De Invitados

VIENTO SOLAR (Rio Cedro, Córdoba, Colombia)

AUTOR: ALFREDO DURÁN

FECHA DE PUBLICACIÓN: 30-10-2021

 

VIENTO SOLAR (Rio Cedro, Córdoba, Colombia)

 

Alfredo Durán

 

Los viajeros llevan morrales a sus espaldas. El tiempo es una puerta abierta a sus anchas. No miran hacia atrás, siguen, andan, pedalean, vuelan, caminan. La vida es su escenario perfecto. A la sombra de árboles gigantes y al arrullo de miles de pájaros, atardecen en el sigilo de sus hamacas. Cumplen su deber: aquello a lo que se han comprometido para tener techo y alimento. Los viajeros saben lo que no quieren y no lo persiguen. Se quedan en las playas, en los caminos, en los grandes parques o reservas, incluso en los pueblos donde se le da acogida y sentido. Los viajeros saben que hay otras formas de vivir y las viven sin que haya espacio para la duda.

Estos viajeros viven –siempre temporalmente- en Viento Solar  en las estribaciones del municipio de Río Cedro, en Córdoba, Colombia. Poder llegar a este sitio es una jugada afortunada del destino, o el resultado de la lectura de algún signo en el universo. Es también la resonancia que los amigos hacen de uno, de lo que uno es y de lo que uno ama y que ellos sugieren y conectan. Ser viajero por una semana en este lugar nos puede recordar que hay otras vidas, otras formas de vivir la vida, como la de aquellos que no cargan más que lo necesario a sus espaldas, o los que persiguen la belleza del mundo, con la excusa de perseguir y fotografiar pájaros. Otros viajeros, otros pasajeros temporales, e incluso las personas del lugar, del pueblo, pueden transformarnos, así como este lugar, de manera fundamental.

 Viento Solar es la reserva ambiental y campesina que por más de treinta años, Elena Posada, la mona, ha estado manteniendo y construyendo. Es un lugar de inmensa belleza, con una playa extensa, grandes árboles o Bongas con caras de lo que parecen ser sus propios espíritus expresándose en las cortezas. Las cabañas son amplias, con dos pisos y vista al mar, separadas una de la otra, y hay caminos que llevan a los comedores, a la cocina, y en todas las paredes hay cuadros y pinturas, mosaicos hechos por viajeros que se quedan, de nuevo, tan largo como su estadía lo necesite, tanto como se acomode a esta naturaleza, a las personas, al mar, al río.

 

En mi caso, fui invitado a llevar (y enseñar a tocar) un ukelele para la mona, (y de música a los niños de la escuelita ambiental) quien a sus sesenta y tantos años sigue vital y aprendiendo, ella que ha sido bióloga y conocedora de tantas especies y de métodos de conocimiento y de chamanismo. La mona quiere aprender a tocar ukelele y en lo posible transmitirlo a los niños que viven en veredas cercanas y con quienes pude disfrutar haciendo ritmos y música, canciones y juegos en los días de mi estadía. Algunos alcanzaron a sentir las cuerdas del ukelele para poder seguir soñando con aprender y hacer una escuelita de ukelele y música para ellos.

 Este es el modelo planteado por Viento Solar: no se trata de un hotel, un Spa o un Hostal, sino de un lugar de intercambios y de voluntariados, a donde quien llega puede “sembrar una semilla” de algo que conoce, como cocinar, hacer yoga, pintar las paredes, hacer música, leer, arreglar los techos o los caminos, e incluso los celulares. A propósito de esto último, el wi-fi es bueno pero sólo en las cercanías al “bar” (un bohío gigante) del lugar. De manera que es una oportunidad para desconectarse de redes sociales y de tanta información y banalidad. De hecho hay páginas y redes de Viento Solar para publicitar el sitio: en el fondo la mona Posada sabe que este no es un lugar para tener atiborrado de turistas y vendedores. No sigue, como decíamos, el modelo en donde lo primordial es vender. Sin embargo, es posible también pagar por una estadía confortable, si así se desea. Para llegar hasta acá basta ese “voz a voz” entre amigos, o ver los signos, entrar en comunicación con el lugar y adentrarse hasta él.

La travesía para llegar resultó más larga de lo que algunas personas  alcanzaron a describir. Llegué en avión a Montería, a eso de las 3:30 de la tarde. Al salir del aeropuerto había taxis que ofrecían llevarme hasta Cereté, en las estribaciones de Montería. Luego de algunas discusiones entre ellos, un motociclista me llevó al terminal de Cereté y ofreció llevarme hasta Lorica, diciendo que a esas horas difícilmente encontraría transporte. No vi por ningún lado buses o colectivos, pero con seguridad los hay y hasta las 6 ó 7 de la noche. Me fui en esa motocicleta, hablando mientras podía con el conductor, ya que el viento en los ojos no me lo permitía. El motociclista se encomendó a Dios y habló varias veces de los actos correctos y cómo serían recompensados por el ser superior.

Al llegar a Lorica esperé a que un colectivo desvencijado se llenara con cuatro pasajeros para poder avanzar hasta Moñitos, población anterior a Rio Cedro. Al ver que ya se ponía el sol en medio de los edificios bajos de Lorica y que no llegaban posibles pasajeros, pagué el colectivo entero, arreglando con el conductor quien me habló de lo malo de la carretera (y en efecto) y de cómo su carro llegaría sólo hasta su destino, esa noche (ya), pues conocía perfectamente los huecos, altibajos, las zonas donde podía acelerar un poco. Me habló de su vida, de sus hijos, de su hija a quien no le hablaba por haberse ido con un joven que vivía con sus padres en vez de querer estudiar y prepararse, como sus hermanos mayores, ya profesionales y trabajando en su campo. Me habló también de su señora, quien se encontraba en los Montes de María con sus padres, pues necesitaban ayuda para muchas cosas. Él vivía en el momento sin ella, en Moñitos, pero tenía relación con otras mujeres. La poligamia abierta y presente. Este camino de noche entre Lorica y Moñitos, pasando por San Bernardo del Viento (que visité muchos años antes y que me recordó vivencias de entonces) fue de más de una hora. Antes de llegar a Moñitos el conductor recogió en el puesto de atrás a una mujer a quien llamó a su teléfono minutos antes.

En Moñitos me esperaba (un poco desesperado por lo tarde) Reynaldo, quien trabaja con Viento Solar en ocasiones, y quien, luego de haberme llamado y haberme enviado mensajes de texto que no llegaban en esa carretera, me recogió en su moto. Fuimos bajo el cielo estrellado y nublado, con el sonido lejano del mar, hasta Río Cedro. Allí paró en su casa, una casa de doble piso amplia, al lado de la de su padre, igualmente amplia y con grandes árboles. Río Cedro me dio la sensación de una Aracataca nueva, con ese mismo espíritu de la costa colombiana. La esposa de Reynaldo lo esperaba y le dio una encomienda. Estaba muy seria. Reynaldo me habló entonces de su porción de poligamia, a veces descubierta, en este mundo de la costa cordobesa. Me llevó en su moto hasta Viento Solar, y la última parte del trayecto fue sobre la playa misma.

Al llegar a la reserva todos dormían. Sin embargo, la señora de la cocina estaba atenta y me sirvió una comida exquisita y vegetariana. Me acomodé en mi amplia cabaña y fui al mar a esperar una estrella fugaz, a sentir el secreto que es estar en la naturaleza misma. Los días pasaron con ese sosiego, sumergido en el mar, a distintas horas, con las clases de música para los niños, con las conversaciones de los que viven allí hace un tiempo y los que llegan y se van, como yo, por sus obligaciones en las ciudades.

 

Entre otras actividades (pues la no-actividad tiene allí todo el sentido) se puede ir al rio Mangle a ver especies de pájaros y animales, caminar por los caminos de la reserva ambiental. Fuimos al rio mencionado en una lancha y quienes la conducían eran expertos observadores de pájaros y animales. Nadé en el agua dulce de este rio, mientras la fotógrafa quien trabajaba con inmenso placer haciendo fotos, pinturas y blogs a diario, tomaba fotos que luego compartiría en sus redes. Vimos varias iguanas y algunas especies extrañas y bellas de aves. Al regreso pasamos por un pequeño islote llamado “El Castillo”, con formaciones rocosas sugerentes y esculturales.

 

Nadar hasta la roca a cien metros de la playa, estar en el mar hasta que la tarde se haya extinguido, caminar por las playas inmensas y solas, compartir la exquisita comida, los discursos, y en especial las formas de entender al mundo y a la vida, incluyendo la belleza de la visión de los niños, es lo que hace de este lugar, lejano, casi perdido en otro tiempo, un lugar para el silencio, el aprendizaje, el cambio de perspectiva en la vida de quien quiere ser más libre, más cercano al mar y a las nubes, a los ríos y al sonido de las aves, el viento y el mar al anochecer. Un rincón con muchas historias, con “semillas” sembradas por viajeros que muestran que hay otras miradas, y que instan a ampliar la de uno. Viento Solar es la posibilidad de la naturaleza y para nosotros de volver a ella que nos regala el misterio de lo que somos y que nos hace tanto bien.

 

Todas las fotografías fueron tomadas por el autor de la crónica.

Para conocer más acerca de la Reserva Natural Viento Solar: https://www.instagram.com/reservanaturalvientosolar/

 

 

Alfredo Durán Mejía es Bogotano, filósofo, docente y compositor. Ha creado proyectos de Responsabilidad Social, utilizando la filosofía, la creatividad y la musicalidad como herramienta para el afianzamiento cultural y el desarrollo personal y colectivo. Es académico de Filosofía y Lenguaje y se desempeña también como capacitador en desarrollo de pensamiento para empresas y grupos de distinta índole, a partir de la música, la rítmica y los juegos del lenguaje y pensamiento. Apoya procesos de humanización en hospitales y el sistema clínico hospitalario con música original, participación, interacción y diálogo.

Instagram: alfredoduranmejia   https://www.instagram.com/alfredoduranmejia/

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