De Lectura

Encontrar los tesoros en la hojarasca: Hojas de Parra, la librería donde se refugia Nicanor.

AUTOR: Carolina Silva Lurduy

FECHA DE PUBLICACIÓN: 23-04-2021

 

Encontrar tesoros en la hojarasca:

Hojas de Parra: la librería donde se refugia Nicanor.



 

Para empezar esta bella expedición, un poema de Nicanor Parra…

 


PREGUNTAS Y RESPUESTAS

 

¿qué te parece valdrá

la pena matar a dios

a ver si se arregla el mundo?


-claro que vale la pena


-¿valdrá la pena jugarse

la vida por una idea

que puede resultar falsa?


-claro que vale la pena


-¿pregunto yo si valdrá

la pena comer centolla

valdrá la pena criar

hijos que se volverán

en contra de sus mayores?


-es evidente que sí

que nó

que vale la pena


-Pregunto yo si valdrá

la pena poner un disco

la pena leer un árbol

la pena plantar un libro

si todo se desvanece

si nada perdurará


-tal vez no valga la pena

-no llores

-estoy riendo

-no nazcas

-estoy muriendo

 

En: Hojas de Parra. Ed. Hojas de Parra

 

 

 

De la serie: Lectores, libreros y librerías de Teusaquillo.

 

 

Imaginemos que partimos de expedición botánica. Nos podemos perder por un follaje, por una selva, por un pequeño jardín en una bella casa, aún estando en la descomunal y abrumadora ciudad.

Caminamos entre la hojarasca del bosque, la serenidad de los viñedos o el calor de los árboles y su sombra. Allá se llega caminando entre árboles. Desde que entras por sus dos puertas, entre dos caminos y un jardín donde sientes la cordialidad de quienes te acogen. En la primera puerta a la derecha puedes entrar a Nicanor, el café que tiene entre su tronco: sus paredes; sus bifurcaciones: sus corredores y escaleras, los poemas y libros de Nicanor Parra, donde café y librería se encuentran en el patio trasero. Un lugar bellísimo, donde entra el sol de tarde y mañana; donde apreciarás un enorme árbol pintado, lleno de pájaros que te acompañan si te decides por la aguaepanela con amasijos, un capuccino o un agua de frutos amarillos con torta de Napoleón.

 

Si te decides por la puerta de la izquierda, un universo especial se abre ante tus ojos: uno lleno de lecturas, de conversaciones sobre autoras, de nuevas letras y sobre todo de libros: títulos especiales, títulos leídos, algunos no tan conocidos, otros recomendados por buenos conocedores, algunos olvidados y recuperados; otros, joyas editoriales, hechas poco a poco, artesanalmente y con el esmero de que sean objetos especiales y apreciados para aquellos lectores que son desconocidos.

Con las hojas de parra se puede envolver la comida, se puede cocinar, se cubren amasijos como el tamal y con ella también se puede degustar un buen vino.

 

Aquí, con estas Hojas de Parra se saborea el olor y el sabor de la Literatura. Esas hojas son las protagonistas de los libros, aquellos que Santiago y Camilo con precisión y esmero han ido seleccionando, recomendando y encargando a distribuidoras o editoriales independientes. En esas hojas siempre encontrarás una joya editorial, un libro extraño y bien elaborado, una nueva autora excepcional aunque, tal vez, no tan nombrada, un tema apasionante o un grupo de libreros que te hablan con pasión de las últimas novedades.


Hojas de Parra se ha ido expandiendo por las bifurcaciones de Nicanor, esa bella casa que desde el inicio se combinó con el deseo de sentarse a hablar de las letras, la literatura, los y las autoras, las conversaciones y el conocimiento.  Transmutó desde una pequeña bodega en el segundo piso a una pequeña habitación que pronto también se quedó corta. Ante la demanda de más y más lectores se tomó el ante-patio, se abrió a compartir la sala con el café y luego la antesala, el hall, la puerta, la terraza, el jardín… En Nicanor y Hojas de Parra no se puede respirar otra cosas que libros.

 

El árbol del vino se extiende, crece al lado de los pinos, cedros, chicalás, fresnos, urapanes, arrayanes, sauces y eucaliptos que bordean la universidad Nacional a la que ahora no podemos visitar. El café empezó con el empeño de Santiago Sepulveda y su madre quienes ante la premisa de una buena compañía, la conversación como género de la vida y el gusto por un buen café, fundaron Nicanor hace ya algunos años frente a la entrada principal de la Universidad Nacional por la avenida 26. Con el deseo de que la gente se reuniera en torno a lo que afirmaba Borges era otro género literario, la conversación, empezaron a servir a su mejor estilo los mismos deliciosos sanduches, capuchinos y jugos que podemos encontrar en su nueva, aunque no reciente sede. Y allí se quedaron para crecer. Empezaron a traer los libros leídos de Santiago, otros de editoriales extrañas o emergentes, armaron una pequeña biblioteca abierta para que las personas pudieran tomar los libros a su gusto.

 

Hasta que, seguramente por seductor, un libro de Nicanor Parra en una edición extinta e inalcanzable nuevamente, fue robado. Sucedió lo que tenía que suceder, al fin y al cabo,  para bien de todos nosotres, los que ahora no podemos vivir sin ese espacio encantador:  los libros no cesan en su búsqueda por alcanzar los párpados y las retinas y entonces empezó la gestión de un espacio con una persona encargada que pudiera hacer el seguimiento al préstamo de los libros, una persona que prestara los libros, hablara de ellos, los recomendara, se intercambiara el conocimiento que al fin al cabo es lo que sucede en el ejercicio del libro, un librero.

 

El árbol es imparable si no se tala,  crece, da sus brotes, acoge a sus visitantes. Entonces sirgió la idea de la librería. En alianza con Camilo Rico empezaron a traer más y más libros, a seleccionar el catálogo, a recomendar los leídos, los añorados, los incunables e irrepetibles y los que traía en su lomo la lectora. Aquí no todo es recomendación en una sola vía, es conversación.

Y como a veces todo sucede para bien, el arte de ese género y el deseo porque las personas solas compartamos un café también en compañía, se expandieron como buen árbol hacia otro lugar que les permitiera traer sus grandes anaqueles de buenos libros y donde pudieran hablar con autoras y autores en el marco de un excelente escenario: el patio con la pequeña fuente trasera. Ahí, diagonal a la nacho está su sede actual, muy cerca a la gran puerta por la 26 costado oriental, en el barrio Acevedo Tejada, al lado de una de las sedes de Nueva Cultura y en medio de lindos pinos, urapanes y acacias. No hay árbol de parra, pero están sus hojas.

 

Si decidiste atravesar alguna de sus puertas, no podrás salir nunca sin un libro. O eso me ha pasado. El arte de la buena conversación también se apodera de ti, puedes empezar callada y meditabunda a contemplar los libros de la mesa inicial que están dedicados a las ediciones independientes, emergentes y artesanales. Allí encuentras poesía, ensayo, narrativa, pero ante todo nuevas autoras, desconocidas tal vez, tremendos descubrimientos invaluables que marcarán tus caminos lectores. La última vez que fui, por ejemplo, buscando un libro de ensayos de Adrianne Reich, recomendada por una amiga; Santiago me mostró uno de sus libros de poemas en la edición de Sexto Piso.

El arte de la conversación hizo su magia, y además de contarme todo lo que les he narrado sobre la historia de la librería, con su tono pausado y sereno me propuso “reemplazar” el que buscaba por  El  sueño de una lengua común.

Y así sucede una transformación luego de un buen encuentro con un librero. No he podido salir de él, de su denuncia social y su queja, de sus bellas  miradas a la soledad y la exclusión femenina, de su grito hacia las heroínas y sus quejidos.

 

 

La conversación tiene tres momentos dice Isaac Magaña en este artículo, hablando sobre una reseña del libro de Piglia y Saer… “la primera surge en la soledad de la interiorización del momento y el mundo..”, allí frente a la mesa que acompaña una bella chimenea apagada por ser el marco de interesantes títulos, percibo y me antojo de la colección Errata Naturae y empiezas a maquinar ese diálogo en tu cabeza…¿ quién será esta autora, de qué trata este libro, podría la naturaleza volver a tomarse el mundo? Quiero un libro que hable sobre el aleteo de los pájaros, de las alas que andan en tu cabeza como eco de ese revoloteo, surge en tu cabeza la meditación que impugna siempre el libro…

 

El segundo momento, “la puesta a prueba de esas convicciones surgidas del silencio- el diálogo mismo” y es cuando aparece Camilo o Santiago, explotando el cerebro con sus recomendaciones, su buen humor y sus sustanciosas charlas. Si vas con una idea predestinada de una autora probablemente te la cambiarán radicalmente. La idea es recomendar otras autoras que vayan por la corriente que el lector ya trae dibujada en su cabeza, presentarle escritoras, ediciones o propuestas que no conocía antes, que las editoriales pequeñas con su gran músculo pero pequeña publicidad no han podido visibilizar a gran escala, me dice Santiago,  con ese tiempo que se da para paladear las ideas.

En esa conversación he conocido a Tania Ganiztky o Maria Paz Guerrero, Catalina Navas o Margarita García Robayo, Annie Ernaux, Agota Kristok, Maya Anyelou,  a la gran y ahora referencia inevitable en mi escritura sobre lo encontrado, lo perdido, lo único e inventado, la gran Maria Negroni.

 

Y luego llevarás el libro producto de la conversación a ese patio ya renombrado. Apreciarás desde su arco y si atraviesas toda la librería, sus estantes, sus mesas y sus encuentros, ese enorme árbol. Desde la entrada donde se escuchan los sonidos de la cocina, una pequeña fuente inactiva con plantas sembradas en su centro se anima el mural pintado con un fondo rosado, verás un árbol con pájaros habitándolo, te percatarás de los cocineros haciendo tortas y te sentarás finalmente a probar el capuccino con un sanduche o la deliciosa copa de helado con brownie.

 

Y allí se activa la tercera etapa de la conversación que es “la evolución de los daños o el rescate de lo que ha quedado y la aceptación de lo que irremediable, se ha transformado”.. En compañía de ese café o esas onces con aguaepanela que también venden en Nicanor, mientras ojeo ese libro y vuelvo a meditar sobre lo que en mi ha mutado desde la  conversación, lo que buscamos y encontramos en ella, en esa respuesta amable del otro, en esa semilla que irremediablemente ha sembrado. 

 

 

Recuerdo lo que en días atrás me cuenta Santiago. En pandemia la decisión de cerrar tomó a todos los establecimientos culturales con miedo e incertidumbre, las librerías no fueron la excepción y fue un período inicial de encierro en el que se permitieron preguntarse cómo llegar a los lectores, cómo mantener esa cercanía y esa consistencia en la relación librero lectora. Y encontraron pronto una bella herramienta, olvidada por algunos durante años y por la cual lograron reactivar la venta y comunicación por redes con todos aquellas que estaban en sus casa esperando una sorpresa anhelada: el correo.

Recuerdo muy bien que en ese momento de confinamiento estricto e inesperado,  recurrimos a esas bellas imágenes que nos proyectaban lo que los libreros nos proponían  desde sus casas y luego desde la librería:  recomendaciones de libros que seguramente hubieran pasado desapercibidos en alguna visita a la misma librería, citas de las sugerencias, seducción en la composición de las letras que nos hacía provocar aún más; imágenes de las portadas que son aún más bellas y provocadoras.

 

Aunque ya venían haciendo un trabajo desde la redes y los visitantes frecuentes también recurrían a ellas, muchas de las solicitudes del público proliferaron aún más por las novedosas selecciones. En el correo y su entrega se fueron restableciendo esas conversaciones, en las puertas de las casas cuando ellos mismos repartían los libros o a través de la ventana virtual por el interno de Instagram, Facebook o Whatsapp… En el confinamiento paradójicamente se logró visibilizar mucho más el trabajo que los libreros han hecho por siglos, y precisamente se le dio protagonismo a todos esos títulos que siempre esperan cautelosos a su mejor lector.

En el correo también venía la esperanza de la compañía, la felicidad de que algo pasara en medio del tedio del encierro, la siempre feliz esperanza de una buena historia, un buen personaje, una narración que nos sacara por fin de la eterna mirada por la ventana. 

 

“Todas esas lectoras que estaban en casa empezaron a descubrir qué libros que esas otras librerías no tenían o que solo se podían encontrar en esas librerías independientes (...) fueron explorando y nos encontraron”.

Un tiempo inesperado de cosecha, de repente, lo que años tras años la librería estuvo sembrando explotó en una rica vendimia, en el aprecio de sus frecuentes visitados, de las arduas lectoras que añoraron la compañía y la conversación de ese libro recomendado.

La librería creció, el café se mantiene, sigue luchando y anhelando la visita de esos estudiantes y profesores que muchas veces hicieron sus clases allí. Nosotras, clientes, lectoras y charladoras anhelamos cada día que esto vuelva a esa cotidianidad, la que seguramente no apreciábamos, en la que podíamos mirar de frente la boca, reir intensamente, toser sin prevención y con alegría.

La magia que Santiago y su madre imaginaron sigue viva. Se atizó aún más con la leve insinuación de la muerte de las librerías independientes, la posibilidad de que no tuvieramos la mejor conversación en el confinamiento, la extinción de los libreros. Les lectores, ávidos de que ese momento no desapareciera acudieron a la adquisición por adelantado de cualquier título y esperaron en sus casas a que el timbre resonara. Cualquier alivio del apocalipsis es bienvenido, mucho más si viene representado en el olor y las letras de un libro.

Ahora, en el presente abrumador de la post-pandemia (sin que haya pasado la pandemia) se mantienen las dos modalidades: la virtual y la presencial. Sin embargo, a pesar de restricciones, miedos y sensaciones, ir a Hojas de Parra y al Café Nicanor siempre será un bálsamo, un puerto seguro al que llegar en búsqueda de una buena conversación, una nueva perspectiva sobre lo que buscamos, un delicioso refugio que acompañamos con el siempre literario buen café.

 

Y nunca, jamás nunca...Jamás el fuego nunca -como diría Eltit o Vallejo- saldrás de allí sin un libro en las manos.

 

 

 

 

***

Esta crónica hace parte del proyecto Itinerarios Temáticos: arte y cultura resistente en Teusaquillo, ganador de la beca Es Cultura Local, Teusaquillo.

 

 

Es Cultura Local

 

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