De Lectura

El rostro histórico de la injusticia.

AUTOR: Carlos Andrés Manrique

FECHA DE PUBLICACIÓN: 30-10-2020

El rostro  histórico de la injusticia.

 

En estos días de malintencionados eufemismos, de llamar una cosa con otro nombre , de señalar una forma de pensar con un odioso terminacho traído de una retórica que hipnotiza imbéciles y de tratar de ocultar verdades para tratar de hacerlas inaccesibles, me vienen a la cabeza ciertas imágenes que, como pedazos de un espejo roto, reflejan retazos del pasado al que lamentablemente muy pocos acuden para entender los verdaderos cimientos de los hechos actuales.  Siempre he pensado que la historia de Colombia no se debe estudiar en la primaria, sino a un par de años de terminar la etapa bachilleril. Es más, en mis obcecadas reflexiones me convenzo más de que cualquier ciudadano que opte por un título profesional debería presentar una prueba en conocimientos de la historia de nuestro país para así, de alguna forma, garantizar que se es consciente de la posición que adopta a sabiendas de que este mierdero no es el resultado de un solo mal gobierno, ni de un par de los anteriores sino que obedece a una hegemonía tradicional que ha azotado este terruño de 1,143 millones de km² o,  como algunos ahora le llaman, este platanal, en donde, aunque lo quieran negar, jamás han desaparecido el sino positivista ni el  imperativo y despiadado darwinismo social.

En uno de esos vericuetos a los que ya nadie se arrima, y por pura coincidencia, me acordé de una criatura con doble connotación (mitológica y política) que viene al caso. En alguna época, no muy lejana, sonaba con eco la historia del basilisco[1], esa bestiecilla mitológica del tamaño de un bípedo de corto vuelo y cola de reptil, con dientes filosos como cuchillos, capaz de ahogar a sus víctimas con su hálito e, incluso,  matar con la mirada. Por allá, a finales de los  cuarentas, el basilisco se convertía en el estandarte del terror que mesmerizaba turbas de ultraconservadores falangistas, fascinados con la doctrina  fascista y un catolicismo político exacerbado, porque el enemigo era aquel que proclamaba la libertad del individuo, la igualdad ante la ley, la libertad de expresión, la limitación del poder del estado y, por supuesto, la finalización de la intromisión de la iglesia en asuntos gubernamentales dentro de las garantías de un  estado laico.  Guardadas ciertas proporciones, pareciera que esta retrograda idea jamás se hubiera evaporado y que esa niebla pútrida aun siguiera ingresando en las cabezas de ese montón de borregos que aunque ahora no repiten el nombre del mitológico ser,  repiten incansables que a manos de los librepensadores estamos condenados a sufrir la miseria, la opresión, la ignominia del abuso de poder y otras tantas cosas que con el mayor de los pesares ya estamos viviendo[2].

En este enmarañado tejido encuentro hilos que son inevitablemente atractivos. Viene a mi memoria la historia de Tránsito y su trágico destino, tal como lo narra ese contador omnisciente en la historia detrás de El día del odio (novela de José Antonio Osorio Lizarazo) . En un tiempo crítico y de desapego  se entreteje la narración del infortunio de un ser despojado de su dignidad y condición humana, la esquiva historia no se encarga de encarar la denuncia  que incita a la reflexión de circunstancias cruciales, la conciencia del momento histórico  de un autor, recoge el lamento  y lo entrelaza con una existencia que es el reflejo del drama muchos.  El ser descrito como heroína de una tragedia aparece en la obra como ese ser humano que vive en el limbo de un estar presente pero no estar en ningún lado, que vive en un mundo que le es íntegramente ajeno. Nuestra protagonista lo habita, lo camina y lo sufre, pero su lugar en él se encuentra refundido en la arbitrariedad del régimen reinante que posee el opresor dinamismo de la pútrida sociedad dirigente de turno. De este modo la voz de  Tránsito, se eleva como un grito urgido de justicia, como una búsqueda incansable y atropellada por un asidero en el cual todo concuerde con el ideal de equidad y dignidad que le es inherente a cada ser humano.

Tránsito se divisa como el ser que jamás ha poseído nada, una obligatoria conformidad a la que son sometidos aquellos que nacen pobres y solo les queda vivir en medio del sufrimiento. Su única posesión es  el asidero de sus recuerdos, esa región de la que alguna vez se alejó y que el destino se encargaría de no dejarle ver nunca más. Su frágil y débil humanidad, se encaminó en el sendero de vuelta  a su madre y al campo donde en el  pasado se albergaría su niñez. Su ignorancia sobre el mundo le fue cobrada centavo a centavo, un tropiezo tras otro no fueron suficientes para sucumbir a la resignación de sentirse derrotada por la crueldad de la sociedad, su recuerdo era el único lugar que le empujaba a soportar el infortunio que la aquejaba con la ingenua ilusión de recobrar tranquilidad de la que alguna vez fue enajenada.        

La ausencia de una época feliz origina la necesidad de relatar los hechos que construyen un engranaje histórico que subyace en la extensa fotografía de la memoria y se erige como una necesidad de hilvanar un manto que sepulte la amnesia intencional, la que alimenta ese  pensamiento que ignora las verdades que se plantaron en un marasmo de hechos que se quedan cortos  para  enumerar el sufrimiento.  Es esa filosofía, esa forma de vida que escarba  la diferencia entre el individuo y el mundo, la que se posesiona en la voz del narrador y lo hace retratar la incompatibilidad de las partes, nace la voz que  no busca justificar  a nadie con la acción, sino que se remonta a los hechos para así abrir esas heridas no cicatrizadas en su esencia, el fantasma de Tránsito  emerge y busca que sus vivencias sean contadas desde donde los tormentos y los peligros  aparecen,  ignorando aquello que se pudiera perder porque, al fin de cuentas, todo está perdido.

Me atrevería a afirmar que una gran parte de los habitantes de este país  son (o somos), de alguna forma, el   reflejo de Tránsito, que con llagas en sus almas caminan hacia un futuro y buscan un pasado que les dé respuesta a las justificaciones de sus infortunios, una agónica esperanza en el futuro se  alberga en lo más profundo de sus almas para señalarles lo incierto de su caminar, que al llegar al mañana se encontrarán finalmente en ningún lugar y de ese modo, confirmarán que lo que recuerden, su pasado, será lo único a lo que podrán apelar como verdadero porque la historia se encargará de mimetizarlos dentro de todas las desgracias, homogeneizándolos y haciendo su existencia más lánguida y débil.

 Como el más quijotesco de los devenires, los hechos que atormentaron a Tránsito se narran como una consecución de desventuras que se acumularon como marcas dentro de su ingenua alma. Su ingenuidad fue ese crimen que esta maldita ciudad (Bogotá)  jamás le perdonó haber cometido.  El destino le atestó un golpe tras otro en su ya dolorida existencia, y ella como el más iluso de los seres se levantó con el dolor físico y espiritual para seguir recibiendo otro poco más de eso que la sociedad le proporciona a los desvalidos, a la chusma, que incluso entre ella misma, se encarga de sepultar a los vivos  cuando claman por un poco de justicia, un poco de ese sueño del que fueron despojados mucho antes de haber nacido, una herencia  que se pronunció en sus frentes como la más iracunda de las maldiciones. 

En estas líneas finales del texto encuentro prudente mi invitación. En El día del odio encontrarán una historia en la que se cuenta la desgracia de una mujer del campo, que para los linajes capitalinos es motivo suficiente de juicio y  discriminación. Esta historia se desarrolla en la Bogotá del 48, en pleno auge de la violencia, de la intransigencia partidista y las mentiras políticas que tanta sangre hicieron y han hecho derramar en este país. No estaría demás tampoco, echarle una ojeada a la Historia mínima de Colombia[3] y a la Historia de Colombia y sus oligarquías[4] para  conjurar un poco aquello que ignoramos y tratar de entender, en cierta medida, desde dónde nos azotan esos lapos de desigualdad e injusticia.  

 

 

 

  

   



[1] Palabra usada por Laureano Gómez para referirse al partido liberal.

[2] No les suena a un ismo político con el apellido de un expresidente que en su doctrina se encarga de sembrar terror, señalar, estigmatizar e inventar palabrejas para hablar de supuestos peligros que son practicados por su propio partido, el de gobierno?  

[3] Libro de Jorge Orlando Melo

[4] Libro de Antonio Caballero

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