De Música

Cambalaché y la creación de una muñequita de sal marina

AUTOR: Juliana Méndez A.

FECHA DE PUBLICACIÓN: 12-05-2021

Bogotá es una ciudad de ceniza. Una perpetua humareda gris amenaza con apoderarse del suelo, las fachadas, el rostro de los transeúntes, el cielo, todo. La temperatura redondea los dieciséis grados centígrados, aunque la sensación térmica es menor, y la lluvia de despojos es cada vez más violenta. Envuelta en una cobija, enciendo el computador y busco en YouTube a Los Muñequitos de Matanzas, una agrupación musical de rumba fundada en 1952 que se ha erigido como baluarte de la cultura nacional en Cuba.

Sarabanda, título de la pieza que se reproduce, es el nombre de un dios de la religión palo o congo, que fue desarrollada por esclavos de África Central que trajeron a Cuba. Sarabanda es la deidad del trabajo y la fuerza, y es su potencia la que da apertura a la canción. Las claves, un par de bastones cilíndricos de madera maciza, marcan el tiempo con un sonido agudo inigualable, capaz de superponerse sobre el aguacero que recia al otro lado de la ventana. Luego, sin esperarlo, otros instrumentos de percusión se incorporan y mis oídos inexpertos apenas pueden distinguir los bongós, las congas y el cajón de rumba… protagonistas que parecen ir en direcciones opuestas para reencontrarse en una armonía a la vez acogedora y excitante.

Ahora la música circula por mi sangre. Me permito bailar aquí sola, en la habitación. Me sirvo del derecho de expresarme con mi cuerpo para inaugurar mi tiempo y espacio propios, para callar lo que hay afuera. Bailo hasta que el frío desaparece. Bailo hasta que puedo sentir la arena entre los dedos de mis pies descalzos. Bailo hasta escuchar el sonido del oleaje. Bailo hasta estar cubierta de sudor, hasta llegar a ser una muñequita de sal marina. Y en medio de la danza ya no estoy en Bogotá, la ciudad de ceniza.

Llegué a Los Muñequitos de Matanzas gracias a Cintia Alejandra Bonilla y Andrés Buitrago, quienes junto a Diana Margarita Ortiz gestaron el proyecto Cambalaché. Ellos coincidieron cuando eran estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) en el grupo Zambó y su amistad se fortaleció en un viaje que hicieron a Cuba, a propósito de la graduación de Cintia y Diana. Sin embargo, la visita a esta isla del caribe pronto se convirtió en una oportunidad de estudio y aprendizaje gracias a La Fiesta del Tambor.

El Festival Internacional Fiesta del Tambor Guillermo Barreto in Memoriam es un concurso, fundado por el baterista Giraldo Piloto Barreto, para dar a conocer la preponderancia de la percusión en la música caribeña. Este evento, que se realiza anualmente desde el 2001, además de propiciar el encuentro entre invitados extranjeros, las principales orquestas de música popular bailable, las compañías de danza más destacables del país, grupos de jazz y agrupaciones folklóricas; ofrece clases magistrales, visitas a sitios culturales y otras actividades.

Puedo imaginar a Cintia, Diana y Andrés charlando con los artistas en medio de una fiesta que pasa por muchos estados, como la música afrocubana en sí misma. «Quizás sea por el sistema político, no lo sé», me dijo Andrés refiriéndose a la cercanía con que los músicos se alejaron del escenario para relacionarse con el público. Tal vez él tenga razón, tal vez el comunismo tuvo poco o mucho que ver; pero también me gusta creer en el poder que tiene el arte para reunir a las personas. Así mismo, me figuro a estos tres jóvenes caminando bajo los pasillos abovedados de la Universidad de las Artes, antiguo Instituto Superior de Arte (ISA), para ir a un curso de extensión sobre percusión impartido por Ariel Fermin Casanova.

Puedo afirmar con certeza, porque así me lo hicieron entender, que Cambalaché no habría sido posible sin este profesor, conocedor de las prácticas culturales y cosmovisiones de la religión yoruba. Gracias a Ariel, Cintia, Diana y Andrés confirmaron lo que ya intuían: las músicas tradicionales de Colombia y Cuba pueden ponerse en diálogo, porque ambas tienen sus raíces en África. Influenciados por el entusiasmo característico de quienes se deleitan con el saber y una promesa hecha en el 2019, se propusieron encontrar los medios para traer a Ariel a Colombia. Y aunque al principio tuvieron poco éxito, fueron creando a su alrededor un círculo de personas interesadas en este proyecto aún incipiente, como Rafa Lozina, María José Salgado y Antonio Guevara.

Pero ¿qué es Cambalaché? El neologismo ‘cambalaché’ es una palabra compuesta por dos términos: ‘cambalache’, nombre coloquial con el que nos referimos al intercambio; y ‘aché’, que en la religión yoruba se usa para hablar de la energía elemental del universo. Cambalaché es un encuentro músico-cultural entre Colombia y Cuba, posible gracias a la beca Es Cultura Local, donde se articulan la formación, creación y producción.

Este proyecto inició con una convocatoria dirigida a los músicos de Teusaquillo, de los que solo veintiuno han sido seleccionados y que ahora conforman tres agrupaciones de siete personas cada una. El objetivo es proporcionarles una formación en música y percusión afrocubana, rumba, comparsas, tambores batá, etc. a través de talleres, laboratorios creativos y workshops, estos últimos abiertos al público en general. Al finalizar los dos meses que por el momento dura la iniciativa, se difundirán registros sonoros con creaciones propias dispuestas al oyente con saborcito, ese que desea bailar hasta convertirse en una muñeca o muñeco de sal marina.

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Las imágenes fueron tomadas sin ánimos de lucro del Instagram de Cambalaché (@cambalache_musica).

Esta crónica se publica en el marco del proyecto Itinerarios temáticos: arte y cultura resistente en Teusaquillo, ganador de la Beca Es Cultura Local-Localidad de Teusaquillo.

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