De Música

Los Enterrados

AUTOR: Juan Pablo Arango

FECHA DE PUBLICACIÓN: 14-10-2020

Los Enterrados

”Madre, 
No llegaré a la hora de la cena 
Aparecí en un lugar 
Que no era mi hogar 
Me duele estar tan lejos 
Oigo me están llamando

¿Quién los mató?

A Temis, la diosa griega de la justicia, siempre la han dibujado con una venda en los ojos y no necesariamente invocando el ritual para darle el tiro de gracia, arrodillada y de espaldas al verdugo. En un país como Colombia se habla de justicia con la boca llena, se habla de democracia y ecuanimidad con firmeza y sin titubeos. Hablamos de balanzas, de derechos y deberes en consonancia, de libertades incluyentes. No hay tal.

            En un país como Colombia hemos ya patentado un sinnúmero de tonalidades de gritos y lamentos, de paradojas y leguleyadas que alguna vez fueron ficción en los libros de García Márquez o de Carpentier. Caminemos los cañaduzales de Llano Verde en Cali procurando dejar un rastro desde la entrada que nos permita encontrar el camino de regreso. Los gritos y lamentos retumban entre la caña, se viste de rojo el azúcar, el silbido de las peinillas retumba en el campo y los cuerpos, ni siquiera a medio camino, se desvanecen ya sin prisa, como resignados al deja vu. ¿Quién los mató?

           

Alzaron la voz Hendrix Hinestroza, Nidia Góngora, Alexis Play y Junior Jein, cuatro cantautores del pacífico colombiano que quizás querían vestirse de griots[1] para honrar la vida de los cinco jóvenes sentenciados por el destino que los había puesto en ese lugar el 11 de agosto del 2020. Los que no llegarán a tiempo a cenar a casa, los que se quedaron con el abrazo a medio dar y con la madre en punta, el colombiano de a pie que deja el sudor en la tierra y que de repente se lo cambiaron por cal. ¿Quién los mató? es la voz valiente de quienes piden justicia, de quienes han visto regresar el aura oscura de la seguridad democrática, de quienes están viendo que, nuevamente, son los grandes terratenientes los que quieren contar la historia, los despojadores, los usurpadores de la vida tal como la conoce el campesino en El Tambo, en Buesaco, en Aguachica, en Samaniego, en Simití, en Soacha, en Tarazá o en Jamundí. El Estado que abandona es quien ahora cuenta la historia, el que acomoda los muertos en hilera y los baña en cal, el que escribe como vencedor. Walter Benjamín escribió que hay dos formas de concebir la historia: La primera como un compendio de datos que configuran una imagen general con la que se puede identificar un pueblo (¿o debería?).  Y la segunda como posibilidad o imposibilidad de que un acto comprometa al todo, una visión de la historia como punto de encuentro y no como simple continuidad o cronología vacua, donde hay hechos concretos que develan la esencia de toda una época y que requieren ser conocidos, develados y resueltos. ¿Quién los mató? Los mató la gana de sobrevivir en el país del Sagrado Corazón, la gana de resolver el tema aquel de la dignidad per se evidente desde el nacimiento, la misma gana que tuvieron Álvaro José Caicedo, Jair Cortés, Léider Cárdenas, Luis Fernando Montaño y Jósmar Jean Paul Cruz de regresar a casa. Entre el hip hop y el currulao, estos artistas del pacífico siembran un cañaduzal de denuncia que desgarra, sin duda, la tranquilidad de quienes se recuestan en el sillón mientras la vida pasa por el frente con vagones cargados de muertos y un letrero inmenso que dice: “Los enterrados”.

Los enterrados

 

Estoy aquí, como siempre,

Con la sensación de estar

Al otro lado de la puerta.

 

Ahora somos todos

Los muertos de mañana.

El despojo del tiempo.

La furia desatada.

El cuerpo abandonado sin una sola lágrima

Que arroja su burbuja

De hiel como una espada.

 

Somos los enterrados

A la orilla del alma.

El fruto ceniciento

De Dios entre la fuente.

El eco fugitivo

De las míseras alas.

El tallo de la música que apenas empezaba

 

Somos los enterrados

Para que todo valga.

La flecha sin aliento

Desde la frente pálida.

 

Se cubrirán de fuego

Las azules montañas.

Los pájaros sin sangre

Picotearán el alba.

 

Serán bellas las noches

a medida que pasan.

Y sobre las colmenas

Que acumulan las aguas

Caerán blancamente

las inútiles dalias

como si hubieran muerto

las estrellas amadas.

 

Y la segura muerte

Cumplirá su palabra.

Su tormenta de sal.

Su designio de lava.

Vendrán nuevos arcángeles

Con sus nuevas espadas.

 

Y seremos de nuevo

Los muertos de mañana.

La muchedumbre nómade

De pupilas metálicas

El inconcluso río

De las llanuras blancas.

La espiga sin el trigo

Que comieron las águilas.

 

 

 


[1] Narrador de historias del occidente africano que, a través de cantos e improvisaciones, mantiene viva la tradición oral ancestral de las tribus que habitaban el continente africano. Los griots llegaron a las costas norteamericanas a inundar de cantos lastimeros y de sufrimiento los cultivos de algodón, trabajados, de sol a sol, por los esclavos africanos a lo largo del siglo XIX. 

 

Juan Pablo Arango es docente con más de 15 años de experiencia en el sector educativo. Se ha formado como licenciado en filosofía y lengua castellana, tiene un máster en estudios avanzados en literatura española e hispanoamericana y actualmente es candidato a doctor de la Universidad de Barcelona en Estudios lingüísticos, literarios y culturales. Apasionado por la investigación en el campo de las humanidades, estableciendo siempre diálogos entre la filosofía, el cine y la literatura como realidades dinámicas y nunca excluyentes.

 

Email: juanpabloarango@gmail.com

 

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