De cine y animación

MAIDÁN: GLORIA A LOS HÉROES.

AUTOR: Antonio Moreno Quiroga

FECHA DE PUBLICACIÓN: 21-09-2020

 

 

 

 

 

 

 

MAIDÁN: GLORIA A LOS HÉROES.

 

Si no los derrotamos ahora, nadie lo logrará jamás…

 

 

¿Podía usted recordar la escena que recreó Spielberg en La lista de Schindler cuando un militar alemán interpreta en el piano una pieza que puede ser Bach o Mozart durante la noche de los cristales rotos; o cuando Roman Polansky hace que Adrien Brody, en el papel de Władysław Szpilman, interpreta el "Nocturne" en Do Sostenido menor de Chopin? Momentos que le regalan a las filmaciones un dramatismo particular y llenan el ambiente con una extraña mezcla de horror y belleza concertadas. Pues bien, en este caso lo invito a dibujar en su mente a una mujer jóven que interpreta en medio del invierno, sobre lo que parece ser un autobús incinerado, el Estudio Op. 10, n.º 12 en Do menor de Fryderyk Chopin, conocido como Estudio Revolucionario. Nada más apropiado para el momento, pues la revuelta popular ya es un hecho, no hay marcha atrás, es vencer o morir, se recrea como en un círculo vicioso el combate entre David y Goliat. La diferencia es que no estamos en el marco de lo mítico pues aquí los héroes se defienden con escudos de madera contra los proyectiles de francotiradores expertos. Es el 10 de febrero de 2014, van 82 días de lucha.

 

Le invito a que acompañe la lectura con esta pieza...

https://www.youtube.com/watch?v=w2vLEQno9Ks&feature=youtu.be 

Ahora bien, cuando se acaba la proyección de una película y se vuelve a la realidad los espectadores se encuentran para conversar acerca del contenido, de lo que les gustó o lo que hubiera podido salir mejor. Después se regresa a la rutina, al giro irrefrenable del mundo que nos lleva a 220k/s por la galaxia y nos impele a cumplir con horarios y afanes de oficina, del hogar vacío o del inalcanzable complemento espiritual. Pero esta vez no ocurrió así… Resulta que el oxímoron que compone la vida nos permite espacios de contemplación para hacer un pare oportuno o inoportuno como ocurre con el texto que comentaré con usted hoy.  

Y es que se trata de una experiencia que se asimila con el efecto que produce el enredarse con los cordones de los zapatos al caminar o quedar estampado contra una puerta transparente de vidrio. Resulta que nos volvimos espectadores de nuestro propio dolor y la anestesia que el miedo soterrado y la construcción de enemigos imaginarios nos regalan, han provocado que miremos con recelo y con ojos de inquisidores a quienes quieren reclamar por el cumplimiento de los derechos básicos. Somos sensores desde la comodidad del teclado y nos interesa solamente que nadie mire o toque lo nuestro, todo porque creemos ciegamente que “se están metiendo al conjunto del lado”

 

Es como cuando conversamos con algunos conocidos y los escuchamos conversar acerca de su paso por alguna universidad:

Y entonces resulta que corríamos despavoridos por el estruendo de las bombas aturdidoras, restregábamos nuestros ojos y una baba espesa nos salía de la boca producto de los gases lacrimógenos, huíamos entre las calles y buscábamos refugio en los negocios cercanos, nos lavábamos la cara sin comprender que el agua potenciaba la acción del lacrimógeno. Nos reuníamos alrededor de una cerveza y recordábamos entre risas cómo evadíamos el embate del fulano enfundado en su traje negro de Robocop; después entrábamos a clase y la vida continuaba. Círculo que se repetía cada quince días como un ritual preestablecido, como si estuviese agendado e hiciera parte del paisaje urbano. . .

Cuan alejados estábamos de lo que realmente significa asumir una postura y defenderla hasta el final. Eran pequeños juegos de combate en los que soñábamos con la utopía de un cambio que no llega, buscando reivindicar los derechos de semejantes que nunca conoceríamos o con los que nunca conversaríamos. Y entre garrotes y ojos rojos recibíamos la reprimenda de nuestros progenitores y la mirada asustada de la niña que nos gustaba, la niña a la que le gustábamos.  

 

   Esta sensación metálica en el gusto, producto de la inacción que nos adormece es lo que queda después de ver la manera en que durante 93 días todo un país aunó esfuerzos para promover un cambio en beneficio de la mayoría. Todo empezó con un reclamo genuino debido a las promesas incumplidas por un gobernante que le decía una cosa a su pueblo mientras que en privado firmaba acuerdos con el fin de vender la libertad que tanto había costado. Entonces los jóvenes levantaron su voz el 21 de noviembre de 2013 en Maidán, plaza central de Keiv. La brutal represión de los Berkut (policía antidisturbios) movilizó a gentes de diferentes sectores sociales, orígenes étnicos, creencias religiosas, estratos socioeconómicos, géneros y postura ideológicas. Se trató de un movimiento de resistencia civil que buscaba proteger la independencia de Ucrania que se estaban negociando a espaldas de la población.

Éste es el escenario en el que se desarrollan los eventos de Winter on Fire (2015), un documental dirigido por Evgeny Afineevsky y que hace una mirada desde el punto de vista de los manifestantes y la transformación de una petición pacífica en un dantesco escenario de masacre en el que perdieron la vida y desaparecieron hombres y mujeres que participaron en este proceso. La acción sanguinaria de los agentes del estado es registrada y se dejan ver los rostros doloridos y voces entrecortadas de los sobrevivientes; guerreros anónimos que no dudaron en dejar sus comodidades y la protección de sus hogares para sumarse a la única forma que encontraron para hacerse escuchar y encontrar un cambio: la revolución.

No se trata de una propuesta estética que romantiza la lucha ciudadana, se trata más bien de un espejo dolorido en el que nuestro reflejo se difumina con tristeza y vergüenza al darnos cuenta que hay sociedades que si piensan en comunidad y en el bien común. Se trata de un ejercicio catártico que se transforma en bofetada para la “gente divinamente” que cuestiona el reclamo de derechos y oye sin mucho criterio lo que les ofrecen las Vélez o los Dávilas o Morales; prefieren hacer la vista gorda con La Fea más exitosa o intentando danzar al son del “Pirulino”.

Pues en el documental se muestra la manera en que manifestantes y entes del gobierno, Bertuk mezclada con los temibles Titushki (sujetos civiles de dudosa reputación que eran reclutados para realizar acciones que no se le permitía a la policía), se enfrentaban en una batalla desigual signada por el descontrol y la desmesura de las acciones. Con todo, el espíritu férreo de los ucranianos prevalece y conduce a la dimisión de Víktor Yanukóvich quien escapa de manera clandestina cuando el país estaba al borde de una confrontación más sangrienta.

El documental ha impactado en diferentes círculos que incluso estuvo nominado al premio Oscar de la academia al mejor documental largo en 2016 y al Premio Primetime al Mérito Excepcional en Documental en el mismo año.

 La obra fílmica de Afineevsky es la demostración irrefutable del encuentro del dolor y la esperanza en una sola pieza, el regalo que puede darnos la oportunidad de pensar en un mejor futuro, que nos libere de las taras tatuadas por el miedo infundido a través de los mecanismos desarrollados por la engrasada maquinaria de quienes están en el poder a las buenas o a las malas. Vale la pena que busque Winter on Fire, que vea el documental, que sienta el nudo en la garganta al ver las escenas que nada tiene de ficción; que se le atragante el café caliente o el snack que preparó para meterse entre sus cobijas para ver esta pieza fílmica. Es el triunfo de la voluntad popular y de la lucha por lo que nos es más caro. Al final no queda sino preguntarnos si es que ya nuestro invierno espiritual no permitirá que se mueva la tierra.

 

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