De Lectura

El rito y la parábola de los monos

AUTOR: Carlos Andrés Manrique

FECHA DE PUBLICACIÓN: 18-12-2020

El rito y la parábola de los monos

 

Recuerdo que hace algunos años, en un evento (¿ritual?) de aquellos que organizan las instituciones educativas, en los cuales se cantan himnos y se hacen numerillos  de estudiantes que normalmente no están interesados en lo absoluto en lo que hacen, escuché una explicación bastante acertada de lo que se puede entender como la secuencia  originaria del paradigma. Leía aquel estudiante, con sendos errores en su lectura, tal vez por el nerviosismo o por su simple falta de interés en lo que leía, la historia de aquel grupo de cinco monos encerrados en una jaula en la que se encontraba una escalera en cuya cumbre reposaba un racimo de bananos.  

La reacción natural de los primates fue subir esa escalera para apropiarse del ansiado manjar, pero, en la jaula, se encontraban también hombres que apuntaban y soltaban chorros de agua fría con poderosas mangueras a cualquiera de los homínidos que intentaba alcanzar el racimo. A fuerza de repetir la acción los monos lograron asumir que la razón de las indeseables duchas era cada intento por alcanzar la codiciada fruta. Por su parte, los hombres dotaron los animales de palos con los que ellos mismos se encargarían de aplacar los ánimos de aquellos congéneres que osaran alcanzar la cima de la escalera a fin de evitar ser mojados. Cuando la primera fase del experimento culminó, y los bananos permanecieron intactos en la cumbre de la escalera porque ninguno de los animales se atrevió a agarrarlos prosiguieron con la segunda fase. Uno de los cinco primates fue reemplazado y cuatro de los iniciales quedaron en la jaula. La reacción del nuevo fue la natural, buscar los bananos, pero no bien trataba de trepar la escalinata los otros cuatro lo molían a palos por el miedo a ser mojados y el nuevo, aunque no entendía el motivo de la agresión, termina evitando subir la escalera. Así sucedió consecutivamente hasta que los cinco monos iniciales fueron reemplazados, y cuando vinieron muchos más, la misma conducta se repitió y los bananos permanecieron intactos en lo alto de la escalera sin que ninguno de los nuevos monos se diera por enterado de la razón de tan extraña restricción. Se había instaurado el paradigma. 

De la misma forma, por alguna razón, por chorros de agua imaginarios, por palos en las costillas o castigos que vienen de no se sabe dónde; o por supuestos beneficios, por la remembranza de historias inexistentes o por la devoción a entidades etéreas, se perpetúa la repetición de una acción que al final tiene todo el significado que otorga la vacuidad. Y, aun así, con todo el soporte racional que puede nacer de la revisión exhaustiva de cada repetición de estos eventos, se siguen repitiendo, y llamando de distintas formas. Es imperativo, de igual forma, reconocer el soporte fundamental que la interacción entre seres humanos le otorga a la recreación de cada uno de esos eventos ceremoniales llamados rituales.  Me llama la atención en particular la forma en que un elemento pueda ser considerado como fundamental en el desarrollo del ritual más antiguo de todos,  el que llamó Ervin Goffman, El ritual de la interacción. Aunque tengamos noción de que un ritual puede circundar los linderos de lo sagrado y lo profano, Goffman pone en evidencia que casi todo el comportamiento humano, en la soledad, pero aún más, en compañía, obedece a una estructura ritual, de tal forma que la repetición de acciones cotidianas se anexan al carácter profano de la poco trascendental faena y  se erigen como recreación protocolar, lo que me recuerda un LP que Jane´s Addiction lanzara en agosto de 1990: El ritual de lo habitual, donde varias canciones se centran en lo que es repetitivo en la historia de ciertos seres humanos, y en Three days se puede apreciar uno de los mejores solos de guitarra del rock. Pero esa es otra historia.  

 

Volviendo a ese marasmo de costumbres confundidas entre lo sacro y lo licencioso, encuentro una magistral referencia en una narración corta de  Shirley Jackson llamada La lotería (se lee en una sentada, en unos cuantos minutos). Con un aire pasivo y por demás bucólico, en días posteriores al solsticio de verano, lo que de inmediato nos ofrece una poderosa referencia astrológica, los habitantes de un pueblo se reúnen para cumplir con un ritual anual, absolutamente todos están inmersos en la práctica y con cierta complacencia y absoluta rigurosidad se preparan para oficiar el esperado evento. Como dijera Goffman, muchas caras están en disposición para la realización de la ceremonia, los rostros de los habitantes de este terruño irradian emoción y deleite por la celebración, aunque algunos, en secreto, empiezan a cuestionar la práctica y a señalar cierta reticencia, argumentando incluso que otras poblaciones en los alrededores han decidido tajantemente acabar con el ritual.   

 La organización del evento está mediada por una autoridad, por supuesto, que es el hombre más longevo de la población y quien simplemente explica cómo la lotería fue instaurada por sus ancestros desde tiempos inmemoriales y de la misma forma debe seguir practicándose, un eco particular al establecimiento del paradigma. El que todos los habitantes del pequeño pueblo se sumen al evento genera una sensación de unión social, ese microcosmos es una colectividad  que a fuerza de la conmemoración vela por mantener la armonía, la homeostasis  de ese organismo vivo y, a través de la constante lectura de sus códigos, impone una herencia cultural que en lo profundo, no encuentra asidero alguno en un discurso racional.   

A medida que la caja de la lotería se lleva a la plaza central y las familias se congregan se percibe la fuerza de la adaptación de la estructura mental de los individuos, lo que al permear su cotidianidad e incluso, su corporeidad, se manifiesta como un proceso psicobiológico donde el pensamiento simbólico y su componente imaginativo les confiere a los participantes una reacción incluso somática.

En la idea particular que tenemos de una lotería se gana o no se gana, pero en apariencia lo que se pierde no es algo terrible, sin embargo, la familia Hutchinson, ferviente practicante de la lotería vería que, en esta oportunidad, el incuestionable rito sería objeto de las más desafiantes controversias. Es evidente que las prácticas siempre son respetadas y las instituciones alabadas cuando su rigor es aplicado en perjuicio de otros que lo pueden merecer, pero no cuando la punición  toca directamente a los individuos, como cuando en un proceso judicial se pone fe en la justicia al  endilgar la compra y manipulación de testigos, pero al revertirse la situación, solo  través del correcto actuar de la justicia, se le cuestiona, se le tacha de parcializada, comprada y mafiosa y se desconfía de ella con gestos lloricones y rasgadura de vestiduras, en ese caso, los valores que representa esta acción ritual de impartir justicia, se asumen como contrarios y, aunque en forma minoritaria, se genera una inversión simbólica que busca una acción compensatoria  que a todas luces se acuña como subversiva, como ocurre en otro pueblo no muy lejano a esa  aldea en donde se juega la lotería, pero esa es otra historia.

 No entraré en más detalles sobre la historia de Shirley Jackson porque este texto es una invitación a leerla, les aseguro que no les tomara más de unos minutos, y entonces podrán hacer un verdadero juicio si lo que me atreví a mencionar en estas líneas tiene o no sentido. Sin embargo, recojo todo lo anterior para concretar un par de ideas.

En estas épo cas de calzones amarillos, transeúntes afanados cargando maletas, doce uvas deglutidas, papas a medio pelar bajo la cama y bolsillos llenos de lentejas, podríamossentarnos un momento a revisar hasta dónde es necesaria la parafernalia de tan populares rituales, y a cuestionar los rudimentos que sustentan lo que se convirtió en paradigma. Muchos de nosotros, homo ludens por antonomasia, vemos con ojos desconfiados y racionamiento juguetón cada una de las prácticas que en algún momento se instauraron y que ahora ni por equivocación se cuestionan, pero que sin embargo practicamos y por otro lado modificamos, desviamos, malinterpretamos o desdibujamos, haciendo parte de lo que se podría considerar la entropía de este organismo llamado sociedad.

 Algunos actuamos como piñones rotos de ese engranaje en donde, de forma apartada y un poco oculta, desequilibramos la lógica cultural que hace parte de lo que se podría considerar uno de los elementos más poderosos que caracteriza la identidad de un grupo social: el ritual. Nos vemos como esos monos que sin entender la razón de la acción represiva seguimos tratando de subir la escalera para degustar esos apetitosos bananos, mojados, apaleados y dispuestos a seguir recibiendo los infundados castigos de nuestros congéneres. Seguimos escalando la escalera armados de argumentos incomprensibles para los oficiantes que carecen de ellos y los perpetúan con una rigurosidad exacerbada. Muchos de estos subversivos han sido históricamente señalados y borrados de la sociedad con el único propósito de seguir solidificando un arquetipo, porque la mayoría de las veces, las sociedades se encargan de castigar a quien desvirtúa las creencias, máxime cuando ellas son erigidas en preceptos igualmente peligrosos: los religiosos y los políticos.      

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