De Escena

Carta a Dogja* (독자)

AUTOR: W. Julián Aldana

FECHA DE PUBLICACIÓN: 26-11-2020

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Carta a Dogja* (독자)

Epístola sobre arte en tiempos antiguos

 

 

 

 

Bogotá, 26 de noviembre de 2020.

 

 

Tienes razón Dogja (독자) en algunas de las cosas que dices, pero no concuerdo contigo en otras. Aunque tu carta ha llegado con meses de demora por la pandemia, supongo yo, debo reconocer que tu olvido fatal de precisar la ciudad logró que tan esperada epístola visitara otras ciudades e incluso otros países. No comprendo cuál fue la empresa de correos que se puso en la tarea de circular tu misiva por Bangudae, La Valetta, Ciudad de México, Ulsan, Cheonjeon-ri, Lima, Nasca, Santiago de Chile, Pachacámac, San Agustín, Isnos, Tenochtitlan, Lonquimay, hasta que por fin llegó a Bogotá.

 

Grande fue mi sorpresa al encontrar en el sobre unas letras que no son tuyas en las que se lee con claridad la palabra Bacatá. El sobre luce avejentado quizá por el recorrido de las ciudades que hizo en el orden que te refiero anteriormente. ¿O fuiste tú quien escribió esa palabra? De ser así, ¿por qué la letra es diferente a la de las servilletas que adjuntas con chistes que traduces del coreano y que no tienen sentido para mí? Cuéntamelo tan pronto puedas.

 

Entro en materia. Concuerdo contigo en tres aspectos sobre lo que dices en tu carta: es difícil determinar la edad exacta de los petroglifos; aventurar interpretaciones sobre los pictogramas es osado; y el desconocimiento popular del valor del arte rupestre ha hecho que algunos lugareños o visitantes no sientan aprecio o respeto por estas manifestaciones. Tienes razón también en lo que dices sobre los petroglifos de Bangudae, cerca de Ulsan, tu ciudad (en la que tuvimos largas caminatas y conversaciones que casi nunca terminaban). La imprecisión sobre la datación de “tus” petroglifos coreanos se da entre el año 6000 y 1000 antes de la Era Común. Es decir, que los coreanos primitivos se tomaron todos esos años para hacer los más de 300 grabados que hay en la piedra. Me impresionó que hayan podido establecer que en la piedra descubrieran cuatro capas diferentes de grabados realizados en épocas diferentes. Cuando visité Bangudae y Cheonjeon-ri, en compañía de Laura, Carolina, Fabricio, y el buen amigo Ricardo, sí noté la diferencia entre las figuras punteadas y las figuras cinceladas, pero, soy solamente un aficionado, no hubiera podido imaginar que habían sido hechas por hombres quizás con cientos de años de diferencia.

 

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Es interesante eso otro que me cuentas, que hay investigadores coreanos que guardan cautela con la interpretación, pero, como algunas cosas parecen evidentes, se han catalogado varias ballenas, tigres, leopardos, y hasta seres humanos que cazan o ejecutan ritos chamánicos. 

 

Alardeas con gracia sobre el trabajo de conservación en Bangudae y Cheonjeon-ri, y aunque no niego que quizá el gobierno de tu país ha invertido en ello, pienso que el hecho de que estos dos trabajos rupestres estén junto al cauce del río los ha protegido de los curiosos y del vandalismo. Y claro, Dogja, no puedo dejar de reconocer lo que discutimos alguna vez sobre las diferencias culturales y el respeto por la tradición que sin duda difiere en tu cultura y en la mía.

 

Respecto al arte parietal de Colombia, como también se le llama, que es de lo que quieres saber, te cuento que releí hace poco un libro muy querido para mí: La civilización Chibcha, del ingeniero e historiador Miguel Triana. Es un libro de 1921 y es evidente que para la época estaban más frescos los conocimientos sobre los indígenas que habitaron la planicie cundiboyacense (departamentos de Cundinamarca y Boyacá). 

 

Ah Dogja, te gustará la prosa poética que el autor usa. ¡Quién lo creyera! El ingeniero Triana hace unas descripciones hermosas de los paisajes y la geografía o de los hombres y sus costumbres: 

 

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Al respecto, quiero contarte que a diferencia de lo que ocurre en tu país, parte importante del arte rupestre cundiboyacense está constituido por pictogramas. Es decir, no son grabados en bajo o alto relieve, si no pintados, de ahí su nombre. Yo solo he visto pictogramas de color rojo, pero Carlos Rodríguez, un amigo que ha investigado el tema por más de 20 años (junto a Guillermo Muñoz que lo ha hecho por 40) me contó que hay algunos con pintura amarilla y blanca (como verás en las penúltimas fotografías).

 

Hay dos cosas que estoy seguro te van a gustar. La primera, es la diferencia conceptual, perceptiva y representativa entre el arte rupestre realizado por tus antecesores y los míos. En Bangudae hay diseños figurativos con formas que hoy nos son evidentes como las ballenas, tigres, balsas y hombres. En contraste, Triana dice que en el imaginario chibcha existía una especie de prohibición por representar a los seres humanos, entonces realizan figuras estilizadas que asemejan ranas hechas al modo “stick figure” o figuras de palitos, pero que cuesta llegar a relacionar con la figura humana. Esto es muy curioso Dogja, porque algunos de tus hombres grabados de Bangudae también están grabados a modo de “palitos”, pero la forma humana es mucho más evidente. En cambio, en nuestros pictogramas hubo varias formas de representar al hombre, desde ranas de palitos hasta varios rombos unidos.

 

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Y lo segundo, es cierta similitud que hay entre los grabados de Cheonjeon-ri y varios de nuestros pictogramas y petroglifos: abundan las formas geométricas, los rombos, las líneas inconclusas, las formas concéntricas y los espirales. Además, como dices, el posible significado que encuentran en esos grabados coreanos es religioso y espiritual; y lo que se cree de los grabados y pinturas colombianos es que representan la enseñanza de decoración de los tejidos, personas y hasta grupos humanos. Sin embargo, recuerda Dogja, el peligro de la interpretación. Algo curioso es que, desde entonces, para Triana era clara alguna influencia asiática en el arte rupestre de estas tierras. Supongo, que no habrá forma de comprobarlo.

 

 

 

De otro lado, comprendo la prudencia sobre la interpretación, pero no puedo menos que maravillarme con algunas de las que hace Miguel Triana, observa:

 

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Como puedes ver, hay que tener una gran imaginación para poder inferir tales significados en las pictografías anteriores, o hay que haber tenido el sustento oral o escrito de tales ideas: Triana interpreta, pero no declara ninguna fuente. No obstante, te confieso que al menos en marcha de una migración y ofrenda de una manta, quiero creer que son tales cosas. Como quiera que sea, las interpretaciones anteriores obedecen al estudio de un largo periodo publicado hace 99 años por Miguel Triana, y es preciso reconocer que su contexto difiere del nuestro y seguramente pudo disponer de fuentes, textos o diversos relatos que lo llevaron a esas conjeturas. A pesar de ello, él mismo afirma en el fragmento que transcribí anteriormente, que tal lenguaje incomprensible de signos expresivos permanece mudo.

 

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Dogja, te cuento que por responderte esta carta no escribí una crónica para www.diastematicos.com, la revista sobre arte y experiencia estética que tenemos con unos amigos, seguro te hablé de ella. ¡Lo que pasa es que tus palabras hablándome de arte rupestre fueron la mejor coincidencia! Llegó justo cuando terminé de leer La civilización chibcha y la emoción de responderte fue mayor, porque ya ni esperaba tu carta y porque no creía que fueras a tratar ese tema. Además, reconozco, otro motivo por el que no escribí la crónica es que mi tema en la revista son las artes escénicas, pero el texto de Triana no es la mejor fuente para ello. 

 

 

Logré solamente encontrar la celebración del Huan, danza realizada en diciembre en la que conmemoraban un rito al sol: doce sacerdotes danzaban con una librea, o traje ceremonial, alrededor de otro con librea azul. Dice Triana que el baile se acompañaba por cánticos en los que se hablaba del hombre y la incertidumbre de su destino después de la muerte. ¡Te imaginas eso Dogja! 

 

También logré saber que los caciques y zaques con frecuencia hacían marchas ceremoniales desde sus viviendas hasta ciertas lagunas sagradas: procesiones de mujeres, hombres e infantes desplazándose por caminos durante varios días. O qué decir de la fiesta de las cosechas y el maíz, cerca del equinoccio de otoño en septiembre, que se celebraba también en honor al Sol. Porque debes saber que este astro fue la mayor deidad de mis antepasados: el sol, Zue; la luna, Chie. Dime falso Dogja si te viene en gusto, pero quiero imaginar estos viajes y estas festividades acompañados de bebidas alcohólicas de maíz, personas tocando instrumentos músicos para alegrar las jornadas, y hombres y mujeres bailando de contentos agradeciendo a la Madre Tierra por otro año de alimentos, por el bienestar y por la paz.

 

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Otro asunto que hallé interesante y que se representa en las piedras, fue el bordado de sus telas coloridas. Triana dice que los conquistadores se sintieron maravillados al ver los tejidos tan bellamente bordados con formas principalmente geométricas. De hecho, cree incluso que una de las razones por las cuales bajaron por el río Magdalena hasta el interior del país, fue el deseo de conocer a los tejedores de esas mantas encontradas en uno de los puestos comerciales que los Chibchas tenían en un puerto ubicado en la desembocadura de este río al mar (y qué decir de los instrumentos musicales adornados y de los utensilios de cocina con adornos tallados de frutas, flores, cabecitas monstruosas y figuras humanas grotescas).

 

Para terminar, Dogja, te cuento por fin aquello en lo que difiero contigo, es algo fundamental: la desconsideración de que aquellos vestigios que hay en las piedras sean considerados arte. He leído con admiración y simpatía las largas referencias con las que intentas argumentar que tanto los petroglifos como los pictogramas están lejos de ser arte, porque no podemos desligar su elaboración de objetivos meramente prácticos.

 

Si no nos es posible hoy a ti y a mí aseverar que estos trabajos hayan sido hechos con intenciones estéticas o propósitos utilitarios, ¿cómo podemos asegurar que no son arte? Dices también que una de las características del arte es su carácter contemplativo y no objetual, y escribes que no hay forma de saber si los artistas realizaban esto por ocio o por orden de algún rey o cacique o zaque.

 

Mi respuesta a eso, Dogja, es que en efecto no podemos negar nada de lo que dices, pero tampoco afirmar lo contrario. Es decir, sin las bases “reales” y suficientes para ello, resultamos elaborando juicios falaces y especulativos. Pero lo que tampoco podemos ignorar es que es errado evaluar estas obras de nuestros indígenas con los valores del arte de hoy. Los valores morales y estéticos de nuestros días no necesariamente son los mismos de hace 6000 años, o hace 4000, o 1000. Porque desde esa perspectiva que expones, mucho del arte contemporáneo tampoco podría ser visto como tal. Recuerda que Theodor Adorno dice que una de las mayores características del arte es que está transgrediéndose a sí mismo todo el tiempo. Y si esto aplica para nuestro mundo civilizado y tecnológico, porqué no podría moldearse para épocas tan remotas como las de tus petroglifos de Bangudae y Cheonjeon-ri, y mis pictogramas cundiboyacenses.

 

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Imagino que lo habrá dicho algún teórico, no lo sé, pero aquel arte rupestre y los objetos y utensilios adornados que sobreviven en los museos de tu cultura y de la mía, son una muestra de que si bien pueden tener un carácter ceremonial, espiritual, o decorativo, encierran un carácter estético en tanto son manifestaciones del pensamiento, de la cultura y, sin lugar a dudas, de las sensaciones que nuestros hombres y mujeres primitivos experimentaron frente a la naturaleza y todo aquello que con ella y de ella podían elaborar.

 

Ah Dogja, amiga querido!! ¡Cuánto extraño nuestras conversaciones, cuánto nuestros paseos por Dae Gongwon, cuánto nuestras excursiones culinarias cerca de la universidad! Aquí he encontrado un supermercado y restaurante coreano donde he podido conseguir makgeolli, mandus, kimchi, tteok-bokkis y doenjang. Con eso, las series y películas coreanas en Netflix, y con las películas que Mónica me regaló en un disco duro externo, he ido “matando a saudade” de tu cultura. Sobre mi regreso a tu país no lo veo cerca, pero nunca se sabe. Si lo hago, te llevaré un libro de Miguel Triana y algún picante nacional para que lo pruebes. Si vienes antes, tráeme makkoli y gochujang, son carísimos. Finalmente, cuéntame ¿Comenzaste el curso de culinaria vietnamita que querías? ¿Planeaste ya tu viaje a Mauricio? ¿Encontraste en el correo nuevas cartas mías? ¿Fuiste tú quien escribió Bacatá en el sobre?

 

 

Un abrazo fraterno,

 

W. Julián Aldana

 

 

 

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 *Dogja (독자) significa “reader” en coreano. Una de las cosas fascinantes de este idioma es que las palabras carecen de género por eso es  “lector” y “lectora” al tiempo o no es estrictamente “lector” ni “lectora”. Me gusta pensar que Dogja es LectEr. 

 

 

Gracias a Carlos Rodríguez que cedió varias de las fotografías tomadas en sus innumerables salidas de campo. Gracias también porque la mayoría de las cosas que sobre arte rupestre las he aprendido con él.

El resto de imágenes fueron tomadas sin fines comerciales de varios sitios de internet.

 

 

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