De Escena

Esmeralda, la de las manos que hablan

AUTOR: W. Julián Aldana

FECHA DE PUBLICACIÓN: 17-06-2021

 

Entrevista Esmeralda

 

Esmeralda, la de las manos que hablan

Los títeres del Teatro Comunidad

 

 

¡Yo no sé porqué cogí esa costumbre de escribir las crónicas como si te estuviera hablando exclusivamente a ti LectEr! Es una prácitca ya vieja, si viejo se le puede llamar a un hábito que uno ha cultivado por más de seis años. Pero a veces LectEr, tienes un nombre diferente: sigues siendo LectEr, pero hoy, por ejemplo, te llamas Esmeralda. Sigues siendo tú, pero hoy tienes cara y en mi mente todavía tienes voz femenina. Hoy también tienes manos, esas mismas que quizá te miras en este momento, las mismas con las que has hecho cientos de muñecos por más de 30 años. Hoy tienes brazos: esos que acostumbraste a no cansarse de estar estirados hacia arriba, asomando solo la palma y cinco dedos, que miles de personas hemos visto disfrazados de Úrsula, de conejo, de malandro o de quien sabe qué otra cosa.

 

El niño de la selva

Cómo no escribirte Esmeralda, si cuando hablas me muestras con el aura de artista que te rodea, que los títeres son objetos mágicos. Si cuando me cuentas esa historia, se ilumina tu espíritu y yo lo veo rebosante de amarillo – y no verde como tu nombre –, como debió desparramarse ese día, en el Gilberto Alzate Avendaño, cuando después de Macondo, el cuento que se llevó el viento, se acercó a ti una mujer con su hijo para comentarte sobre la obra. Tú, Esmeralda, la del glorioso nombre, tenías todavía a Úrsula en tu mano y el niño comenzó a hablar con ese muñeco que seguro le respondía. ¿Cómo te sentiste al ver a la madre llorar viendo a su hijo en diálogo con tu mano disfrazada, cuando el pequeño jamás emitía sonidos vocales por causa del autismo? ¿Cómo es que ese objeto inanimado adquiere ánima, y niños y adultos ignoramos la mano, ignoramos el brazo, ignoramos al artista, y nos convencemos de su voz, de sus movimientos y de sus historias?

 

Historias que has contado a tantas familias, por ejemplo, en “Arte para la primer infancia”, los talleres de iniciación artística realizados con tu Teatro Comunidad unas once veces en Bosa, Providencia, Pastó, Quibdó… Y todo esto comenzó, quien lo creyera, cuando no existía la idea de la primera infancia: un jardín infantil los invitó y no sé si tú o Javier (Montoya) imaginaron que sería uno de los proyectos más importantes y que viajarían por el país relacionándose con los niños y motivándolos a desarrollar la dimensión estética con el canto y el juego.

 

Imaginar el futuro, proyectarse, querer cosas Esmeralda, es un juego divertido, pero a veces las cosas no salen como uno piensa. O yo no sé si esa tarde lluviosa manizalita, cuando presentaste junto a Javier la primera obra de Teatro Comunidad, imaginaste que fundarías la Casa de los Títeres en Cali y que luego harían una mudanza no a otro barrio, a otra ciudad, a Bogotá. No sé si llegaste a pensar que 30 años después continuarías ampliando esa casa porque 300 o más muñecos exigen, amotinados, un lugar nuevo. Esa casa que estás buscando, ese lugar que te está esperando, que los está deseando: a ti, a Javier y a los títeres que también merecen ese lugar.

 

El niño de la selva

¿Cómo se puede vivir tantos años con el brazo levantado? La fuerza de esos brazos enhiestos, “no se mantiene solo con taquilla”, me cuentas, por eso se hacen necesarios los apoyos. Como el Apoyo Distrital de Estímulos antes de la pandemia que por culpa de ese “bicho miserable” – como diría Coco Badillo – casi tuvieron que devolver. ¿Devolver el dinero? Sí. ¿Lo hicieron? No. Porque asumiste el reto de llevar el arte en vivo y la retroalimentación de los niños al lenguaje audiovisual. Y no hiciste lo que otros harían: grabar la obra de títeres con una cámara frente al teatrino. No. Esa no es Esmeralda, ese no es Javier: no solo grabaron con varias cámaras y exploraron un nuevo lenguaje; también, para no solamente imaginar que el puntico rojo del aparato grabador eran los niños, se te ocurrió el disparate de proyectar con un videobeam, frente al teatrino, la imagen de unos cien niños. Muchos más los han visto; muchos muchos más los verán.

 

Sin embargo, “nunca es suficiente” porque los gastos siempre son muchos, Cámara de Comercio, impuestos, mantener el repertorio y los equipos, arriendos, servicios… ¿Dónde Julián, guardamos el repertorio de 11 obras? me dices, Esmeralda, la creadora de títeres, porque los más de 300 muñecos que albergas y todas sus cosas no caben en un apartamento.

 

Úrsula Iguarán

Esta experiencia te llevó a ti y a Javier, a comprender que rehacer en video las obras realizadas por más de 25 años, implicaba otras cosas: dejar el teatrino a un lado, manipular los títeres con otro ritmo, e incluso moverlos de forma diferente. Las reglas del teatro de títeres también se rehicieron pues ese nuevo lenguaje exigía técnicas apropiadas. ¡Y vaya si funcionó! En estos tiempos de cientos de muertes al día por COVID, Teatro Comunidad multiplicó la audiencia y han sido una alternativa en la pantalla. Me alegra profundamente cuando me cuentas que esa retroalimentación de los niños proyectados por el videobeam, se ha traducido en fotos y videos enviados por WhatsApp por muchas familias: bebés jugando frente a la pantalla, niños felices viéndolos desde un celular, o familias frente al computador bailando como en una fiesta. Con este y otros proyectos, lograste pasar de una obra de títeres por semana, a cuatro por Zoom.

 

Y por ese lado llega la beca Es Cultura Local, en 2021. En un homenaje los titiriteros y la literatura, rehaces dos obras: El niño de la selva, inspirada en Zoro, de Jairo Anibal Niño, y Macondo, el cuento que se llevó el viento, inspirada en el universo literario de Gabriel García Márquez. Se trata de una realización profesional, con sonido, música, iluminación, producción y grabación a cuatro cámaras. Como apoyo al gremio, grabas estas obras en La Libélula Dorada, en ese espacio fabuloso que tienen los libélulos. Me perdí la presentación de las obras, pero prometo verlas cuando las activen en el canal de Youtube, a cambio de algún dinero.

 

¡Ah Esmeralda, la de las manos que hablan! Una de las cosas que más me gustó de nuestra conversación fue aquella en la que me contaste el proceso creativo de algunas obras; diferentes todos, porque el detonante nunca es el mismo. Así que ¡Boom!, un día en Teatro Comunidad resultó, no se sabe cómo, una muñeca vestida de azul; fea además. Este personaje cobra una importancia inusitada porque de repente encarna a una niña recicladora que transforma rondas infantiles en mensajes para niños: esa niña de Patio Bonito que un día conociste. Y otro día, o tarde o noche, no importa, llega otro ¡Boom! A partir del tema de Manuelucho, el primer títere colombiano, crean El Fantoche, una obra de títeres para adultos. Con la dramaturgia de Javier Montoya, montan una historia sobre corrupción de un personaje que le vende el pueblo al Diablo: relatos que no nos son desconocidos en esta tierra donde la gente de bien, es de bien porque puede dispararle un arma a un estudiante o un artista o a una estudiante o una artista. Y qué decir de otro ¡Boom!: el reto que el director cubano Julio Cordero les pone un día, o una madrugada o un anochecer: ¿A qué se le medirían si tuvieran que hacer en títeres una gran obra universal? Y tú, con Javier, comienzan a pensar en una dramaturgia agradable para niños. Producen una escaleta. Escriben. Hacen arreglos narrativos con poco texto y muchas acciones; algo dinámico para una hora. Piensan en la concepción de los títeres: muchos muchos muñecos; diferentes técnicas: planos, de varilla, de guante, marotes… Ensayan, ensayan y ensayab. El resultado es algo del Boom con Macondo, el cuento que se llevó el viento.

 

Hormigas

Hasta que el reloj de Zoom nos indica mentiroso que hemos hablado 40 minutos cuando llevamos 50. Es en ese momento, Esmeralda, la de los títeres y la guitarra, cuando exultante me cuentas sobre cuán mágicos son los títeres y la historia del niño que habla con tu mano disfrazada de Úrsula. Me cuentas cómo los niños del curso que das los sábados en la Javeriana, te preguntan por Pascual, el títere con el que introduces tus clases virtuales. A ellos tampoco les importa que sea tu mano con un títere de guante la que les habla. Ellos también entran en el pacto mágico de ignorar la mano, el brazo y la artista, porque eso tienen ustedes los titiriteros: nos llevan a un mundo fantástico en el que dan alma a algo que, en teoría, no la tiene. Porque ellos dejan de ser el trapo o el guante o el móvil  y se convierten en narradores, personajes, tiempo, espacio, y con sus historias nos sacan del lugar que ocupamos para vivir juntos momentos que podrían quedarse con nosotros muchísimo tiempo. “Y esa magia”, terminas con eso, “tiene que ver con algo atávico, cuando hay un bebé, la mamá con la mano lo anima, anima los dedos y le hace voces… todos esos juegos que tienen que ver con la niñez, se resumen en los títeres”.

 

Y yo, Esmeralda, la del aura amarilla, resumo nuestra conversación en felicidad.

 

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Esta crónica es producida en el marco del proyecto Itinerarios Temáticos: arte y cultura resistente en Teusaquillo, ganador de una de las becas Es Cultura Local, Teusaquillo. 

 

Es Cultura Local

 

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