;  la sangre que sale de su nariz; la que baja como un delgado hilo por su pierna y se pierde en la tina del baño; de la comisura de sus labios o la de su hombro izquierdo cuando voluntariamente se clava un cuchillo para contener la pasión que la enceguece. 

 

Estos elementos en apariencia desordenados son apenas breves fotogramas que se juntan mientras Schumann observa desde las partituras, agazapado en las cuerdas del piano. El piano convertido en el salvavidas de la profesora; también leído como la puerta de contacto entre ella y el mundo convencional. Es como si los espíritus de los compositores se posaran en ella. Todos enfermos mentales, los dos locos y alejados de la realidad, tal y como Theodor Adorno lo explica en su Teoría Estética. 

 

De esta forma, el espíritu afligido y desamparado de la profesora que lucha contra sus demonios y se refugia en las cintas pornográficas o en sus experiencias voyeristas, nos dejan una sensación de extrañamiento en tanto nos ponen contra al borde del abismo, sentimos vértigo, un poco de asfixia y algo de nausea; todo porque sin una entrega total no hay éxito. Esta última expresión que se convierte en el eje de las acciones de Erika durante la obra. Cada una de sus movimientos y decisiones son una entrega absoluta, no se sabe si al placer o a la evasión. El espectador sale de la sala o cambia de canal, intenta retomar su cotidianidad, pero allá en su mente, ya no tanto en el fondo sino más bien muy cerca del oído, las imágenes de la película le recuerdan que hay súcubos dispuestos a ganar la partida, listos pare llevarlo a las praderas de la perdición y del olvido, a la lucidez eterna de los enajenados, al espacio sin tiempo que significa la desesperación de cargar con el fardo que significa el intento de ser en el mundo. Es como si al final de la obra los personajes quedaran ubicados en polos opuestos, transfigurados y vencidos por los sentimientos básicos que vencen a la más cultivada inteligencia.

Mal haría si le narro la trama completa de esta bella y perturbadora cinta. Eso sí, le invito a que se escabulla por esos rincones exóticos en los que flotan rarezas, con seguridad se encontrará con la obra de Haneke. Pueda que al final, como me ocurrió, busque por ratos a Schumann o a Schubert para acompañarlo mientras su mirada queda sostenida en el horizonte de la pared blanca de su habitación.

 

 Acerca de las imágenes:

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http://blogdetriunfoarciniegas.blogspot.com/2019/09/michael-haneke-la-pianista.html

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