De cine y animación

PARE OREJA.

AUTOR: Antonio Moreno Quiroga

FECHA DE PUBLICACIÓN: 17-07-2017

 

 

 

PARE OREJA.

 “Mis padres no solían pegarme, lo hicieron sólo una vez: empezaron en febrero de 1940 y terminaron en mayo del 43.”

Días de Radio.

 

“We've realized that we're having a very difficult time finding the enemy. It isn't easy to find a Vietnamese man named "Charlie." They're all named Nguyen, or Tran, or...”

Good Morning Vietnam

 

La memoria colectiva se moldea en la medida en que una comunidad se ve expuesta de manera permanente a un estímulo que se interioriza y se acomoda en el cuerpo, en el cerebro y en el alma. Así por ejemplo, hoy se habla de la viralización de contenidos o de la popularización de las formas de vestir o de ser, de lugares por visitar, bebidas que consumir o equipos de futbol por los que “toca torcer” gracias a la entronización de un fulano que es más hábil con el balón que muchos de los que leemos esta crónica. Este fenómeno se debe particularmente al papel central de los medios de comunicación, particularmente por su poder y versatilidad para ofrecer ideas y contenidos en diferentes formatos. Ahora bien, en la actualidad este proceso tiene matices diferentes gracias a la aparente democratización del acceso a la información, a lo que se suma la mirada aguzada del nuevo consumidor de la misma.

En referencia a este último aspecto, quiero enfatizar en mi experiencia como radioescucha. Palabra extraña en la actualidad y que hace pensar en un individuo que usa tirantas y zapatos de charol (aquí la toma sería en blanco y negro o en sephia…), se peina con gomina, y que se sienta todos los días al lado de un inmenso aparato de transistores, adornado con una carpeta tejida en crochet, a buscar mediante una perilla el lugar en el que pueda captar las ondas hertzianas; todo en un ambiente que hoy llamaríamos vintage, pero que en realidad hace o hizo parte del día a día de muchos de nuestros hogares.

 

 

Pues bien, he sido asiduo seguidor de la radio desde siempre, pues gracias a ella aprendí a construir mundos verosímiles y de alguna forma granjeé, además, uno que otro dejo o expresión que se incorporó a mi otrora precario léxico. Si, desde la Ley contra el hampa o Kalimán en la voz del gran Gaspar Ospina, hasta el último día de trabajo del Doctor Hernán Peláez en La Luciérnaga (con dolor debo decir que en la actualidad no logro escuchar una hora de ese programa debido a su nueva línea editorial);pasando por las gestas épicas de nuestro ciclistas en la voz Julio Arrastía Bricca o los triunfos de la mecha, que me imaginaba gracias a la vibrante narración del Paché Andrade, mi vida está ligada  a un sinnúmero de emisoras y de otras voces que me llevaron por las sendas de la buena música, la crítica con criterio y el humor inteligente.

Todo este preámbulo para compartir con usted las sensaciones que me han dejado dos películas que tienen la radio como referente. Ambas aparecieron en 1987, pero sus escenarios y motivaciones son diferentes. Me refiero a Radio Days, de Woody Allen y Good Morning Vietnam, de Barry Levinson. La primera se ambienta en la década de los 40 y la segunda emplea la guerra del Vietnam como telón de fondo para su narración; en las dos experiencias se muestra la compleja situación que debieron experimentar quienes enfrentaron esos tiempos. Mientras que la obra de Allen se reviste de la comedia inteligente para narrar la retrospectiva que hace un niño judío, en realidad la añoranza de la niñez del director y su familia; y el papel que la radio tuvo en la época previa a la aparición de la televisión, la obra de Levinson se ocupa por aproximarnos a la influencia de la radio en el estado de ánimo de las tropas norteamericanas asentadas la oriente de la península de Indochina. Con todo, las obras procuran poner el talante en la fuerza de las comunicaciones en general y de la radio en particular como una vía de escape a la cotidianidad.

En el film de Allen se disfruta de una narración fresca en la que los miembros de una familia neoyorquina matizan su existencia gracias a las posibilidades que la radio les ofrece. La película explora momentos memorables de este medio de comunicación y la relación que éste establece con los escuchas. Es muy grato descubrir grandes piezas de jazz como las de Glenn Miller o Tommy Dorsey entre otros; lo que le da este tinte específico y muy propio de las obras cinematográficas del director en mención. El disfrute se complementa con secuencias en las que se alude a elementos propios del hábito de escuchar radio: las jóvenes esperan la hora indicada para disfrutar de las radionovelas e imaginarse las historias que se narran y a los apuestos galanes que las protagonizan. Esta atmósfera se alimenta con las excepcionales voces de los intérpretes y con los efectos especiales empleados que permiten la sensación vívida de quien está en su casa y disfruta. De hecho, me pude ver a mi mismo saltando en mi casa de una cama a la otra mientras que los héroes ficcionales me llevaban a la ignota Asía o a las calles capitalinas entre carros veloces y balas que zumbaban. Y continúa el director de Días de Radio con el homenaje, cuando incluye un par de elementos icónicos.

El primero es el evento que está enmarcado en la gran depresión, finaliza la década de los treinta y Estados Unidos trabaja por recomponerse; de allí que la radio hubiese sido uno de los pilares para concretar el espíritu nacional. Entonces, en el marco de la narración y mientras una pareja está dentro de un carro que se descompuso en mitad de la noche y en una carretera oscura y solitaria, en la radio empiezan a informar la manera en que el plantea está sufriendo una invasión alienígena que amenaza acabar con la especia humana. Lo que se escucha es tan verídico que el pánico se apodera del antes enamorado y engreído personaje masculino, quien sin pensarlo dos veces abandona el auto y a la mujer con quien estaba en su primera cita. Cabe aclarar que no se trata únicamente de un artilugio narrativo creado por Woody Allen, es más bien el homenaje que le hace a uno de los grandes narradores, productores y directores de radio y cine. Se trata de Orson Welles y el episodio que protagonizó al recrear para la radio la obra de H. G. Welles, La guerra de los mundos. El evento fue tan vívido para las persona de la época, que se creó pánico colectivo, se colapsaron las líneas de emergencia y las personas salían despavoridas de sus casas con el fin de escapar de una inminente muerte. Hoy en día se puede comparar este evento con los hechos protagonizados por los hinchas del Junior de Barranquilla, quienes en 2014 salieron en caravanas con agua y harina hasta altas horas de la madrugada, a festejar la obtención del título profesional del futbol colombiano, pues una información en Twitter afirmaba que la estrella se le había quitado al Atlético Nacional. Al final todo resultó ser un embuste en el que cayeron los torcedores del onceno tiburón.

Otro elemento que quiero rescatar a la hora de revisar el papel protagónico de la radio en la obra de Allen, está en la forma en que las personas se enteran de los sucesos de la guerra o la ilusión porque la misma se acabe y regresen todos los hombres jóvenes que se marcharon, con el fin de permitirle a la tía del narrador conseguir por fin su príncipe azul. A esto se suma que el imaginario de los sujetos no les permite comprender cómo es la vida de los artistas de radio. En este sentido, la película presenta una mirada al interior de la producción radial. Así, nos encontramos con vidas complejas y alejadas de lo que la ilusión construye, seres comunes y corrientes, pero también grandes divas que imponen la forma de hablar o de actuar. Con todo, seres solitarios que cargan su propia tragedia existencial en la iluminada pasarela del mundo que habitan.

 

 

 

 

 

 

 

 

En el caso de Good Morning Vietnam nos acercamos a una tragicomedia en la que su protagonista se convierte en el constructor de imaginarios y mundos posibles. Un ser amado y reconocido por su versatilidad y el poder hipnótico de su voz. Interpretado por un brillante Robin Williams, la obra devela otros aspectos del individuo, tales como la capacidad de reírse del dolor o de reivindicar a los que no tienen la posibilidad de ser escuchados. En esta película la radio es el vehículo de significación que potencia la reelaboración de imaginarios, en tanto se convierte en un campo de batalla en el que Adrian Cronauer (Williams) debe producir y presentar un programa radial para subirles el ánimo a los combatientes. Todo anda bien hasta que se enfrenta con sus superiores que no comparten su estilo desenfadado, razón por la cual se le aparta de su trabajo. A esto se suma la aparición del amor como distractor y lo más terrible, Adrian descubre de primera mano los horrores de la guerra, la muerte y la desolación que ésta deja, así como las imborrables heridas físicas y psicológicas que perduran incluso hoy en día en los dos bandos.

En lo referido a la radio como personaje, la obra cinematográfica hace una mirada diferente a la de Días de Radio, pues aquí el énfasis está en describirnos un momento en la vida de un locutor y la manera en que lee el mundo. Eso sí, el humor está a la orden del día y es necesario permanecer muy atento a los parlamentos, pues muchas veces están llenos de alusiones históricas  o menciones a personajes que son fundamentales para comprender en donde está el chiste. Punto aparte y reconocimiento especial a la banda sonora de la película, es simplemente un deleite. Lo digo porque los productores y el director se ocuparon en hacer una selección de piezas y artistas icónicos para lo que sería más adelante la cultura Pop y las nuevas manifestaciones artísticas y musicales. Al ver la película pude disfrutar de Them, James Brown, Louis Amstrong o The Beach Boys. Cada pieza complementa los momentos de la narración y ofrece la posibilidad de construir con fluidez la atmósfera del relato en general. Entonces, no se trata de una clásica película bélica, sino de una revisión del poder de la radio como elemento de cohesión y de revitalización del resquebrajado espíritu del combatiente real.

 

 

Entones, mi buen lector, disfrutar de los mensajes que nos ofrece el mundo actual se logra en la medida en que logremos darle lugar a las diferentes formas en que los mismos se manifiestan. No se trata de decir que hay medios y formas de comunicación más importantes que otras o que algunas ya están pasadas de moda o son inútiles. La experiencia que tuve al disfrutar de las dos película en cuestión, me permitió corroborar varias cosas: lo primero es que gozo mucho con el cien, pues explora las diferentes aristas de la realidad, lo posible, lo verosímil y lo fantástico; lo segundo, que corroboro mi amor y pasión absolutas por la radio. Es un poderoso ámbito en el que se deben poner en juego herramientas de construcción que le permitan al radioescucha construir imaginarios a partir solamente de lo que le capta por los oídos. Por eso permanecerán en mi memoria con mucho vigor las voces de los locutores y las tardes de lluvia en las que, gracias a un aparato de radio, pude evadirme de las tareas o del caos en el que se mueve la mayoría de las veces nuestro mundo actual; así usted me vea alejado de la forma de vida de lo millennials contemporáneos.

 

 

 

 

DEL AUTOR: Antonio Moreno Q. es Licenciado en Español – Inglés de la Universidad Pedagógica Nacional, Magister en Literatura Hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo, Maestro de literatura, investigador en pedagogía y didáctica;  curioso por el cine, el arte y el futbol en todas las categorías y formatos.

Contacto: amorenoquiroga@gmail.com      Twiter: Amoreno @amorenoquiroga 

 

 

 

 

 

 

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