De cine y animación

Polifonía y dirección de orquesta: Gus Van Sant

AUTOR: DAVID FERNANDO LÓPEZ

FECHA DE PUBLICACIÓN: 25-10-2021

 

 

Polifonía y dirección de orquesta: Gus Van Sant

DAVID FERNANDO LÓPEZ MORENO*

 

Introducción

 

¿Pueden justificarse los gustos y las preferencias personales de manera “racional” y “objetiva” o a veces son demasiadas las pretensiones de nuestra búsqueda intelectual?  No lo sé y no pretendo contestarlo ahora.

 

Sólo sé que el interés por lo que sucede en el cine, por quienes lo habitan y deshabitan, por quienes lo viven, gozan, sufren, viajan, es producto de una búsqueda personal, que no entrevé la prohibición del uso de la intuición, la sensibilidad y la imaginación.  Por el contrario, dichos elementos son indispensables para que este texto logre penetrar en esa confluencia de signos indescifrables, realidades, sueños, planos y sistemas que la obra de Gus Van Sant bombardea a través de sus películas.  Esta complejidad y diversidad de mundos que se entrelazan en su obra, parece que se orientara bajo la polifonía, el viaje interior, la soledad y la vanguardia formal, y también por la ansiedad por observarlas.

 

Aunque se me hace imposible lograr una justificación unívoca de unas preguntas y de lo que sigue a continuación, trataré de compartir mi asombro y mi inquietud por lo que sucede en el cine del director norteamericano en forma de una ficción representativa de su obra...

 

Aquel día haría mucho frío. Los techos de las casas y de los edificios estarían cubiertos de nieve. Incluso los prados que circundan las calles de su ciudad formarían pequeños tapetes blancos. No entraría al departamento de Cinematografía.  Se dirigiría al anexo donde se desarrollaría el foro sobre Cine y psicología.  En la entrada, un gran cartel lo invitaría a unas conferencias sobre la obra de Gus Van Sant. Andaría por un largo corredor en el que habría carteles publicitarios sobre películas como Todo por un sueño, Last days, Elephant, Gerry y Paranoid Park, Good Will Hunting… 

 

Todas las conferencias habrían ya empezado y usted no se atrevería a entrar en ninguna.  Erraría de puerta en puerta, escuchando la voz de los profesores con alma de profetas.

 

  

 

                                                                                    Si se trata de eso, me voy...

Tal vez, (diría una voz tímida y apagada, que usted definiría como la voz de la primera puerta) no es conveniente definir demasiado deprisa lo que se entiende por la obra cinematográfica de Van Sant. Es mejor ser prudente, estar atento a las invenciones y a la aparición de indicios y formas.  Estar dispuesto a captarlo todo...  No precipitarse a rechazar sus películas...  Quienes las juzgan rápidamente se privan de muchos placeres posibles.  Se toman tristemente en serio, se protegen contra toda sorpresa.  El temor de ser sencillos, los vuelve ciegos.  Son los que practican la crítica como definidores, como policías (desconfían de Good Will Hunting por ser cursi además de sospechosa), como aduaneros (vigilan en las fronteras de lo que ellos llaman cine), como publicitarios (lanzan al estrellato a Gerry y a Paranoid Park,  por revelar la soledad y el tejido interior del individuo, despreciando a Todo por un sueño y Good Will Hunting por ser competitivas), como oficiales (otorgan medallas, grados y reprobaciones a Last days y Elephant por revelar a la muerte como oportunidad de vida).

Con no mucha mayor fortuna, los rebeldes de la crítica cinematográfica se pelean con los anteriores.  Quieren ampliar la noción de lo bello, y buscan nuevas definiciones, otras clasificaciones, nuevas jerarquías, sin ver que el deseo de jerarquizar envenena el goce que pueden dar las obras.  La palabra cine les permite evitar el goce de una película, como otros se defienden contra un encuentro amoroso con generalidades sobre la mujer.

Cuando está bien definida, la palabra cine excluye invenciones apasionantes.  Cuando está demasiado poco definida, traiciona los razonamientos que la utilizan.  Tal vez convendría excluirla del discurso o afrontar su autonomía.  Cuando un crítico cinematográfico empieza una frase diciendo: “El cine de Gus Van Sant es...” un director cinematográfico le interrumpiría brutalmente: “Si es así me largo”.

Usted dejaría la primera puerta, situada a la derecha de la entrada del corredor del anexo.  Se acercaría a la segunda puerta.  Otra voz hablaría de la tristeza de los suburbios grises, del fin de las fiestas, de la monotonía de los días.

 

Cuatro minutos de aburrimiento

El aburrimiento (continuaría la voz) es signo de muerte, síntoma de torpeza intelectual, de dogmatismo.  El gusto por el riesgo, por las aventuras (intelectuales y de otro tipo) desaparece.  Las repeticiones, los estereotipos, hacen morosa la vida.  El suicidio deja de ser una tentación para convertirse en el equivalente exacto de esa existencia sin sorpresas. Cuando el aburrimiento toma lugar, no hay duda de que sucederá lo peor.  Con una culpabilidad indecisa, con un gusto incierto por la mediocridad, con expresiones mezquinas de un dolor físico o sentimental, poco a poco, sin revueltas ni entusiasmo, el lugar se hunde en cierta forma en arenas movedizas.

 

Contra ese aburrimiento, contra ese habituarse a la muerte, la obra de Gus Van Sant ayuda a luchar.  Están del lado de la inventiva, de las sensaciones violentas, de las pasiones, de la imaginación.  Poco importa que sean percibidas, como herméticas, trágicas, alegres, burlescas.  Conmueven.  Perturban, a veces en grado mínimo, pero suficiente. Un estremecimiento casi imperceptible de nuestra sensibilidad nos da la posibilidad de mirar las cosas de otro modo, de pensarlas (un poco), de cambiarlas (un poco), de dejar de aburrirnos con ellas, de dejar de ser pasivos.

 

Como enemigas de lo aburrido, y como recursos contra el aburrimiento, las obras cinematográficas mantienen con éste relaciones a veces complejas.  Pueden parecer durante un momento aburridas, para obligar a espectadores y oyentes a prestar más atención, para dar más eficacia a una acción sobre nosotros que de entrada encuentra en nosotros una resistencia.  Si la obra aburre a los dos minutos, hay que probar con cuatro.  Si el aburrimiento persiste, hay que probar con ocho, dieciséis, treinta y dos, y así sucesivamente.  Se acaba descubriendo que no era en absoluto aburrida sino del más vivo interés.  Lo que seduce enseguida pasará rápidamente.  Lo que desconcierta, lo que requiere un esfuerzo de atención, nos excitará más tiempo, nos incitará a pensamientos más nuevos, a placeres menos esperados.

 

El aburrimiento aparente y provisorio que provocan determinadas obras, la irritación que suscitan son con frecuencia los signos de su fuerza.  Se las considera aburridas porque son contrarias a nuestros hábitos, y por tanto a los gestos y pensamientos en los que nos complacemos con morosidad.  Parecerían más aburridas cuanto más sutilmente subversivas fueran... Así son las películas del director norteamericano que hoy nos compete: subversivas. Pero sin duda habría que aclarar que el aburrimiento inicial que produce una obra no es siempre un signo de riqueza oculta.

 

La ciudad y la multiplicidad

Este discurso en torno a lo aburrido empezaría a cansarle.  Avanzaría hacia la tercera puerta.  Una tercera voz hablaría de la oposición tradicional entre lo antiguo y lo nuevo y de como los fragmentos de la ciudad, trozos de la naturaleza, el tejido individual de los personajes, la cámara misma, entran en el campo de la cinematografía, sin que de él sean excluidos las versiones antiguas.  Preciosos o aparentemente insignificantes, frágiles o sólidos, las formas visuales y las nuevas técnicas narrativas proponen en un nuevo museo la sorprendente variedad de sus imágenes y films.  Tienden a transformarnos en etnólogos sensuales, en voyeristas gozosos.  Invitan a nuestra piel a contactos regulares con la riqueza de lo real, de lo trágico, de lo irónico, de lo imaginario, con la multiplicidad de las cosas.  El cine de Van Sant reencuentra así tal vez (diría la voz de la tercera puerta con una satisfacción algo sospechosa) uno de sus sentidos: la sensación.

 

¿Significar? ¡Significarnos!

Detrás de la cuarta puerta, la voz sería sigsageante, entrecortada, a ratos rápida y a ratos frenada por tartamudeos.

 

En general (precisaría la voz) ante una película, el espectador tiene demasiada prisa en interpretar, en descubrir (como dice ingenuamente) lo que el director ha querido decir.  Le gustan los mensajes.  Quiere traspasar las apariencias.  Quiere superar la obra para buscar un sentido que prefiere único y simple, en la medida de lo posible.  Se pregunta qué quiere decir la obra y para qué sirve.  Sólo quiere ver en ella un vehículo, un medio.  Parece equivocarse.  Pero ¿se equivoca totalmente?

 

Y la voz evocaría enseguida Gerry donde se revela un sentido de búsqueda que se engalana con un silencio de muerte y vacío que unen a los dos personajes. Y la voz entrecortada (cada vez más insoportable) se preguntaría si ciertas obras (las más interesantes según ella) no buscan la ausencia de todo sentido, el fin de toda preocupación de comunicación.  Se preguntaría también si esta búsqueda puede continuar durante mucho tiempo: ¿Cómo continuar con la creación de obras cinematográficas para no significar nada? ¿Es seguro que no se transmite nada? ¿Se puede estar seguro incluso del propio deseo de no significar nada y nadar en la poética del vacío?  Usted se alejaría.

 

 

La claridad y las noches

El cine de Gus Van Sant (diría la voz de la quinta puerta) parece situarse del lado de la claridad, de la luz, de una puesta en evidencia del mundo.  Amplían el mundo visible para ofrecerlo al cuestionamiento, al placer, y para inventar metáforas con él.  Es una especie de apología al ojo y a todo el cuerpo, un elogio de lo visible, una alabanza de la mirada.  Afinan nuestra visión, la enriquecen, nos enseña a observar mejor, a percibir mejor los rostros y personalidades de nuestros amigos. A leer los juegos del lenguaje cinematográfico, a gozar de los reflejos, de las nieblas, a dejarnos seducir por ligeros caos.  Nos llama la atención sobre ínfimas cosas, sobre el vestido de flores de una hermosa mujer, sobre el pixelado de la imagen, sobre los indicios de una alcoba de adolescentes que serán próximos asesinos, sobre los monstruos interiores, sobre la belleza del desierto, sobre la importancia de la escritura en el escape y encuentro interior.

 

Pero si hay que pensar la obra de Gus en relación con la claridad, hay que pensarla también en relación con las noches, las nubes, las confusiones, las ocultaciones y los escamoteos.  Elephant, Last days, Gerry y Paranoid Park, podrían desembocar necesariamente en una teoría de la nube y lo hermético, del grito original, de la muerte y de la soledad, de todo aquello que está a nuestra espalda y no vemos.  El sueño de la razón produce monstruos.  Las máscaras se multiplican o una máscara puede ocultar otra.

 

Por otra parte, sucede que la claridad y la ceguera son inseparables...  Cuando Suzanne Stone reflexiona sobre el plan maestro de la vida, está hablando quizá del cine.  El director de la película Todo por un sueño hace sus juegos a plena luz, y los espectadores miran bien para no perderse detalle.  Sólo el que no mira (Stone), con la cabeza vuelta hacia el cielo, encuentra algo más que ilusión.  Pero sin duda sale perdiendo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Polifonía.

Usted andaría por el corredor a paso más rápido.  El enseñante de la Sexta clase estudiaría la película Last Days y su relación con el suicidio como una forma de valentía sobre la misma vida. Señalaría que, en ese arte particularísimo, los mejores artistas intentan ocultar su nombre; que se molestan cuando su “tema” (su yo mismo) manifiesta un exceso de animación y se defiende exageradamente...

 

En la séptima clase alguien hablaría sobre lo fragmentario, lo híbrido y el viaje interior en la obra de Gus Van Sant.  Según la octava voz, las películas que cuentan de Van Sant para nosotros son las que (cada vez de una forma muy particular) ponen en cuestión las oposiciones tradicionales: por ejemplo, las de la crónica y el documental, la formalidad y la pasión, la realidad y la imaginación, la locura y la cordura, el silencio y el grito. Buscan la percepción de los contrarios, que es claridad, lucidez.  No anula un contrario en beneficio del otro.  Se esfuerza por darles a ambos su oportunidad. 

 

En la novena clase se evocarían curvas y laberintos individuales con el tejido de Alex, el protagonista de Paranoid Park. En el décimo curso se hablaría de la transformación del individuo gracias a la confrontación personal. El undécimo hablaría de la degradación social e individual de la sociedad norteamericana a partir de Elephant y Todo por un sueño.  La soledad en las obras de Gus Van Sant conduciría al doceavo enseñante a utilizar el psicoanálisis. El decimotercer enseñante intentaría explicar lo que puede ser un suicidio como elemento de vida.

 

Usted echaría a correr de una punta a otra del corredor, del anexo, esforzándose por evitar los carteles.  En la cabeza se le mezclarían las diferentes voces como sonidos de instrumentos de una orquesta.  Dejaría de prestar atención a las frases pronunciadas.  Las voces profesorales, desentonadas, agudas o sigsageantes, formarían una polifonía extraña.  Usted experimentaría un ligero vértigo, bastante agradable.

 

Después, sin dejar de correr, se dirigiría hacia la sala de cine más cercana, dispuesto a sentir placer, lamentando sin embargo que haya que observar las obras de Van Sant que a uno le gustan, en medio de la multitud, en lugares demasiado solemnes. 

 

Gus Van Sant

 

*DAVID FERNANDO LÓPEZ MORENO: Profesional en estudios literarios de la Pontificia Universidad Javeriana y especialista en crítica literaria y cinematográfica. Ha sido colaborador de publicaciones periódicas como El Malpensante y El Espectador imaginario. Lo pueden encontrar en Instagram como davferlop68

¡Compartir Esta Página!

Contacte con Nosotros

Bogotá - Colombia

Contacto@diastematicos.com