De Lectura

Sobre el acto de enmaniguarse

AUTOR: Juan Pablo Arango

FECHA DE PUBLICACIÓN: 22-10-2021

Sobre el acto de enmaniguarse: a propósito de “Los abismos” de Pilar Quintana

 

“A veces, al caminar por el apartamento,

me daba la impresión de que las plantas se estiraban

para tocarme con sus hojas como dedos,

 y que a las más grandes, en un bosque detrás del sofá de tres puestos,

les gustaba envolver a las personas

que allí se sentaban o asustarlas con un roce.”

Pilar Quintana 

 

Como por la ventana del cuarto de Claudia no entra ni un hilito de sol ni de mañana ni de tarde, a ella siempre le ha tocado salir a cazarlo al comedor o a veces, si su mamá no se encuentra, junto al tocador donde se acicala todos los días antes de salir a pavonearse por el barrio. A veces simplemente llueve y entonces, ese ritual bonito y cotidiano, debe ser reemplazado por la maldita manía de entender por qué su mamá llora hasta descostillarse de once a doce de la mañana y de tres a seis de la tarde, ya cuando el coup d’État de la noche viene siendo irreversible.

A sus ocho años, Claudia parece ya un robot de veintipico, de esos que arrastran los pies por las calles, patean piedritas a hacerle gol a los carros en movimiento. No se sabe realmente qué tanta inocencia hay detrás de su carita de yo no fui. Su abuelita siempre le ha dicho que tiene cara de asolapada.

─Como si eso no fuera genético─ pensó muy para adentro, ─¡asolapado mi papá que sonríe sin querer cada vez que entra y sale de casa!─  

Yo a ella la conocí realmente en la segunda parte de “Los abismos” de Quintana. La primera parte fue un puntapié en la barriga. Quizás era la incomodidad de cruzar la selva que se me estaba presentando palabra a palabra. Lo que necesitábamos Claudia y yo era enmaniguarnos, encontrarnos de frente y así comprender que el macho aplasta, que la figura masculina ha sido, es y seguirá siendo la tortura china que le había explicado alguna vez su abuelita al son del punto, cadeneta, cadeneta, punto. Buscar nuestro espacio entre la densidad de los árboles, entre los arbustos de ortiga que se erizan al ritmo del pasar de las páginas. No existirá acto más violento que reconocer a Claudia como una completa extraña, como un “otro” que no podré leer simplemente porque el discursito de superioridad resulta más elocuente que sus pobres posibilidades de gritar que se habita el peor de los mundos posibles.

─No se trata de Cali, de Bogotá o Medellín─, le dije.

─Somos invisibles…mi abuela, mi mamá y yo. A todas nos callaron desde antes de nacer. Mira a mi mamá…ya sin ganas de levantarse a poner en orden su vida. Ahora sí que parece un fetico nadando entre las aguas de la desolación─ me dijo mientras apretaba los puños en silencio.

            Claudia se voló de la casa. Fue un martes si mal no recuerdo. Esperó a que su mamá se emperifollara y saliera como alma que lleva el diablo a buscar lo que no se le había perdido en una tienda cualquiera. Su papá seguro estaba de cabeza en el supermercado, dejando que la vida fluyera como un carrito de compras por la sección de víveres no perecederos. Nos encontramos al lado de un parque y nos sentamos a compartir silencios como si nos bastara con la campanita del señor de los helados o el grito acalambrado de gol de un peladito que jugaba metegoltapa con otros tres.

            ─ ¿Sabes? Me cansé de ser mujer. ─ Ese fue el gancho al hígado con el que decidió romper el silencio antecitos de que dieran las doce del mediodía.

            ─¿De mora o de lulo?─ le pregunté mientras traía al carrito de helados con la mirada.

            ─Mejor léeme una de esas bofetadas que dices son para grandes─ me dijo mientras se sentaba bajo un Jacarandá frondoso, del color de una paleta de mora.

 

Me resistí. Pero ya qué más daba. Invitamos a un helado a Rosa María Roffiel…ya estábamos listos para enmaniguarnos.

 

 

Sobrevivientes

yo conozco tu locura porque también es la mía

somos locas rebeldes
locas de estar vivas
locas maravillosas
estrafalarias, floridas

 

ovejas negras
descarriadas sin remedio
vergüenza de la familia

 

piezas de seda fina
amazonas del asfalto
guerrilleras de la vida

 

 locas de mil edades
llenas de rabia y gritos
buscadoras de verdades
locas fuertes
poderosas
locas tiernas
vulnerables

 

cada día una batalla
una norma que rompemos
un milagro que creamos
para poder seguir siendo

locas solas
tristes
plenas

 

mujeres locas, intensas
locas mujeres ciertas.

 

 

https://iberoamericasocial.com/poemas-de-rosamaria-roffiel-mexico/

 

 

Le pedí a Claudia que me invitara a su casa. Todo estaba por hacerse. Caminar de regreso, de la mano, jugar “veo veo”, llorar para adentro y hacernos los extranjeros en esta ciudad de mierda. Entramos en silencio. De fondo la olla a presión pitaba como si presagiara que para lo que se venía, era mejor el ruido infernal. Claudia mamá dormía.

Para mí y para ella no habría acto más valiente y consecuente que enmaniguarse. Esa palabrita la había leído en algún discurso de José Martí. La había cargado de una potencia abismal cada vez que Claudia me hablaba de las matas que cubrían su casa. Alguna vez, incluso, quise escribir el paso a paso como quien recuerda una receta de abuela. Claudia sabía que era la única manera de sentar palabra, de arreciar contra el machismo rampante que le inundaba las ganas de vivir su infancia. Ocho añitos, pero con la cabeza de una cuarentona hecha y derecha.

Nos acurrucamos al lado de un tronco del Brasil enorme. Claudia se quitó los zapatos y los lanzó debajo del sofá cama de la sala. Empecé a llorar y me dejé acoger por un ficus de hojas como lancetas, abrazamos las hortensias como queriendo que nos tragaran. El olor a tierra se hizo intenso, los helechos nos saludaban y las hiedras empezaron a salpicar lágrimas. ¡Cuántas mujeres convertidas en manigua!

 

─Deja de mirarte en las hojas. Las vas a secar con tus ojos─ me dijo mientras me acariciaba la mejilla con sus hojas.

 

 

 

 

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