De Lectura

La locura no nos hace daño, nos repugna

AUTOR: J. F. Cardona

FECHA DE PUBLICACIÓN: 04-09-2020

 

 

Los manicomios son los leprosarios de la modernidad. Allí ponemos, no lo que nos hace daño, sino lo que nos repugna; y nada asquea más al humano de hoy que las personas que no se rigen por los mandamientos de la racionalidad. Una vez estuve en uno, en un manicomio. Se supone que ya no se les debe decir así sino hospitales psiquiátricos. Pero el que yo visité no se llamaba ni de una ni de otra forma: era un sanatorio; pero no uno cualquiera, sino el de la cárcel B.P. para mujeres. El por qué estaba yo allí, no tiene importancia. Lo que deben saber es que mientras caminaba por sus pasillos, mucho más amplios y limpios que los de la cárcel “de verdad”, la de los crímenes sin locura, una presa-paciente susurró escanda lósamente desde su celda (si fue a mí, a alguien más o a la nada, no lo sé): «¿Por qué yo tengo que estar aquí y ellos no?». Fue una buena pregunta, lo reconocí al instante. Quizás los dementes éramos los de este lado, solo que lo disimulamos mejor y no nos cogieron con las manos en la

masa. 

Recordé este episodio mientras leía La vegetariana (Ed. Rata), la novela más conocida de la escritora coreana Han Kang. Ni una sola escena allí narrada se parece en lo más mínimo a mi anécdota penitenciaria, pero la frase de la presa bien podría resumir el libro: ¿por qué la loca soy yo y no ellos? Quien podría preguntarlo es Yeong-hye, la protagonista, pero no lo hace, porque ella es la única a la que no se le da voz propia en la novela: el primer capítulo se narra desde el punto de vista de su marido, el segundo del de su cuñado y el tercero desde el de su hermana. O bueno, quizás sí lo hace soterradamente al repetirles a estos, en tono de súplica: «¿Por qué es tan malo morir?». Lo cierto es que ella tendría todo el derecho a hacer ese cuestionamiento; al fin y al cabo fue a ella a quien burlonamente llamaron loca cuando decidió no volver a comer carne y poder ver a los peces del acuario sin culpa. «Por fin puedo mirarte en paz. Ya no te como»; fue a ella a quien cruelmente acusaron de demente cuando decidió dejar de probar alimentos, de tomar liquidos, de dormir y de tirar para transformarse en otro ser; fue a ella a quien sus seres queridos maltrataron, internaron y forzaron a ser justo lo que no quería: un humano, un mamifero, una persona; fue de ella de quien se aprovecharon cruelmente al considerarla una lunática solo por abandonar la vida cotidiana “normal” y querer tener su propia metamorfosis. 

 

No seamos hipócritas: sabemos bien que todos nosotros, ustedes y yo, lectores y escritor, no dudaríamos un solo segundo en levantar el dedo contra una persona así de extraña y gritar: ¡J'accuse…!  ¡Loca, loca, loca!, sea nuestro ser amado o no (quizás con mayor facilidad si lo es, porque allí tendríamos un sentimiento de propiedad que nos envalentonaría). Tal vez por eso Kang decidió escribir la novela desde el punto de vista de los otros, de los cuerdos, de los victimarios, para que nos viéramos reflejados en el espejo de nuestros prejuicios propios, miserables, racionales e ilustrados. 

 

Pero divago. «¿Por qué yo tengo que estar aquí y ellos no?», preguntó la presa anónima. Y yo parafraseo en nombre de Yeong-hye: ¿Por qué soy yo la loca y no quienes me acusan de serlo? Su esposo es un tipo con una crónica, aunque socialmente bien disimulada, baja autoestima que solo se casó con ella porque pensó que a su lado nunca sería opacado («Antes de que mi mujer se hiciera vegetariana, nunca pensé que fuera una persona especial”). Un violador, uno de esos convencidos de que violar a la esposa no es violación, ¿no debería él estar en el manicomio de la cárcel? Su cuñado es un artista frustrado al saberse mantenido, uno que busca cualquier excusa para escapar de su rutinaria realidad, incluso si eso implica esconder sus más básicos instintos sexuales dominadores en un empaque de falsa creatividad para poder engañar a su esposa con la hermana, la “enferma mental”, la que se cree planta, en una escena de dudosa sexo consentido. ¿No debería una persona así estar en el sanatorio? Su hermana es una mujer tan normal como reprimida, lo suficiente para ser testigo inactivo y cómplice de palizas y de brutales sesiones de alimentación forzada y no hacer nada más que sentirse mal por ella misma. Quizás no le alcance para el hospital mental, pero si para un buen psiquiatra.  

 

Son ellos quienes acusan a Yeong-hye de loca, que quizás lo esté, pero no está sola en ello y  es la única que con su insania no le está haciendo daño a nadie. Se hace daño a ella misma, dirán los más puritanos, a lo que ella contestaría: «Tu propio cuerpo es lo único a lo que le puedes  hacer daño. Es lo único con lo que puedes hacer lo que quieres. Pero ni eso te dejan hacer». Tiene razón. 

A los manicomios mandamos no lo que nos hace daño sino lo que nos repugna. Y que una persona quiera dejar de serlo para mutar en planta, nos repele de sobremanera. 

 

En algún lado leí que este es uno de los libros de literatura coreana más vendidos de la historia moderna. También me enteré de que fue uno de los más devueltos a las librerías por clientes insatisfechos que se sintieron engañados al no encontrar una oda al vegetarianismo como estilo de vida sino una novela negra, cruda, cruel y visceral sobre la reivindicación de la muerte ─física y mental─ con un enfoque poco ortodoxo y nada occidental del feminismo… ¿Quiénes son los locos? 

 

 

 

 

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Imagen 1y 2: Pinturas de Leonora CArrington

Imagen 3: Foto cedida por el autor. 

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