De Invitados

La resistencia

AUTOR: Carlos Augusto Rodríguez Martínez

FECHA DE PUBLICACIÓN: 14-11-2020

Collage inicial

La resistencia

Arte rupestre y sabiduría campesina que nos observa

 

Acandaima

Que todos los pueblos han elaborado arte es de por si una obviedad, y que muchos de ellos no han comprendido las elaboraciones de los otros es también igual de cierto. Un asunto de un orden tan universal como el arte hunde sus raíces en lo más profundo del tiempo y la consciencia, advierte del mundo de la técnica y, sobre todo, es la evidencia del pensamiento que a su vez provoca el pensar. Cientos de miles de pueblos de distintas lenguas y costumbres han puesto sus sentires y deseos en soportes duraderos y efímeros, han marcado sus existencias con objetos que adornaban la vida cotidiana y que los acompañaron después de la muerte. O han hecho obras duraderas, las que aún están presentes en los lugares más apartados y cercanos. De esa forma, el arte ha dado sentido y ha servido como recuerdo de quienes ya no están presentes, y por lo mismo, hoy sigue siendo objeto de contemplación y estudio. 

 

Si no fuera por los convencionalismos museales, las gentes recorrerían el mundo buscando y encontrando obras de arte a cada paso. Miles de rocas fueron más que lienzos, que poco a poco se llenaron de formas y contenidos. En cada una de ellas los grupos humanos estuvieron pintando y grabando sus particulares elaboraciones del lenguaje. Las ideas y conversaciones quedaron para ser observadas y descifradas por los herederos de sus culturas o por otros, que impávidos se enfrentaron a las composiciones “estéticas” que gritaban, pero no eran escuchadas. De este modo, pueblos diversos han ido y venido por los más recónditos espacios de un cosmos marcado por los pies de cientos de miles; lo que ha quedado de ellos ha sido el arte, el mismo que sigue resistiendo, tanto como los pueblos originales que en los más apartados espacios de las selvas y bosques se resisten a desaparecer. Ellos son un baluarte que hace evidente la fuerza de la diversidad humana, quizá son los únicos que hoy muestran de forma evidente que es posible reconstruir modos sociales más equilibrados y permiten entender las relaciones que se dan entre el mundo natural y el humano. La presencia de las comunidades étnicas ha de ser entendida como las voces de cientos de miles, que desde lo profundo del tiempo gritan para hacer comprender un mundo que no se resuelve de forma única en los conglomerados urbanos. De cuando en vez ellos salen de sus tierras y recorren las calles pavimentadas, para anunciar lo más importante, esto es, que si no somos capaces de reconstruir otras vías de existencia estamos condenados a desaparear como especie. 

Espirales

Por lo mismo es legítimo preguntar si ¿acaso el arte antiguo fue hecho para traspasar el acontecimiento y el tiempo?, ¿para evidenciar la existencia del ser genérico? No es un secreto para ningún pueblo que está condenado al olvido definitivo, nadie puede escapar en ultimas al tejido del mundo y la desmemoria. Sin embargo, el arte, los lenguajes y modos del mito quieren y logran resistir, son un testimonio que atraviesa los más profundos traumas de la existencia, las múltiples muertes e invasiones, las continuas desventuras de los pueblos y sus gentes. La sabiduría que esta allí presente grita con toda su fuerza, hace que el mundo gris de las ciudades se vea atravesado por el colorido de un conjunto amplio de existencias vitales, de formas de vida y de modos sociales, que en su conjunto dejan entrever otras posibles realidades, acaso menos cómodas, pero en definitiva más duraderas y estructuradas.

 

Asentado en las rocas el arte rupestre sigue allí presente, soporta estoicamente el transcurrir de los inviernos y veranos, los ciclos de la deforestación y la erosión, los períodos de lluvia intensa y sol calcínate. Como si el mundo y sus contingencias no importaran está presente, y con un cierto dejo de solvencia logra atravesar la continua indiferencia de los sucesivos visitantes que de lejos o cerca discuten desde el horizonte de la incomprensión y la ignorancia, cuando no desde la soberbia propia del turismo contemporáneo. Acaso en ocasiones uno que otro se aproxima con la certeza de estar frente a un evento importante y trascendente, sin embargo, no logran atravesar las oceánicas distancias que están presentes. Cada mural en su conjunto es una síntesis de lenguaje, que cuando fue elaborado recogió un mundo de sentido, que por lo mismo resumía el ayer, el presente y el por-venir de los pueblos que lo elaboraron. Esos tres momentos del tiempo siguen presentes, sólo que encriptados, como por lo demás sucede con todo arte verdadero. 

 

Dedo

No muchos años atrás, cuando por primera vez me vi enfrentado a un mural rupestre, tuve la certeza de encontrarme ante un pasado que no lograba entender, y que no por ello, dejaba de estar presente. En esa ocasión, en los potreros de las estribaciones medias del Tequendama, la fuerza de las tradiciones que me habían contado en el colegio se volvieron vitales. La conversación con los campesinos me demostró lo poco que sabia sobre el mundo natural que me rodeaba, y la ausencia de los niveles de lenguaje necesarios para entender la experiencia acumulada de ellos. No era sólo el arte rupestre el que me interrogaba, eran los campesinos que desde su horizonte lingüístico hacia evidente mi ignorancia. En las noches, cuando las labores de campo habían llegado a su fin, esos labradores se reunían en la tienda de don Chuco, allí acompañados de dos guitarras entonaban canciones e improvisaban coplas que se iban sumando a los largos minutos de las conversaciones, y de ese modo daban sentido a la realidad que a cada paso los envolvía. Así, gallos, piscos y demás fauna aparecía por cada rincón, como también las plantas llenas de secretos y de formas de curación; de cuando en vez la historia del Mohán o de los espantos recordaba la importancia de recorrer con cuidado cada uno de los lugares. Las reuniones siempre duraban hasta pasadas las 10 de la noche; eran encuentros que a cada momento reconstruían los hilos sociales y que le mostraban al recién llegado la historia del mundo campesino, las vivencias y vicisitudes de quienes cultivaban el alimento y sabían la diferencia entre el trabajo y la simple contemplación del mundo. 

 

Es por ello, que la labor de los presentes y futuros visitantes del arte rupestre y del mundo campesino va más allá de la mera contemplación, deben estar seguros de poder cuidar y proteger, pero también, han de enfrentar el reto casi infinito que implica adentrarse en los sentidos profundos del ser genérico; de pensamientos que como etapas han contribuido de forma definitiva a la construcción del mundo actual. 

 

Metate

Por más lejanas que sean las obras rupestres hacen parte del presente, fueron momentos necesarios para construir el lenguaje que gravita en la cotidianidad de hoy. Pero, sobre todo, el aparente estado de indeciframiento de ese arte recuerda de modo constante lo más importante, esto es la necesidad continua de la pregunta, del interrogante. En una época donde la superficialidad ha ganado terreno, en la cual las seguridades parecen ser mayúsculas, es indispensable volver a recordar que una de las características esenciales de lo humano es la incertidumbre, y quizá no hay mejor lugar para volver a ello que el estar parado frente a una obra de arte de los tiempos más tempranos de la existencia del pensamiento y del lenguaje, y ojalá con la voz de un campesino que relata su propio mundo e interpretación. Esos mismos rasgos pintados o grabados interrogan en lo profundo de la existencia de una especie, que se esfuerza por evadir lo imposible, esto es, su propia desaparición. Cada yacimiento, cada voz, cada modo del lenguaje anuncia el inevitable final de los pueblos, cada una de las formas plasmadas danza en contra del tiempo y su ineluctable trasegar, quizá por ello mismo siguen estando tan presentes. 

 

Tequendama

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Carlos Augusto Rodríguez Martínez 

GIPRI - Colombia

 

Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, estudios de Maestría en Filosofía en la Pontificia Universidad Javeriana (sin terminar), Maestría en Cuaternario Arqueología Prehistórica y Arte Rupestre. Actualmente candidato a Doctor en Patrimonio Universidad de Extremadura.  

Me he desempeñado como docente de distintas universidades, allí he asumido responsabilidades en torno a la organización y dirección de los diversos seminarios de humanidades, en particular los que tiene que ver con la historia de América y Colombia, saber filosófico y los ámbitos educativos. En estos centros educativos he dirigido un número no inferior a 10 monografías. De igual forma, durante más de dos décadas he trabajado como investigador de arte rupestre de Colombia, en el grupo GIPRI Colombia. Las preocupaciones sobre la estética precolombina me han permitido aproximarse a los problemas de la técnica prehispánica, la documentación y la historia de la investigación de mundo del arte en la prehistoria a nivel general.  

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*Las Imágenes son propiedad del autor de este texto y autorizó su publicación.

 

 

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