De Lectura

Abisales

AUTOR: W J Aldana y Roberto Segrov

FECHA DE PUBLICACIÓN: 19-11-2021

Collage

 

Abisales

Lo humano de los actos inhumanos

 

 

De la serie: Actos Humanos

 

 

¡Cuán humanos son los actos inhumanos! No creo LectEr que te sientas abrumada o sorprendido con la anterior afirmación. Tampoco sé cuán lugar comun puede serlo, pero llegué a esa idea hace cerca de 8 años, en un congreso de humanidades en Porto Alegre, Brasil. No es mi tema de investigación entonces ignoro sobre autores que se ocupen del tema, pero imagino que debe haberlos.

 

 

Lo pertinente en este momento, sin embargo, es que con frecuencia nos enteramos, por los medios de información y las redes sociales, de los actos inhumanos cometidos contra la población. Niñas campesinas violadas por paramilitares en nuestro campo colombiano; un par de hermanas que asesinan a mujeres que llegan a su puerta por intentar un balance en la mierda de sus vidas; un carnicero que vende carne humana y una mujer que, sabiéndolo, prepara un rico estofado para el fulano con el que vive; un hombre que llega a casa solo a comer y a dormir – porque ya ni para el sexo es bueno – y ve en su esposa algo menos que el ente que le debe tener todo listo; jóvenes descuartizados que fueron retenidos por la policia en actos de protesta legítima; mujeres violentadas por sus parejas que las creían “amadas posesiones”. Son historias reales o ficticias que permean nuestra realidad y con las que convivimos con una indignación efímera y una casi naturalidad asombrosa.

 

Abisales

 

¿Has naturalizado ya, LectEr, estos actos inhumanos? ¿Los ves en las noticias y niegas con la cabeza y con el ánimo, hasta que llegan las buenas noticias del entretenimiento? ¿Dejas tu vida en la defensa de los Derechos Humanos? ¿Haces lo que tienes que hacer y contribuyes de formas que yo no puedo imaginar porque no tengo la verdad en la mano y solo conozco mi perspectiva? 

 

Como quiera que sea, es más fácil decirlo, escribirlo y reporcharlo que estar en la piel de quienes ven vulnerada su voluntad y su entendimiento, y son víctimas de actos incivilizados. Y es justo en estos actos inhumanos, en estos actos in-humanos en donde se enmarca el texto que presentamos hoy: se trata de un avance de Abisales, texto en construcción de Roberto Segrov, que nace como la compilación de algunos fragmentos, pero que con el devenir de la escritura van imponiéndose los diarios escritos por Teresa y por Gaspar Brontes. Las dos primeras entradas del diario de Teresa es lo que podremos conocer. Disfrutemos del corte de carne humana encebollada, con arroz con fideos y ensalada de tomate, que Teresa nos prepara para hoy.

 

W. Julián Aldana

 

 

Abisales

 

 

ABISALES

Roberto Segrov

 

 Abisales

 

Diario de Teresa

 

 

Octubre 21

El carnicero vende carne de gente. No lo dice, pero lo sé. He comprado un poco, para enterarme. Me sorprende que, habiendo tanta enfermera, tanto médico cirujano, tanto forense, tanto psicólogo y tanto asesino en este barrio, nadie se haya dado cuenta todavía.

 

Voy a preparar el corte que traje. La haré encebollada y cortada en trozos pequeños. La acompañaré de un arroz con fideos y de una ensalada de tomate. Como el tipo este que vive conmigo llega a cualquier hora, preferiblemente a la madrugada, la dejaré en el sartén bien conservada y cubierta con una tapa de cristal que se empañará primero y luego se perlará de gotitas de agua aceitosa. Como el tipo este es un rufián de lo más primario, seguro me hará levantar a calentarle; la emoción de verlo comer no me dejará volver a dormir; me sentaré a verlo comer, satisfecha.

 

 

Abisales

 

 

Octubre 22

El hombre vino, me despertó. Dormida le calenté y le serví el alimento. El olor del sartén me espabiló; le llevé el plato con una sonrisa muy fina que bien podía ser sonrisa o gesto salvaje, digamos, de asco o un gruñido controlado y silente. Me senté a verle ingerir lo que antes fue vida autoconsciente, vestida y respirante y que en manos del carnicero no es más que filete de vaca o ternera o cerdo. No pude evitar preguntarme por la identidad del individuo. 

 

Si lo comparo con una vaca, lo que llaman res, para desindividualizar y despejar de toda identidad vital y llevar a ser objeto, descubro que la vaca adquiere personalidad, no al revés, pero puedo hacer el esfuerzo, o sea, pensar al individuo no como tal sino como parte de una masa, pongamos, un átomo gregario, por tanto, una res también. Pero mi carácter se rebela, no por el individuo sino por la vaca, y no quiere pensar en la vida como colectivo sin determinación, y por ello, susceptible de exterminio…

 

Estaba pensando en todo esto pero el hombre me interrumpió repitiendo una pregunta que nunca llegué a comprender porque me apresuré a levantar el plato y a decirle que tenía sueño. Por un instante sentí una presión extraña en el centro de la parte posterior de la cabeza, como si estuvieran apagando un cigarrillo contra mi cuero cabelludo.

 

Nos fuimos a dormir y, por fortuna, la única molestia fueron sus eructos y flatulencias; ni siquiera alargó su mano para tocarme la cadera o el antebrazo.

 

Quise volver a mis pensamientos pero me fue imposible, la emoción se había retirado a la parte trasera de mi ser, dando espacio en el primer plano a otras consideraciones mucho menos pragmáticas que se desplegaban lentas, como un olor, como el humo o el calor por los recintos de la casa; despacio fui recorriendo los cuartos, el patio, la sala, la cocina y me detuve ante la puerta de nuestra habitación, y nos vi dormir, dos bultos informes, inconscientes o conscientes solo en un reverberar de máquina en piloto automático, y la luz que se colaba por una línea delgadísima entre las cortinas se proyectaba como una aguja de hielo y nos separaba, y arrumaba nuestras anatomías recogidas a lado y lado de la cama y la ventana se nos vino encima como si hubiera sido una placa de tela, cristal y aluminio, o como si se tratara de una composición de utilería para alguna puesta en escena de la vida, y ese vuelco que dio la ventana sobre nosotros me sobresaltó y me desperté y descubrí que era hora de preparar el desayuno.

 

Me levanté y preparé el café y, mientras aquel se bañaba escuchando las noticias fuertísimo, yo me bebí el café como arrobada por la memoria del sueño. Maquinalmente preparé y serví el desayuno y esperé a que se fuera para quedarme a solas. Antes de irse me dijo que la comida de anoche (o sea, de esta madrugada) había estado buena y que quería un corte igual para hoy en la noche. Yo no lo miré, asentí con los ojos abiertos y secos puestos en mi interior, pero comprendiendo la verdadera naturaleza de este hombre.

 

Ahora escribo esto.

 

 

Abisales

 

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