De Lectura

José María Arguedas y la dimensión política de la ternura

AUTOR: Gabriela Gacharná

FECHA DE PUBLICACIÓN: 23-10-2020

 

 

José María Arguedas y la dimensión política de la ternura

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre los cerros vigilantes de tayta Ak’chi, donde se juntan los riachuelos de Ak’ola, se reúne todas las mañanas un grupo de escoleros, cuerpos de la infancia, a beber la leche de una vaca, la mejor del pueblo, a quien ven como una madre de verdad. La vaca se llama La Gringa, y su cuerpo y su leche encarnan el sustento físico y emocional de los niños quechuas de Ak’ola. Es en este paisaje donde tienen lugar las historias de los indios en Agua, libro de cuentos de José María Arguedas (Perú, 1911) publicado por primera vez en 1935.

 

Los cuentos de Arguedas encarnan una búsqueda literaria y narrativa para darles a los indígenas un estatuto social y político. En ellos imperan los cuerpos infantiles y, con ellos, la ternura, acompañada siempre de una dimensión política. En Agua existe una tensión entre ternura y odio y en esta se construye un sistema lingüístico que representa a los indígenas sin colonizarlos. En un ensayo de la revista Mar del Sur, (Revista, Mar del Sur no. 9. Lima), el autor cuenta la difícil decisión de la lengua a la hora de escribir y afirma que la difícil pero certera solución es “convertir en un instrumento legítimo el idioma que parece ajeno; comunicar a la lengua casi extranjera la materia de nuestro espíritu” (77). Él no elige lo que caracteriza como un falso lenguaje, el “castellano correcto y literario”, elige una intervención de la lengua mayor (el castellano) con el quechua, que sirve como resistencia pues permite “ver el profundo corazón humano” y transmitir la historia de su paso sobre la tierra. La lengua menor, el quechua, es utilizada como un espacio político en el que se inscribe el cuerpo del oprimido. El quiebre está en la construcción, usando el castellano como herramienta más que como base. Así, el uso de este castellano intervenido es una resistencia legítima:

 

 

Uno solo podía ser su fin: el castellano como medio de expresión legítimo del mundo peruano de los Andes; noble torbellino en que espíritus diferentes, como forjados en estrellas antípodas, luchan, se atraen, se rechazan y se mezclan, entre las más altas montañas, los ríos más hondos, entre nieves y lagos silenciosos, la helada y el fuego

(Mar del Plata. No. 9. pp 78).

 

 

En su discurso No soy un aculturado Arguedas cuenta: “cuando era niño me lanzaron en esa morada donde la ternura es más intensa que el odio y donde, por eso mismo, el odio no es perturbador sino fuego que impulsa”. La ternura y el odio son así inspiradores de su escritura y, por lo tanto, de la resistencia quechua. En el ensayo de Mar del Sur se vislumbra que ese odio tiene como origen el amor e incluso lo entrañable: “¡Ese era el mundo! La pequeña aldea ardiendo bajo el fuego del amor y del odio, del gran sol y del silencio; entre el canto de los pájaros nativos guarecidos en los arbustos; bajo el cielo altísimo y avaro, hermoso pero cruel” (78).

 

En Los escoleros, cuento del libro Agua, la ternura se une a la crudeza de las injusticias, construyendo una relación ambigua pero efectiva contra la opresión que vive la comunidad, como vemos desde la voz narrativa de un escolero (un niño en edad de ir a la escuela) y en la descripción de la reacción de los indios al sentir en carne propia las injusticias de los principales: “La rabia y el cariño se encontraron en nuestro corazón y calentaron nuestra sangre” (111). En este cuento, la narración de la vida de los indios en Ak’ola nos permite conocer la opresión del patrón, poseedor de la tierra, y la explotación de los indios, que se nos muestra desde algunos quiebres en la vida cotidiana de este niño huérfano, que se resiste a la pérdida de una vaca, La Gringa, en manos del patrón. Por miedo a esta pérdida, Juancha el escolero se enfurece y narra: “como alocado le hablé a la piedra, a la Uma; le amenacé furioso. Pero me cansé al poco rato, y seguí mi camino andando despacio, desganado. Una tibia ternura creció de repente en mi corazón, y en seguida sentí deseos de llorar” (89). La ternura acompaña el sentimiento de rabia y desolación del niño desesperanzado.

 

 

 

Juancha el escolero actúa, en tanto narrador y personaje, como termómetro del sufrimiento de la gente de su pueblo y de su grupo de escoleros. La opresión y las injusticias que se inscriben en estos cuerpos son resistidas a través de él, pues representa un sujeto colectivo sufriente, a través del cual se nos permite escuchar una multiplicidad de voces de niños o de comuneros que se resisten a ser colonizados o explotados.

 

En Los Escoleros los sentimientos como el odio, el amor, la rabia, la ternura, las penas y la alegría son representados en los ojos de los indios. Es siempre a través de estos que el lector percibe los sentimientos que los dominan. También desde los ojos se dilucida la relación de los indios con los animales: “los indios tienen corazón para este animalito [la vicuñita], le quieren; en sus ojos turbios prende una ternura muy dulce cuando se la quedan mirando, allá sobre los cerros” (100).  En contraposición, los ojos del Principal don Ciprián son verdes y solo se iluminan por dinero y por rabia.

 

Así, la ternura y lo entrañable son un acto político en la vida cotidiana de los comuneros. Mediante ella un personaje como Juancha construye la identidad del pueblo indígena en negociación con el cuerpo del poder, encarnado en don Ciprián. El amor y la ternura que siente por la Gringa, sobre todo desde su condición de orfandad, permite entender el odio que le genera perderla: “su olor a leche fresca nos enternecía más […] era muy mansa, y en su boca de labios abultados, en sus ojos legañosos y azules, en sus orejas pequeñas, encontrábamos una expresión de bondad que nos desleía el corazón” (87).

 

Desentrañando la manera en que Arguedas crea subjetividades e identidades en negociación con otras, con el poder y con la injusticia, vemos que es sumamente importante la conformación de una comunidad quechua de comuneros basada en la solidaridad. Lo común es la opresión, la falta de agua, la apropiación violenta de la tierra y la explotación de los cuerpos indígenas. Se ve el sujeto en su heterogeneidad y no como uno homogéneo, a pesar de vivir en comunidad y de actuar desde la solidaridad dentro de ella. La infantilización del indio lo propone en su vulnerabilidad y su capacidad de sentir ternura y amor, que luego será revertida en la capacidad de sentir rabia, pues siempre tras escenas de ternura hay expresiones como “me enrabié hasta el alma” o “la rabia hacía saltar mi corazón” y “pero cada animal muerto en su corral agrandaba el odio de los ak’olas” (98).

 

Es entonces desde estos quiebres que Arguedas crea identidades y comunidades que permiten entender a los personajes en su singularidad y en la conformación de una comunidad alternativa que disloca el orden de los cuerpos y lo reconfigura en esa alianza hombre-animal, como lo sería la relación de los escoleros con la Gringa, quienes reconocen en ella una figura maternal: “lo que es yo, la quería como a una madre de verdad” (87). Este afecto cuestiona la institución de la familia, pues el vínculo implica la construcción de formas de sentir lo familiar que no son las dominantes, sobre todo porque Juancho es la representación de la orfandad, el desamparo y el abandono, pero subvierte todo esto mediante el amor y la ternura que siente hacia la vaca y el deseo de esa maternidad ausente:

 

Me eché al cuello blanco de la Gringa y lloré, como nunca en mi vida. Su cuerpo caliente, su olor a leche fresca, se acababan poco a poco, junto con mi alegría. Me abracé a su cuello, puse mi cabeza sobre su orejita blanda, y esperé morirme a su lado, creyendo que el frío que le entraba al cuerpo iba a llegar hasta mis venas, hasta la luz de mis ojos (112-113).

 

La dimensión política de la ternura en los cuentos de Arguedas permite pensar la misma creación literaria como termómetro de los cuerpos sufrientes. Desde la decisión de lengua, los recursos lingüísticos utilizados, hasta el carácter político del animal, la conformación de comunidad e incluso la figura del paisaje, donde vemos que Arguedas no solo denuncia la pertenencia de la tierra, sino la explotación de los recursos naturales a partir del cuerpo del indio y el niño quechua. Arguedas no solo enuncia esas identidades, las crea a partir del afecto y la ternura. Y como escribió en No soy un aculturado: “Los muros aislantes y opresores no apagan la luz de la razón humana y mucho menos si ella ha tenido siglos de ejercicio; ni apagan, por tanto, las fuentes del amor de donde brota el arte”.

 

Referencias:

ARGUEDAS, J. M. (1983). José María Arguedas: obras completas. Tomo I: Agua. Lima, Perú: Horizonte. Los escoleros.

ARGUEDAS, J. M. (1958). No soy un aculturado.

Imagen: Repositorio Institucional de la PUCP. http://repositorio.pucp.edu.pe/index/handle/123456789/110287

 

 

 

 

 

 

 

DE LA AUTORA:

Gabriela Gacharná Echeverri.  Nací y crecí en Bogotá, Colombia. Estudié Literatura en la Pontificia Universidad Javeriana. Soy docente de Español y me interesa la investigación literaria centrada en Latinoamérica. También me interesan la teoría y narrativa feminista y todos los espacios culturales en donde se estudian corporalidades, oralidades y textualidades que permiten preguntas históricas, narrativas, políticas y sociales. Me apasiona jugar fútbol y tejer mochilas wayuu.

 

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