De Artes Visuales

Recorrer la oscuridad de la historia, percibir en la luz de la ruina

AUTOR: Carolina Silva Lurduy

FECHA DE PUBLICACIÓN: 27-10-2020

 

Si pudiera decir que hay un hilo conductor en la exposición: Otra victoria así y estamos perdidos de la artista Ana María Montenegro, diría que es la oscuridad. Una proposición es clara desde el inicio del recorrido: no habrá imágenes, caminar la oscuridad de la historia, percibir la luz de la ruina.

Durante alrededor de una hora y media y con intervalos establecidos previamente, me vi enfrentada a las sombras de la edificación, a las de la narración y el recorrido por cada una de las estaciones que nos esperaban. Un vacío y un silencio. El lugar que, además, evoca las ruinas de un teatro y un cinema, las estructuras perdidas de la historia, el archivo que va quedando, físico, por el que permanente caminamos sin saber, sin intuir que es nuestro destino mismo. El relato y la escenificación es la obra.

 

Iniciamos en el palco antiguo del teatro, frente a una pantalla que se ilumina y que empieza a relatar la película sobre el asesinato del general Rafael Uribe Uribe. La película, considerada el primer documental realizado en Colombia, describe -o así nos lo hacen creer- (repito: la película no existe, fue destruida por el público en su primera función) los hechos uno a uno, representados por los protagonistas reales : Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal, asesinos del general Uribe Uribe. Los espectadores de ese entonces, indignados con la puesta en escena de los perpetradores, junto con su cinismo, arremetieron furiosos contra la pantalla. Aquellos fueron los únicos investigados-condenados por el magnicidio, los autores intelectuales totalmente desconocidos.  El teatro se levanta, protesta, la turba afuera no entiende qué pasa y el interior se lanza, como en un juego de ficción que traspasa pantallas, a la destrucción del documento, del único que mostraba una verdad arreglada, una realidad contenida en la puesta en escena, una película que jamás se hubiera creído cierta. Se apaga la pantalla y seguimos en tinieblas, avanzamos con una leve luz hacia la siguiente sala.




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Cuando uno aprende a leer, no aprende a decodificar signos o tipos, combinaciones de letras y su relación con otras (o por lo menos, no es el único proceso). Lo que en realidad uno está aprendiendo a leer, son imágenes y allí lo vivenciamos: vamos viendo la secuencia de esas palabras y por ende de esa película, eso que se fue presentando a los ojos a través de las letras en las pantallas. Ese día, la secuencia, era una a una, las oraciones que enmarcaban la película y lo que pasó en aquel cine. La recomposición de los hechos presentada a través de la recomposición de las palabras y de la película que a la vez era la recomposición de la verdad de los asesinos, la recomposición de su relato, de su versión arreglada.

 

Alguien nos cuenta una historia, nos imaginamos todo el espacio de la palabra, los hechos, los colores, los gestos de los personajes, su vestido, incluso el tiempo; en esta, película-palabra, nos imaginábamos todo al tiempo, la película, pero también los momentos,  espectadores y su reacción: asesinos -gritan- y continúan energúmenos, hasta acabar con el relato, acabar con la pantalla, la cinta, destruida. 

 

 

 

 

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En una de las paredes de la exposición, varias en realidad, reposan los Derechos de Petición presentados a la Fiscalía General de la Nación, solicitados por ya más de una centena  de ciudadanos que reclaman respuestas sobre la investigación adelantada para determinar qué grupos criminales, qué personas y bajo qué circunstancias se han llevado a cabo los asesinatos de alrededor de 442 líderes sociales entre el 24 de noviembre de 2016 y el 27 de marzo de 2020, lista verificada por la ONG Somos defensores. El derecho de petición se firma a través del proyecto paralelo a la exposición: ¿Quiénes son? inspirado en el libro del mismo nombre, publicado por Marco Tulio Anzola de Samper, quien dudó de la versión conveniente de los asesinos del general Uribe Uribe, y se dio a la tarea de conectar lazos existentes entre la clase política dirigente de la época, el partido liberal -del cual este era disidente-, interesado en que el proyecto político del general no se cumpliera. Un secreto a voces que ni la justicia, ni las instituciones ni los ciudadanos pudieron develar.

Uno tras otro, cada derecho de petición, solicita por parte de un ciudadano el reporte de la investigación sobre el asesinato de líderes en Colombia. El formato se repite, los nombres cambian: excombatientes y líderes sociales en los territorios: de consejos y asambleas comunitarias, reclamantes de tierra, conciliadores, gestores sociales y culturales….

 

Llegar allí luego de un recorrido de oscuridad que no es sino un silencio, un espacio profundo entre acto y acto, llevado a pensar qué ha pasado con las promesas incumplidas, sobre nuestro silencio pasivo que es nuestra postura de espectador, sobre lo que nos hemos creído y lo que hemos querido creer, lo que damos por hecho y lo que ignoramos.

En la oscuridad se devela la ausencia del espectador, su enfrascamiento en su propia mente, su confrontación con el relato que se le va presentando, con la información que va digiriendo poco a poco, y que se va asentando como una pesada comilona, entre la panza y el intestino, que no puede salir, se pega, penetra en la sangre, en los tejidos, a veces, en la propia piel. Suda, deviene sus propios actos. Camina sobre la pregunta de si le incumbe o no esa muerte y las otras muchas -ya demasiadas- de líderes que han trabajado por un “socialismo de Estado”, en términos del propio Uribe Uribe; y que no es más que la equidad en el territorio, la colaboración entre comunidades, entre las voces que pertenecieran a bandos de un conflicto, pero que ahora quieren entenderse. 

 

Lo más leve, lo más íntimo, lo más sorprendente, lo recóndito, lo obvio pero jamás develado está detrás de la sombra, la sombra que puede ser nuestro mismo pensamiento; ahí mismo en el recorrido, entre una sala y otra nos vamos descubriendo espectadoras de una realidad circular y repetitiva, que es la misma sala, y es la misma historia, y la misma marcha, una y otra vez, hasta medio salir y la protesta, y otra vez entrar, y a la que nos acostumbramos con tanta muerte que suena a cifra, tanta líder silenciada, tanto asesino intelectual suelto, haciendo parte de nosotros, sin contar la verdad para poder sanar y asumir. Y así, vivir como si nada hubiera pasado.

 

Entre cada sala, cada sombra y cada silencio están los pasos que hemos dado y los que hemos retrocedido. Nos situamos ante la escenificación de una realidad que probablemente se seguirá repitiendo y que extrañamente seguimos tolerando. La misma oscuridad que probablemente ilumina la reflexión es la que por años ha circundado los casos de los líderes de los territorios en Colombia, figuras públicas reconocidas en algunas épocas, como el caso del general Uribe Uribe o de aquellos personajes que son los que gestan la política en los poblados, las veredas, los municipios, que integran las regiones y el país que a grandes voces en la capital llamamos Nación.

¿Quiénes gestionan los derechos a vivir bien, tranquilamente, con derechos propios, con sueños reales, los de la noche en silencio y sin miedo de quienes vuelven a sus tierras, con sus familias y sus mitos fundacionales, quienes creen que las armas ya no son el camino para defender lo indefendible?

¿Quiénes defienden a quienes buscan otros proyectos, los perdurables en el campo, los que mantienen las mismas comunidades, unos donde pueden trabajar todas, donde la ruta sea la cooperación y la repartición de ese trabajo y de esa tierra, donde la ruta sea el acuerdo, la voz y la posibilidad de tener los mismos derechos de los otros?

 

Camino y pregunto en mi silencio, medio sombra medio camino, niebla profunda.

¿Qué puedo hacer en mi oscuridad? ¿Qué me estremece, qué hago día a día para recobrar un poquito de luz en esta ruina?

 

Link para enviar un derecho de petición: https://quienesson.espacioodeon.com/

 

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Estamos sentados junto a la entrada de Espacio Odeón tomándonos una cerveza con J. Le cuento o le vuelvo a contar los indicios que tengo de la obra, la intuición de lo que vamos a presenciar, una presunción que no es clara, que apenas se vislumbra. Le cuento brevemente lo que he leído y he visto. En medio del recuento, me recuerda que hace un año trabajó con grupos de excombatientes, medio ilusionado, medio feliz llegaba a narrar el entusiasmo que implica recobrar las vidas, recomenzar caminos, creer y creer, otra vez creer. 

Trabajaba con ellos fortaleciendo su entrada a la esfera pública y a la política con procesos de representación y participación. Es decir, la participación a través de la palabra, la apuesta por la conciliación y la opción de distinguir las tensiones, los espacios de discusión, de conflicto e intereses que tenemos en el espacio público. Me acuerdo que en esa época se le iluminaba el rostro cuando hablaba de lo que realmente estaba haciendo la gente en los poblados, de su ánimo por cambiar las dinámicas de la vida en los territorios, del esfuerzo por simplemente salir adelante, pensar en otros términos, construir sus vidas.

 

El 16 de octubre de 2020, un día y 106 años después del asesinato de Uribe Uribe y días antes de que escriba esto, asesinaron a Juan José Monroy, un excombatiente de las FARC, miembro del Consejo Territorial de Paz en el Meta; uno de los hombres que estuvo sentado con mi compañero de recorrido en esta exposición que narro. Estuvo entre otras cosas, contándole sus aspiraciones, sus proyectos productivos y sus temores frente a la matanza de sus compañeros. Tal vez sería una cifra más, como muchos lo son para nosotras, si no supiéramos del talante de este hombre, que no se sentaba a esperar la ayuda del gobierno o sus recursos sino que tramitaba el presupuesto para la conciliación,  el diálogo y las comunidades desde el Consejo de Paz del departamento. Desde el 2018 alquiló un predio en el municipio de Uribe-Meta para que con 44 excombatientes iniciaran los proyectos de autoabastecimiento y producción. Quien paralelamente sembró 500 plántulas de cacao que cosecharon hacia un proyecto de trabajo y visión de esa comunidad, para convertirse el fin de semana que lo mataron en marca oficial de distribución.

Juan José Monroy había grabado también un documental sobre el proceso llevado a cabo por sus compañeros y él mismo. El cacao que había sido plántula se había convertido en un árbol y en la forma de gestionar el territorio desde la cooperación y el deseo de vivir tranquilos, allí mismo, en esa tierra que sembraron.

 

Juan José Monroy había denunciado hace algunos meses ante la JEP la incidencia de grupos neoparamilitares(¿?), y el choque de fuerzas entre grupos disidentes que se disputan la zona, grupos que no tienen nombre, que se sabe por dónde pasan, quienes son y de quienes al mismo tiempo, no se sabe nada.

 

 

¿Quiénes son?

 

 

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Avanzamos por el espacio. En el recorrido por entre las salas, tomamos distancia y nos alejamos precavidos. Cuando se iluminan las actrices, en la puesta en escena, estamos atentas. Desde la oscuridad en forma de narración y de personaje presente, escuchamos el relato de cómo Marco Tulio Anzola Samper abogado amigo de la familia Uribe Uribe empezó a dudar fervientemente de los testimonios presentados y perfectamente ajustados por los asesinos. Su teoría del secreto a voces: la autoría intelectual del asesinato va más allá de un odio provocado por un trabajo prometido a uno de ellos, tal como lo expusieron los sicarios. Una derecha recalcitrante y un partido liberal dividido serían los cerebros detrás del gran problema: la apuesta del general de construir un país sin guerra y sin armas, sin conflictos y equitativo, un "socialismo de Estado". Esa piedra que siempre les duele a quienes no conciben un país con líderes que defiendan los derechos fundamentales de algunos, quienes piensen en una sociedad en conjunto, con acceso a oportunidades básicas, la tranquilidad de su parcela y la seguridad de sus derechos.

 

 

 

 

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De pie, frente a tarimas, gradas, o balcones he presenciado más de un discurso entusiasta de políticos de turno. La mayoría (porque no podría escuchar otros) habla de la importancia de una ciudadanía activa que viva en paz sin la disputa permanente de la tierra, con la capacidad de resolver lo que creemos nos es distante. Recuerdo pocos, entre ellos uno de los más emocionante de mi vida, sobre la firma de los acuerdos de paz. Todos vestidos de blanco en esa plaza celebramos esas dos firmas. Los discursos también crean imágenes, podíamos imaginar en ese momento un tiempo nada fácil pero esperanzador, de sanación, perdón, transformación a través de la palabra.

 

Allí de pie, en la oscuridad, esta vez vestidos de negro, escuchamos un discurso vetusto, el orado por Uribe Uribe luego de la terminación de la Guerra de los Mil Días. Otro discurso esperanzador, palabras más , palabras menos, la promesa de un país que no tendría que empuñar las armas porque ya habría aprendido la lección de la guerra, de las disputas, de la eliminación de otros, un país para todos, un discurso convencido del ofrecimiento por parte del Estado del derecho a los ciudadanos a vivir en paz. Un discurso vehemente recitado por ella, la artista, la oscuridad, la narración, el encuentro con las imágenes, la palabra, la ruina. Una voz atrás responde, vehemente también: eso nunca ocurrió, las voces se desmantelan, el pensamiento nuevamente se abruma, se esponja la piel y el círculo inevitable y desgarrador de esta historia, una y otra vez. Seguimos caminando, en la sombra, en la meditación, hacia otra sala, o quizás, hacia la salida en la noche.

 

 

 

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