De cine y animación

Armadura de bronce, cerviz de granito…

AUTOR: ANTONIO MORENO Q.

FECHA DE PUBLICACIÓN: 30-11-2020

 

Armadura de bronce, cerviz de granito…

 

 Eneas y sus lugartenientes tendieron una trampa a los sabinos y en medio de un festejo raptan de manera violenta y sin contemplaciones a todas las mujeres de la aldea; son llevadas a lomo de caballo y a la fuerza para que engendren la prole del hijo de Anquises. La escena se reproduce en diferentes tiempos y lugares, siempre mostrando la crueldad del evento y el consecuente dolor de quienes padecieron ese embate, baste remitirnos a la obra de Poussin (1630) o a la de Picasso (1963), para identificar el dolor que sufren las mujeres que son separadas de su entorno para complacer a los guerreros que desean inmortalizar su sangre y su nombre. Destino semejante es el que nos narra Eurípides respecto de las mujeres que sobrevivieron al sitio y destrucción de la singular Ilión. Estas hermosas jóvenes, madres y viudas fueron repartidas como botines de guerra entre los argivos y sus secuaces, todo con miras a deshonrar y acabar con la generación que Príamo había cultivado con tanto amor. Las escenas son desgarradoras y los diálogos pone en evidencia la sevicia con la que guerreros y mercenarios atacan y ultrajan a las mujeres.

El rapto de las Sabinas. Nicolas Poussin (1630)

 

Estos dos escenarios muestran la manera en que los vencedores ejercen su fuerza e imponen su ley sin respetar el lugar al que llegan. De hecho, se convierten en estereotipos que de alguna forma justifican los espacios de violencia física que experimentan buena parte de los pueblos que son colonizados con la aparente idea de la llegada del progreso que busca sacar a las comunidades del denominado atraso o incivilización. Podemos rastrear este evento cíclico en la historia de nuestro país y en las cicatrices que conserva la tierra o los herederos de nuestros ancestros. Vaya una cruda realidad a la que nos asomamos con ojos que muchas veces son de indolencia o indiferencia, todo porque creemos que reconocer nuestro origen primigenio nos aleja de los privilegios de la occidentalización o es mejor no hablar de “eso”, porque la vergüenza de la indiferencia nos carcome. Y toda esta diatriba inicial para acercarlos a un bello texto audiovisual en el que se muestra una realidad particular, un universo bucólico y con tintes pastoriles en el que el proceso de aculturación pone de manifiesto un tipo de violencia que nos es más complejo identificar y por lo tanto no logamos comprender, la violencia simbólica.

 

Y es que no se necesita narrar una historia en la que las víctimas corran por sus vidas o se muestren planos continuos de súplicas o llanto dolorido para que identifiquemos los vacíos que la cultura y el desarrollo crean entre nosotros. Me refiero al trabajo audiovisual de Helena Salguero Vélez titulado Las Niñas de Uchitu´u (2016). Un documental que ha participado en más de diez festivales en diferentes lugares del mundo y que ha obtenido un número significativo de reconocimientos. En él, la directora hace un recorrido a manera de Close Up a través de la vida de un grupo de niñas habitantes de Uribia en la alta Guajira, muy cerca del Cabo de la Vela. 

 

 

Quien se acerca por primera vez al documental cree que está viendo una historia en la que se muestra la vida común y corriente de una ranchería, hasta se deja llevar por los paisajes y las imágenes capturadas en secuencias de Plano Americano y Plano Detalle, fórmula efectiva para resaltar aspectos puntuales tanto de las expresiones de los personajes, como de elementos relacionados con la idiosincrasia del lugar. Evidentemente es un trabajo muy bello en el que se combinan las voces en Wayuunaiki con breves fragmentos en Español. La banda sonora es una mezcla del sonido del viento a la que se suma un permanente canto cuyo tono evoca lo sacro y la denuncia; y el rastrillar del metal contra una roca mientras se afila una hoja. Sumado a lo anterior, no hace falta conocer el idioma para darse cuenta del tipo de interacciones que sostienen los personajes pues sus interacciones y los ojos expresivos alimental la atmósfera en que se desenvuelven las acciones.

Pero más allá de estos elementos se pone de manifiesto la manera en que la cultura ancestral lucha por no sucumbir ante el inevitable embate de las nuevas formas de comunicación y de comprensión del mundo. Las niñas de Uchitu´u se levantan muy temprano, caminan hasta un pozo del que extraen el agua necesaria para el día, la ponen en diferentes recipientes y caminan bajo el sol. Son como antiguas efigies moldeadas con el barro de la tierra,  engastadas en una coraza broncínea que el sol les ha regalado. Ponen sobre su frente la correa de la red en la que llevan su carga, se la ajustan a la espalda, caminan con ese gran peso si siquiera hacer una mueca. Su cerviz es una pieza de granito que no les deja agachar el rostro ni la mirada, no serán vencidas por el peso que llevan ni por el peso que deberán llevar más adelante, tanto físico como cultural. Por ejemplo, cuando cargan de la misma forma su maleta con cuadernos y lápices para asistir a una escuela a la que deben ir uniformadas y en la que les enseñan a hablar y escribir en español o practican la técnica del rasgado de papel; mientras que al regresar a la ranchería se dedican a aprender de su abuela el milenario arte del tejido artesanal.

 

Transmisión cultural para no perder el origen.

 

Este documental revela la puga silenciosa que se da entre los ancestros Wayuu, su forma de vida, su espiritualidad y su visión de mundo, y los procesos de modernización en los que se vende la ilusión de igualdad o reconocimiento en tanto se adopten las costumbres nuevas. Tal es la situación, que inclusive los turistas no encajan en este paisaje y se pueden leer más bien como interferencias o espejismos del desierto. La tecnología y su magia no son más que fantasmas que atacan entre las pocas sombras formadas por las plantas y las niñas bajo un sol abrasador, mientras se pierden en el horizonte de un camino polvoriento que en apariencia no conduce a ninguna parte.

De esta forma, no es necesario que se ofrezcan secuencias de raptos o de desplazamientos violentos para identificar el desarraigo latente a lo largo y ancho de nuestro territorio. Es por eso que vale la pena ver el trabajo de Salguero, para reconocer la manera en que nuestras comunidades ancestrales luchan de manera silenciosa contra el monstruo de la violencia simbólica y la pugna que supera lo físico para engastarse en el pensamiento de las nuevas generaciones que empiezan a mirar de lado, con cierto desdén, la riqueza que heredamos.

 

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