De Música

Sonidos en blanco y negro de la Bogotá nocturna de Covid

AUTOR: Michael Carranza

FECHA DE PUBLICACIÓN: 08-09-2021

Sonidos en blanco y negro de la Bogotá nocturna de Covid;

la voz de Interpol en los cuerpos capitalinos.

 

 

Caminar por las calles vespertinas de esta Bogotá arrogante que se cree en post - pandemia es como recorrer una ciudad que se ha olvidado de sí misma; en medio de la soledad que la acongoja a pesar de su imponente soberbia, de su superioridad arrolladora que se nutre de la nada, sus calles que cargan con orgullo insípido la herencia muisca de territorios de poco arraigo se tornan cada vez más oscuras, más opacas por las sonrisas ausentes de unos habitantes que encuentran en sus pasos un destino cada vez más insondable a merced de un virus biológico, social y moral que ataca ferozmente a sus puertas. Pero paradójicamente, sus calles y sus cuitas se ven más lúcidas que antes del ataque viral, son más blancas y más prístinas, quizá por el tibio reverdecer de unas almas espectrales que tímidamente se funden entre el murmullo del humo de cigarrillos y los aquelarres de voces solitarias que buscan un nuevo amor furtivo para volver por unos instantes a tiempos más benevolentes. 

 

Esta ciudad nocturna cada vez más fría, más desigual, más ensimismada y orgullosa a pesar de los golpes de cuarentenas morales y físicas, necesita de una voz sonora que renueve los ruidos rústicos de esos sujetos melancólicos que no saben lidiar con el dolor del encierro, y que buscan con formas cuestionables desahogarse en el desenfreno que habita la ambigüedad de estas noches negras atiborradas de una luz renovada intenta inundar la nueva normalidad. Esta escena del sujeto post-postmoderno bogotano (si en esos términos podemos hablar de unas gentes que apenas viven en el significado de lo postcolonial) necesita de una nueva musicalización para escenas donde se superponen calles plagadas de avisos de bancarrota, de botellas de alcohol para manos y corazón, y dentro de las cuales se oculta solapadamente un deseo nocivo por contacto social bajo luces de neón y bombillos de otro color.

Esta orquestación vocal lúgubre no obstante habita en otra ciudad que nunca duerme y que se encuentra al otro lado del mundo; este sonido que vive desde hace 20 años en Nueva York, una tierra que delimita sus movimientos por el compás de unos sonidos líricos provenientes de sus entrañas, busca penetrar a través de ondas digitales las planicies de nuestra Bogotá, para darnos una mano como sopranos en un naufragio del que no queda más que contemplar; esta banda sonora es el ruido blanco y negro de Interpol, hijos de la Gran Manzana que viven dentro del desenfreno de la melancolía. Y es que al escuchar los matices sonoros que se configuran en las letras de la banda liderada por Paul Bank, donde unos dilemas corpóreos toman forma de canciones urbanas que reflejan una existencia llena de deseos oprimidos navegando profusamente entre la sordidez y el pudor, la soberbia y la timidez, la palidez y la oscuridad, pareciese que quisieran estos entes darle voz a unos cuerpos inertes que torpemente transitan la nueva noche de nuestra adusta ciudad. Las voces que se escuchan ensordecedoras al caminar entre las gentes de la ciudad después de la puesta del sol, y que parecen discutir con este pueblo viejo y obsceno que quiere rescatarse del pudor para vivir de nuevo en la opulencia de las sensaciones, simulan arrebatarle a Interpol de sus letras líneas inconclusas que declaran las intenciones y prestaciones emocionales surgidas dentro de esa nociva relación entre ciudad, sujeto y soledad.

 

Dentro de la infinidad de cuerpos recubiertos por el miedo y el pudor, de ojos ávidos de almas para ver, de caretas que como piezas de lencería se convierten en la prenda erótica predilecta del siglo XXI, la cual vela los deseos eróticos de una desnudez facial más cercana a la fragilidad del alma que la del cuerpo, los movimientos, voces y sonidos de esta ciudad derruida se acompañan de fragmentos de letras escritas en otros tiempos y en otras latitudes por individuos que durante sus 20 años han insensatamente predicho el sentir de los bogotanos que se aventuran en esta pandémica clara oscuridad.

 Con los matices del blanco y el negro vislumbrados en sus ojos como el único refugio lícito de sus desoladas caras, las canciones interpoleras surgen como vapor de las bocas cubiertas, y se cuelan sin ser percibidas entre las rendijas del alcantarillado capitalino para dar un aliento de vida a las voces citadinas. La indecisión e incertidumbre de la interacción, la irónica relación con el deseo reprimido camina trepidante entre los recintos de los bares  reabiertos de esta nueva normalidad: “no te puedes sentar, te caiste muy rapido; llegaste en el momento indicado, llegaste muy rapido (Song 7)”. Estos susurros introvertidos temen no encontrar de nuevo refugio en los cuerpos físicos, y reflejan ansiedad por el cruce de miradas, única vía de intimidad corporal admitida;  porque la boca está prohibida, y las salivas son ahora sacrilegio que escupe a la cara de la soledad. Es por esto que, como afrenta desalmada al optimismo, las mesas de los bares se plagan de gentes expectantes ante las botellas de alcohol de doble uso, gentes que luchan por no desviar su mirada ante el erotismo que suscitan las mejillas, los labios y los dientes al desnudo; “eras como una nube, como una flor; ahora sabes a limón, tu amor es amargo (Song 7)” retumba como un reclamo ante la traición hecha por la ciudad a ese amor que nacía de dos bocas y que ahora es tan inmoral como el olor del almizcle en las manos de dos reos prisioneros de la libertad.

 

Pero también se escuchan voces de valientes que intentan refrenar sus impulsos a través de la congregación de sus deseos en la charla con una imagen de formas solícitas; maneras diversas hallan los bogotanos de hablar con sus objetos de deseo, rozando a la vez el peligro de que la muerte les llegue dentro cuatro paredes blancas y un tubo que atraviesa la respiración. Como una consigna de lucha, los aventureros parecen acuñar, infundidos por el efecto del alcohol y quizá algo más, mantras de falsa y superficial valentía: “soy eterno como un reloj roto, y hago tanto dinero como Fred Ataire; veo que te resistes a mis encantos, pero soy como un pitbull a la hora de atacar (Take you on a cruise)”. La falsa seguridad prestada parece mostrar una irrebatible voluntad por saciar un deseo de autosatisfacción, reflejo del gran desprecio que tienen las voces por sí mismas; vivir solos es tan insoportable que es mejor atizar el dolor con migajas de atención, residuos impuros de objetos mecánicos: “soy un carroñero entre las sábanas, ya no puedo decir si las máquinas me excitan realmente (Take you on a cruise)”.

 

 

Y aquí las voces se vuelven más animosas, más potentes, más inconformes por la abstinencia de placer que trajeron los meses de aislamiento; se rinden al dolor, al sufrimiento, al peligro de perecer solo por un instante de deleite que surge del dolor orgásmico del que se ahoga en la aflicción: “sé mi deseo, soy un hombre frustrado, invoca paz para mí, haz lo que quieras (My desire).”. Entregarse enteramente ante la excitación es el producto de la falta de pasión, pero es un precio bajo a pagar ante el final del deseo; es un intercambio razonable por satisfacer la necesidad de una piel extraña, así ésta solo sea una píldora insonora para un cáncer que carcome secretamente el órgano de la emoción: “no debería mostrarte nada, tengo dos secretos, pero solo te diré uno (Success)”. Es la impostada pretensión de seguridad en el placer doloroso la que logra maquillar el secreto del sufrimiento interno, tranquilizando levemente con la futilidad y la ausencia de sobriedad.

 Pero tantas nuevas honduras, tantas nuevas texturas y fluidos hormonales dan paso a la voz del vacío, de la nada, a la voz que inunda con más constancia las noches de Bogotá; “solo miento para hacerte sonreír… pero solo en tu espacio (Memory Serves)”. La voz de la ausencia, la voz del engaño y el sinsabor es la que más solloza tras la caída del muro de la indiferencia y la insipiencia. Tras las otras voces satisfechas, solo esta, que carga con todo el peso de un trasegar por sonidos sin eco, es la que inunda a los habitantes de la ciudad al unísono. La tristeza, la tristeza más oscura, más profunda, que devora a sí misma a sus hijos, es la que engendra esta Bogotá en el intento de sus habitantes por tejer vínculos que se nutren de lágrimas, autosatisfacción y decepción; “¿Por qué es tan difícil alejarse? ¿Por qué?”, es la voz que en coro insonoro se escucha en los pasos cansados de los cuerpos en la ciudad después de la 1 de la mañana.

 Sin embargo, la noche no es eterna, y aunque el dolor deja una resaca saborizada por la pesadumbre y la soledad, la luz nos aguarda en la mañana, una luz blanca que como un océano nos refresca y nos inunda hasta saciar nuestra inestabilidad. Tercos somos quienes caminamos por esta noche y no avistamos el bálsamo que significa esta marea de libertad: “podría ir a cualquier lugar, libremente, con mi lugar en el sol, porque realmente puedo ir libre a cualquier lado (Anywhere)”. La libertad, desnuda y pálida de vivir para sí mismo, es la satisfacción que se dibuja en el seno de nuestra voz consciente al eludir el placer fugaz, y la que abre la puerta a un nuevo lenguaje (Leif Eriksson). Pero insensatos nosotros, porque este lenguaje no dura, y vuelve a nosotros la noche, reavivando esa confrontación entre lo negro y lo blanco, entre lo oscuro de nuestros deseos y el impulso blanco de refrenarlos con el anhelo de libertad; en las calles de Bogotá, resurge nuestro deseo por el placer dibujado con el dolor: “contrólame, consuélame, porque así es como deberían ser las cosas (Narc)”.

 

Veladamente, la voz sonora de Interpol impulsa todas estas nuevas noches capitalinas, que toman prestadas sus sonoridades vocales para hablarnos con otro cuerpo de la dificultad que estriba ser un humano que se mueve entre la elegancia del dolor y la indigencia del amor subliminal impulsado por el anhelo de paz. Interpol está ahí, en las calles, y aunque no lo vean sino algunas voces, y ni por enterados sus miembros se den de esta sustracción de significados, su pulso interno sirve como el tic tac del reloj que rige el paso de las horas en la noche de la antigua “Santafé de Bogotá” de la Era de las fiestas en COVID.

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