De Lectura

Fredy Chikangana, imagen y negociación

AUTOR: Roberto Segrov

FECHA DE PUBLICACIÓN: 06-11-2020

Encabezado

Fredy Chikangana, imagen y negociación

 

El otro día estuve pensando en Eric Peterson y en que el solo de guitarra que hace en Return to Serenity es como una estrella solitaria en su producción musical, y pensé que Peterson es como un poeta perdido en América Latina (o semejante a lo que es un poeta en Latinoamérica); perdido irremediablemente en los bastos caminos de un continente que no puede abarcarse porque pertenece a otro tiempo y a otro planeta, como el subcontinente australiano. Y pensé en que el canto del cisne de Peterson era uno que se estrangulaba en la desmesura de América en mis oídos cuando escucho Testament, porque Eric Peterson no es Joe Satriani o Steve Vai, no es Yngwie Malmsteen o Andy Timmons o Dave Mustaine, para el caso, tampoco Paco de Lucía ni Gentil Montaña o Jimmy Page, o Luis de Narváez, o Eric Clapton o Kiko Loureiro, o esa bestia extraña que es Guthrie Govan; no es ninguno de ellos porque todos cuentan con un arsenal imponderable de experimentos y pulsos que le hacen a la música y al tiempo, y se toman el mundo a su manera y viajan por los descampados de mi continente sin permiso, pero aterrados. Y a todos los imagino en un torneo en medio de las llanuras agrestes de América, dándose trompadas y desafiándose para largarle una sonata al espacio abierto de una historia que no concluye porque no ha terminado de empezar.

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Y por un efecto de asociación insondable pensé también en Fredy Chikangana (Wiñay Mallki en bello quechua) y en su poesía (porque los guitarristas que escucho son como poetas porque no pueden ser otra cosa), en ese artefacto de candela pura que es su poesía, y me dije que su voz, en cambio, no se perdía estrangulada en las polvaredas históricas de este continente, sino que se parecía, mejor, a la música imposible de Agalloch, esa banda de atmospheric doom metal de Portland que le canta a los árboles, a los lagos y a las piedras que acompañaron a sus ancestros y, entonces, avanzando así hacia una suerte de universalización del lenguaje por medio de imágenes, de intuiciones que habitan el ritmo (porque no he leído sus letras para poder descansar en el idioma primigenio de la música como oralidad y como latido, y como continua refundación, como mito, porque la realidad se recuenta y se refunda imperturbable, de eso se trata todo esto).

Sí, Eric Peterson es como un poeta perdido, un poeta con un único poema, pero vaya poema. Chikangana, por su parte, él sí, ha sabido caminar por Latinoamérica y universalizarse, porque, si bien su poesía puede verse en un principio como una reacción apenas natural a las coordenadas que ha dejado el colonialismo (el blanqueamiento, la aculturación, el trauma de la violencia y el abandono de lo propio, el vaciamiento de la identidad) hay que ver que su instancia ha sido no sólo la de la recuperación de la lengua y de la identidad, y la tradición a través de imágenes poéticas, sino que ha buscado entender su postura existencial en un mundo fragmentado, un mundo que se integra de caminos que se intersectan y se superponen, caminos que atraviesan la superficie del mundo como cicatrices que no se cierran porque no se pueden cerrar, no porque en verdad no puedan, sino porque deben permanecer abiertas para mirar a través de ellas, porque esas cicatrices-caminos son el verdadero legado de la historia, son los elementos sobre los cuales erigimos nuestras voces. Chikangana busca descifrar los códigos que rigen nuestro mundo porque son los que, a la larga, generan y definen su mundo.

Aquí varios ejemplos de su poesía: 

Hablo de lo propio 

con lo que no es mío; 

hablo con verbo ajeno. 

Sobre mi gente 

hablo y no soy yo 

escribo y yo no soy. (tomado de: “En verbo ajeno”)

 

Me quedé nuevamente solo 

Con el cuenco de mi mano vacío; 

Cerré entonces la mano, la hice puño y decidí pelear 

Por aquello que otros nos arrebataron. (tomado de: “Puñado de tierra”)

 

nosotros hijos Yanakonas 

en tiempo de flores 

de frutos anticipados 

hablando de ausencias 

haciendo narrar estos días, 

estos años, eternamente. 

Nosotros hijos Yanakonas 

al entrar la noche, seguimos cantando. (tomado de: “Al caer la tarde”)

 

Sembrando canto 

y no sé cantar si no es sembrando 

las huellas se van borrando entre la hierba 

por eso yo pregunto: 

¿de dónde brotan las palabras? (tomado de: “Sembrar”)

 

De maíz son mis versos 

y de agua mi esencia. 

Canto hoy como antes cantaron 

como fuerte semilla que esquiva la muerte. 

Así como gota que alimenta la fuente. (tomado de: “Versos de la tierra”)  

 

Libro con blancoPienso en Chikangana como en un león peleador sin ley, como en un guerrero del camino, como en un jedi de los Andes; un Walt Whitman que sigue el camino de la serpiente, un Rainer Maria Rilke que se sienta en Bogotá a escribir acerca del Cauca y del Huila; pienso en Chikangana como en Robert Plant y Robi Draco Rosa, y Sixto Rodríguez, sólo que Plant y Rodríguez, Draco Rosa y Rilke, y Whitman no son Chikangana, aunque hubieran querido serlo, y es que Chikangana no es tampoco nuestros jóvenes latinoamericanos que se avergüenzan de que se les llame afro descendientes, que se avergüenzan de que les pregunten si son indios o indígenas o aborígenes o si pertenecen a comunidades originarias o naciones indígenas o cualquier otro insulto por el estilo, pero tampoco saben qué otra cosa son, y se olvidan de ser mutantes, de ser seres híbridos. No quieren aceptar su condición de autómatas del tiempo y de los estados, y de la economía. Quieren olvidarse de la colonia, quieren ser modernos y ni siquiera esa cosa rara que es lo postcolonial cabe en su vocabulario, y los entiendo. Y sé que Chikangana los entiende y por eso escribe: 

 

Como tú, atrapo luciérnagas 

para animar el enigma 

finjo como tú el olvido y como tú, 

desde el silencio canto. (tomado de: “Canto desde el silencio”)

y: 

estoy aquí a la vista 

buscando en el pajonal 

y en los cantos del pájaro gorrión, 

desnudando dulces palabras en la noche 

despertando al desmemoriado 

floreciendo, 

floreciendo, floreciendo… (tomado de: “Vivir”)

Todas imágenes para buscar un lugar de enunciación desde el cual negociarle a la desbocada razón de los días, de los conceptos, de las naciones el derecho a existir.

Ahora bien, sé que Chikangana no se ha quedado ahí. Por eso celebro su naturaleza de no-retroceder-jamás-rendirse, su aliento de meteoro que cae, su mano que finalmente se extiende para señalar la basura en que hemos crecido por cuenta de la burocracia latinoamericana, ahora globalizada tras los fructíferos esfuerzos de los chicago boys de Chile a la Patagonia, de Bolivia a Polonia; pero Chikangana no alarga la mano para señalar únicamente, tampoco la empuña, mucho menos se da el sabroso lujo de mentarnos la madre; Chikangana hace como Homi Bhabha avanza en El lugar de la cultura, porque, ojo, no hay una única cultura ni una corrección en la cultura, hay una reactualización de la misma de acuerdo a las circunstancias, y muy a menudo, Wiñay Mallki hace como Bruce Lee: “¿Circunstancias? ¡Yo hago mis propias circunstancias!”. Es por esto que no hay una victimización de su parte; ha buscado entenderse en el interregno que es la tierra de nadie, que es el campo de concentración de la modernidad; ese estado de excepción al que se ve impelido por la sociedad contemporánea; como los héroes de Christopher Teuton en Supression and Return Cycle: Symbolic Geography of Indigenous Literatures. Chikangana entiende su naturaleza suprema, su valiente oscilación entre los mundos, su labor de mensajero de saberes, llevando conocimiento de aquí para allá, de la comunidad a la ciudad, de la ciudad a la comunidad. No se cierra, no se blinda, no busca que la comunidad se hermetice. Antes, la insta a abrirse a la negociación, al conflicto que supone la negociación con los actores de los gobiernos que buscan la imposición de las mismas estrategias, de las mismas miradas, de las mismas coordenadas; esos gobiernos que buscan la diferencia en la inequidad, esos gobiernos que escriben constituciones incluyentes en las que horizontalizan las relaciones pero que, en su implacable lógica positivista, no pueden aceptar la igualdad. La política moderna, como la economía, que es decir lo mismo, se define por la diferencia en la homogenización; la igualdad en lo heterogéneo les desencaja las coyunturas y les causa nausea.

VariosFredy Chikangana me dijo un día en un café de Bogotá, mientras hablábamos de poesía, que es de lo que hay que hablar: “En la comunidad soy oral, en la ciudad escribo. La ciudad la conjuro por medio de la escritura. La ciudad, que es tan rápida, la enfrento por medio de la escritura.”. Con ello da la razón a Miguel Rocha Vivas quien escribe en Palabras mayores, palabras vivas (2010): “Fredy Chikangana, yanakuna del Cauca y uno de los pioneros entre los actuales escritores, confiesa que comenzó a escribir como una respuesta al silencio y la marginación. Cuando Fredy se fue a estudiar a Jamundí, Valle del Cauca, comenzó a evocar sus raíces originarias a través de la poesía. Su primera etapa poética está marcada por “ese hablo y no soy yo”, así como escribir “en verbo ajeno””. También con ello da la razón a Christopher Teuton, a Yoro Fall, a Elicura Chihuailaf y a Robert Stepto porque supieron ver las dinámicas en que estos seres extraños de la América oral se mueven. Su naturaleza proteica pone en jaque el estancamiento legal de la ciudad letrada.

Pero esta es la manera en que hemos querido negociar. Esta es la manera en que hemos querido cumplirle a la vida. La deslegitimación de las luchas de aquellos que consideramos los otros es la única manera en que hemos podido enfrentar aquello que todavía no podemos digerir. Y la pregunta es: ¿Cómo pudo prevalecer el desencanto de la racionalidad por encima del encantamiento de la vida?

Porque estamos demasiado lejos de nosotros mismos y creemos que podemos seguir así, así no más, creemos que podemos tirar asfalto por encima de los huesos del exterminio histórico y endosarnos el concepto postcolonial. ¡Señores, la colonia no ha terminado! Como la energía, como Alien, como la mala poesía, pero, también, como la buena, como la catacresis de holocausto por genocidio donde se quiere romantizar y dogmatizar la realidad, y como la Guerra Fría, el colonialismo ha sabido transformarse en algo más, en otro monstruo, en otra criatura que sigue apretando sus fauces alrededor de nuestro tiempo. De Jean Bernabé se escribe en la introducción al número 38 de Cuadernos de literatura que afirma o que se convence de “la necesidad del olvido colonial, una vez se hayan cumplido los deberes de la memoria”, pero la propia naturaleza, la identidad histórica no se puede negar porque gente como Jorge Zalamea Borda todavía escribe “en poesía no existen pueblos subdesarrollados”, y lo aceptamos porque no nos damos cuenta de las implicaciones de las palabras. Es que no hay naciones subdesarrolladas, es que no sabemos español, ni ninguna otra lengua mientras este tipo de juicios persistan. Hay naciones que destruyen el planeta y otras que no han desarrollado la locura tecnológica para llegar a ello. Y hay un grupo de gente que está en el medio y que quiere vivir, simplemente eso, vivir, pero que cada mañana, cuando mira por la ventana, ve cómo el mundo se cae a pedazos.

Imagen 4Esto lo escribo mientras escucho a Charles Mingus y su “Stop! Look! And Sing Songs of Revolution” en The Black Saint and The Sinner Lady que no puede venir más a cuento; un género híbrido como el jazz, que fue capaz de usurparle a la música académica, a la música armónica, un instrumento como el piano para la construcción de motivos propios de la música rítmica. Y lo escribo en caliente porque no puedo dejar de cuestionarme frente a lo que escriben Graciela Maglia, Miguel Rocha Vivas y Juan Duchesne Winter en la misma introducción antes mencionada de Cuadernos de literatura: “En el 2009 asistimos en el país a la celebración del año afrocolombiano en torno a dos figuras centrales de la literatura nacional: Candelario Obeso y Jorge Artel, seguida de la publicación de la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana y la Biblioteca de los Pueblos Indígenas de Colombia en el 2010, que visibilizaron un corpus de poetas, ensayistas y narradores largamente postergados en el campo literario nacional. Podemos inscribir este importante hito nacional dentro de una tendencia general inclusiva que a lo largo del siglo XX ha marcado la reflexión cultural, socio-racial, política y lingüística de la nación”. No sin orgullo lo escriben y no sin orgullo hay que verlo y aceptarlo y hacerle guiños y genuflexiones y todo tipo de celebraciones tácitas y explícitas. Pero, claro, si me pongo a la tarea y voy a las academias y pregunto quién ha leído alguna de estas bibliotecas, encontraré que muy pocos lo han hecho o las conocen siquiera; y si voy por las calles preguntando lo mismo obtendré respuestas similares. Se me dirá que no todo se puede saber o conocer, o valorar, porque también podemos ser cínicos, y porque no todo nos concierne. Pero la verdad es que la academia sigue enclaustrada en su torre de marfil de conceptos y de narices alzadas, porque quiero llamar la atención hacia algo que nos pasa: los estudios humanísticos se han olvidado del hombre y se han encerrado en el concepto y en la tautología, o en la guerra de saberes, y, como dice la crítica mexicana de arte Avelina Lésper, el concepto y lo que se dice del arte es más importante que el arte mismo. Asimismo, con el hombre y las humanidades. Lo cual muestra lo confundidos que estamos.

El debate cultural y los estudios culturales están escindidos de la realidad por la política, por la deleznable especie de los burócratas. Homi Bhabha, o Chikangana, o Selnich Vivas Hurtado (en Rilke minika: danzar la poesía moderna se da una vuelta de tuerca a la lectura y el lugar desde el cual se hace, dejándonos saber que los Minika leen a Rilke y que Rilke, muy poeta y muy europeo, y muy sensible tiene una voz que atraviesa el siglo XIX, pero se encuentra impedido para leer a los Minika con el asombro y el poder con que ellos sí lo leen a él), pero decía que Bhabha o Chikangana afirman que el lugar de la cultura se encuentra en la mediación, en la negociación, pero ésta debe darse más como Borges la veía, es decir, una charla exenta de intereses y egoísmos, más como un goce que cualquier otra cosa. La política actual, mutación desgraciada de la cultura, impide el debate, puesto que se trata de una extensión del aparato colonial.

Chikangana se enfrenta con valentía a los mecanismos de la inercia de un mundo moderno, las imágenes de su poesía son las de la universalización en la particularidad; nos dicen: Somos humanidad a nuestra manera y podemos vivir en esta tierra, y escribe: 

Y mientras danzamos sobre los surcos,

reímos y cantamos con nuestros muertos,

con flautas ahuyentamos las penas

y con chicha endulzamos las noches.

<<¡Bebamos sin pena!>>, gritan,

<<que aún tenemos vida en esta tierra>> (tomado de: “Aún tenemos vida en esta tierra)

 

Al final de todo, veremos a Fredy Chikangana con Jorge Cocom Pech, con Scott Momaday, con Elicura Chihuailaf, con Alberto Juajibioy Chindoy, con Miguel Ángel Jusayú, con Esperanza Aguablanca, con Hugo Jamioy, con Estercilia Simanca, con Anastasia Candre; los veremos tomados de las manos danzando su danza, contentos, cantando, haciendo poesía con el cuerpo, y el mundo se vendrá abajo, sí, se vendrá abajo, pero ellos saben más, mucho más. 

 

Varios  

 

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