De Lectura

Matorral. Esa hermosa Timidez que crece entre árboles

AUTOR: Carolina Silva Lurduy

FECHA DE PUBLICACIÓN: 14-05-2021

 

Encontrar tesoros en la hojarasca

 

Matorral.  Esa hermosa  Timidez que crece entre árboles

De la serie: Lectores, libreros y librerías de Teusaquillo.



I

Si la definición de matorral es conjunto de matas intrincadas y espesas o un campo inculto lleno de matas y malezas, esta librería no le haría honor a su nombre. En la entrada no encontrarás matas intrincadas sino un jardín de sencilla belleza, pequeñas mesas, un café adaptado en un garaje y una bella fachada de ladrillo representativa de la arquitectura teusaquillense. A la izquierda los pequeños jardines te van introduciendo en un pequeño bosque, te aislas un momento de la ciudad y lo brumosa que puede ser a veces su presencia. Entre la tierra y los pequeños cocuyos de las flores, mermeladas, pasifloras o campanillas; salta un animal pequeño por aquí, un marranito, un llanto de bebé, una  monstera por allá. No es un sueño, pero parece. Y si lo fuera sería apacible o divertido, como los que narra Georges Perec en la Máquina Onírica, un libro, por cierto que compré allá, en ese jardín de letras y libros. 


Aparece de repente como si fuera un túnel a un lugar no imaginado, por entre el ramaje de árboles frutales: tomate de árbol, feijoa y  brevo, separados por ese fenómeno sublime y sabio de los árboles: la timidez;  distancia cuidadosa y respetuosa que se crea entre las ramas, un espacio mínimo de luz y energía que le permite crecer holgados, reconociéndose, admirándose y permitiéndose la luz de los otros. No se tocan, construyen un espacio vital por el que se introduce una bella forma luminosa que va formando senderos como un camino. Y en esa distancia entre los árboles surge de repente la librería Matorral.

 

En mi sueño de jardines no hay espacio para la maleza, no crecen ramas intrincadas sino anaqueles repletos de sentidos, organizados y seleccionados con cuidado, de a pocos, con tiempo y distancia. Entre un bella bóveda de cristal que se extiende por esa brecha que sabiamente construyen los árboles; Matorral es entonces ese bello domo de atrás de la casa enladrillada, por entre la timidez de las plantas que se ha instalado en el barrio la Magdalena. Parece una pequeña casa, o mejor, un observatorio lunar con sus grandes vidrios y su escalera en caracol.

Parecería un lugar común decir que las librerías son un refugio, a veces los clichés son reales; Matorral lo es, es una cueva, un cobijo para escapar de tanta bruma, de tanta confusión. Te introduces a la pequeña cabaña y encuentras estantería de libros clasificados de diferentes maneras, por género: novela, poesía, narrativa, ensayo, crónica; y entre esa espesura el mundo de las editoriales independientes que se despliega en la mesa central y va subiendo por un tronco, una estantería que nos indica las novedades escogidas y atrás, cerca a un bello espacio dedicado a las libretas, los diarios y las bitácoras, Andrés y Cesar, sus libreros y fundadores.

 

Como si fuera poco, ese refugio tiene un escondite aún más acogedor y amable: una especie de buhardilla, un segundo piso al que se accede por una escalera naranja, de sonido metálico que anuncia que algún lector se metió en el túnel de forma de caracol. Entonces, parecieramos estar subiendo a la copa de esos árboles: tomate, feijoa, brevo hacia uno de nombre aún desconocido: Matorral. Allí, ensayos, crónicas, investigación en Ciencias Sociales, Filosofía, libros especializados en arte, Historia ocupan lugares importantes. 

Matorral es nueva y no lo es. Hace aproximadamente dos años se instaló en esa casa donde en un pequeño local se hizo realidad el sueño de dos amigos que se conocieron en la universidad y entre conversación y conversación descubrieron bibliofílias…..Cuenta Cesar, “un día nos reunimos y Andrés tenía la idea de un negocio y le conté que siempre había tenido la idea de hacer una librería”. La idea creció espontánea como la maleza en un jardín nace y se expande orgánicamente, se extiende, palpita, no la detiene nadie.

 

El fulgor de dos jóvenes apasionados por los libros fue trepando, bifurcándose y extendiendo como una enredadera. Visitaron otras librerías independientes, hablaron con libreros, editores y gestores, conversaron con expertas. De repente, llegó el ofrecimiento del local dentro de esa bella casa. “Todo empezó hace algo más de dos años, Andrés Archila y yo, Cesar Hernández, y en un momento donde ambos estabamos sin trabajo... le dije que yo había pensado hacer una librería, y ahí nos pusimos a recorrer librerías, hablar con libreros y empezamos (...) nos pusimos en la tarea de pedir libros, tenía el café... abrimos en marzo 18 del 2019 y desde entonces no hemos cerrado"

 

No lo dudaron. Entonces desde esa conversación, del sueño, de la idealización se tejieron las cosas, se expandieron, como el jardín de los senderos que se bifurcan.

 

II

 

Me despierto entre el matorral, entre árboles. Miro hacia arriba y alcanzo a distinguir la forma de las feijoas, las brevas y los tomates de jugo. Distingo aromas, el frescor de las matas, de la maleza, del rocío fresco y de los libros. Pocos aromas, tan particulares como este.  Entre las nubes, el jardín y la posibilidad de la imaginación entro a un extraño habitáculo, un domo desde donde se divisa el cielo, los anaqueles y los árboles frutales que entre la maleza se alzan imponentes. 

En estos últimos sueños y fantasías del fin del mundo he llegado a todas las librerías entre árboles, entre recuerdos de buenos momentos y anhelo de salir de alguna manera del mundo.  Si entro a ese agradable recinto pequeño y alargado, el refugio perfecto para explorar e investigar me encuentro con los libreros, y empieza un amable intercambio. Entre lecturas, juventud, amabilidad y cercanía se siente la compañía y recomendación de buenos títulos, de diversos autores y de ediciones inesperadas. 

Ojeo una colección no pensada ni premeditada de Fluxus escrito. Una serie de preguntas experimentos, reflexiones y meditaciones textuales de aquellos artistas que escriben y traspasan las fronteras de los medios para convertir lo plástico en escritura. En ese segundo piso hay todo un despliegue de títulos, crónicas, por ejemplo de Alma Guillermo Prieto y Leila Guerriero, artículos, textos periodísticos, ensayos y  un título de poesía concreta.

A veces, cuando empieza a pensar en un tema insistentemente, comienzan a aparecer las revelaciones de títulos, autores o autoras, párrafos, referencias y disertaciones. Allí se me aparecen, y esto me hace pensar que aquí no hay un cúmulo de títulos, ni las sugerencias de moda de editoriales comerciales o solo las últimas obras de furor. Persiste, sin lugar a dudas, en estos páneles una selección pensada que va dando ideas y revolotea en la cabeza de los lectores como aquel que empiezo a ver en estos momentos picoteando el árbol de tomate de jugo -así lo llamaba mi abuela. Lo veo por entre esos rayos tornasolados que como milagros aparecen en las mañanas de Bogotá. 

 

 

Bajo la escalera naranja de caracol, con el libro en la mano y como con la inocencia de una niña que baja de una buhardilla cuidando el tesoro que ha encontrado; me encuentro de nuevo con Cesar que continúa ingresando los títulos de nuevas adquisiciones seguramente a la base de datos. Hablamos.

 

¿Qué es lo más difícil de ser librero? Le pregunto. Y él, a quien tal vez ya se le volvió costumbre hablar y trabajar al mismo tiempo, me contesta:

Pues conocer. Esto es un negocio muy raro porque es inabarcable, puede ser frustrante, es muy difícil de reconocer que no se sabe. 

De repente nos interrumpe un comprador, un buen lector, presumo, puesto que lleva en su mano 5 o 6 libros de la expedición que ha hecho por la librería.

César le pregunta: ¿qué tal les pareció la selección de la librería?

Muy buena, tiene cosas... poco usuales. Responde.

Enseguida como maña o hábito de buen librero le hace una recomendación inédita:

Por ahí ví que estabas viendo un libro, Tierra y Tiempo de Juan José Morosoli, son cuentos, es un autor que a nosotros nos encanta, porque es un autor uruguayo de comienzos del Siglo XX que escribe unos cuentos tremendos sobre la ruralidad, son unos cuentos hermosos. Muy recomendado para cuando te llame la atención.

El visitante lo piensa un poco, duda, deja crecer la inquietud. Y la recomendación hace su magia. Finalmente, se decide.

Pónmelo con los otros. Exclama. No de vas a arrepentir, replica Cesar.

 

 

No despierto, siento que estoy en esos parajes que narró Morosoli, siento la soledad caliente del campo y ese viento que es fuerte me levanta en el sofá del segundo piso, de donde bajo, tomo un respiro y sigo mirando; abarcando lo inabarcable, haciendo consciencia de lo que dijo Cesar y es que el infinito y lo inasible está en los libros.

 

III

 

Abro la mirada y palpo el libro que tengo en la mano La cámara oscura. Su portada tiene una textura deliciosa y cuando meto la mano entre sus páginas me doy cuenta que sus hojas son dulces y cálidas. Recuerdo que ese libro, luego de buscar mucho, lo conseguí en Matorral. He soñado despierta o he caminado soñando que visité a Cesar, que caminé entre los pequeños jardines antes de llegar a ese observatorio de libros, a ese árbol que crece entre la timidez.

Me volví grande y pequeña mientras él hablaba con los lectores, fui y volví entre las ramas y los picoteos de pájaros que probaron esos frutos. 

En medio de tanta incertidumbre y dolor actual, hay lugares que nos sobrecogen, que nos dan esperanza, esa cosa con plumas de la que hablaba Emily Dickinson; hay otras que al mismo tiempo nos abruman. El saberse vulnerable frente a una cantidad inexplicable de libros y dentro de ellos lo que fue nombrado. 

 

— Abarcarlo todo es imposible. Sé que nunca en mi vida voy a poder leerlos todos. A veces te corchan, podría decir que los he leído todos pero no puedo, mentirle al lector sería gravísimo. Puedo decir que lo he escuchado de otras voces. A mi me gustaría leer el 90% de los libros que están acá, pero sé que no lo voy a poder hacer. La vida es corta y por más que quiera, nunca voy a poder. Afirma Cesar. Es cierto, el jardín se bifurca, es inabarcable, y los relatos se extienden, se convierten en voces, en letras, en relatos narrados de diferentes maneras, nunca podremos conocerlos todos.

 

El sueño me arranca la mirada, me cierra los ojos, camino nuevamente por la timidez de la librería, recorro con los dedos los mil y un libros que quiero leer. Me llaman y me tientan. Las autoras innumerables de las que nunca me contaron en la universidad y de las que tanto hablan ahora estos libreros: Marbel Moreno, Alba Lucía Ángel, Alma Guillermo-Prieto, Silvina Ocampo, María Teresa Ampuero, Margo Glantz… muchas otras, infinitas porque no han sido aún encontradas.

Detrás del sueño despierto de estos supuestos negocios hay siempre mucho más. Hay un trabajo de introspección y de exploración, de ir en búsqueda de lo desconocido y lo revelador, algo que por fin le dé algún sentido a lo que vamos viendo y experimentando en la vida. 

Un pequeño refugio lleno de sosiego, quietud y amor es lo que andamos siempre buscando. 

 

Afortunadamente en ese encierro que todos vivimos, que fue forzado, afortunado para muchos, de quiebra para otros, la mayoría de las librerías independientes tomaron más fuerza, se mantuvieron gracias al trabajo de las redes, del contacto virtual con sus principales visitantes. Ahora, en este momento, aún confuso y violento, podemos caminar por esos jardines, hacer que el arrojo brote por entre gajos, imaginar por un momento que César y Andrés pueden leerlo todo, para que así, puedan recomendarnos más y mucho más  y que de repente caigan del árbol muchas feijoas para comer o hacer un jugo y tomarlo debajo de sus ramas; eso, solo eso empuñar un buen libro y no las armas. Así, resistirse a las bombas que suenan afuera, a las torturas, creer que somos un cuerpo y no un botín de guerra.

 

Matorral ha crecido entre la timidez de los árboles, entre las matas intrincadas y espesas, entre el conjunto de plantas incultas y espesas. Ha transgredido la acepción anunciada en el diccionario, es inabarcable como dice Cesar, pero es un sueño en una casa trasera al que todos accedemos en tiempos de resistencia. Es ese hermoso jardín que todos queremos, se ha convertido en ese inmenso Jardín de los senderos que se bifurcan. 




 

 

 

 ***

Esta crónica hace parte del proyecto Itinerarios Temáticos: arte y cultura resistente en Teusaquillo, ganador de la beca Es Cultura Local, Teusaquillo.

 

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