De Lectura

Estupefacto: el estupor en Lucas Varela.

AUTOR: W. Julián Aldana

FECHA DE PUBLICACIÓN: 15-10-2016

Estupefacto: el estupor en Lucas Varela.

Hoy: Lecter, te voy a contar lo siguiente: hay un payaso que se llama Ronald King. Viste mameluco amarillo y camisa de rayas horizontales. Se levanta de su cama con el tedio gigante típico de payaso trágico: “Researching… Planning… Promoting… Executing… Conforming… - dice -; Marketing… Cocksucker” - piensa. Sólo come hamburguesas aunque las odia. Babea sobre una de ellas el azul de su saliva espesa esperando a que mercadeo convierta el ingrediente secreto en el favorito que te hará chuparte los dedos cuando la pruebes. Luego Ronald King entra a internet “… a buscar fotos de niños muertos”. Y las encuentra; al menos 11.

-  ¿Conoces esa historia Lecter?

Yo la conocí hace poco.  Quédate sentada que te voy a contar.

Hace unos meses: Augusto Nemitz, amigo brasilero-argentino de poca importancia en esta crónica, me recomendó a su amigo argentino Juan López que vino a Bogotá unos días por asuntos de la empresa de jabones industriales para la que trabaja. En dos tardes recorrimos La Candelaria, tomamos café, bebimos cerveza y pasamos por la librería La casa de Asterión porque quería llevar literatura colombiana (llevó Técnicas de masturbación entre Batman y Robin, La Vorágine, Los cortejos del diablo, Sin remedios, Obras selectas de Carrasquilla, Los cuentos de Juana). En una de esas charlas deambulando calles resultamos hablando de El eternauta, de H. G. Oesterheld y F. Solano López, la primera novela gráfica de América Latina. Juan resultó ser un amante del cómic de su país y un poco socarrón y risueño me dijo que quizá algún día me haría un regalo.

Tres semanas después de hace unos meses: Una noche llegué al apartamento y pedí en la portería las facturas de servicios públicos. Me entregaron al tiempo un paquete de Correos argentinos: El eternauta, Estupefacto, de Lucas Varela, y Bolita, de Carlos Trillo y Eduardo Risso. Fui Feliz, hasta puse una foto del obsequio en mi perfil de Facebook.

Un mes después de hace unos meses: Para no cargar tanto peso, Lecter, metí en la maleta el libro más delgado: Estupefacto. Lo saqué luego en Transmilenio para leer como acostumbro: “19 historietas completas de Lucas Varela”, - decía un subtítulo. Lo quise ojear. No lo hice, sólo lo hojeé rápidamente para disfrutar de algunas imágenes. Pronto fui leyendo las historias y para mi gusto me encontré con su sordidez. Porque no era sólo el payaso de la baba azul que disfruta de las fotos de niños muertos; era también “Diablito”, cuya cloaca en el infierno alberga en el techo otro demonio que depone gusanos que al ser pisados dan vida a cabecitas humanas; y era también el mono Scatter, glotón, drogadicto y promiscuo que viola mucamos afro, desposa a un Elvis rechoncho y fornica con un Mc Cartney de mejillas colgantes; y era también Paolo Pinoccio, muñeco de madera embustero, desleal, egoísta, violador y oportunista que los engaña a todos (incluso a Dios y a Satanás).

Dos meses después de hace unos meses (o hace un mes): Estupefacto puede leerse en unas horas. Dos, digamos.  Menos quizá. Pero cuando se trata de cómic me gusta tomarme el tiempo: leo el código alfabético de cada viñeta primero y después me centro con detalle en el código gráfico: los personajes, el fondo, los colores, y detalles como las 18 cucarachas que hay entre los 12 robots de la contraportada, en un mundo  que cumple el sueño de Bender: los robots han destruido la raza humana. Estupefacto cuenta además de aquellas historias largas referidas anteriormente, con historietas breves de una página. No son ya mezquinas ni ruines, sólo grotescas: tan excéntricas Lecter que seguro te sentirás desconcertado. Historias como “HERBERT BRAHMS: el hombre que se clona a sí mismo y luego se arrepiente”, “Sea testigo del extraño caso de HONORIO SAAVEDRA: el hombre alérgico a la primavera que cuando estornuda le sale una cabeza que le exige atención…”, “OTTO VON MÜLLER repasa sus pesadillas de la semana y luego saca conclusión”, y “El profesor OSWOLT WOLGEMUT nos divulga sus excéntricos y más recientes avances en el vasto campo de la ciencia”. El título de esas historias recuerda novelas medievales como el Caballero Zifar o el Amadís de Gaula (Cervantes luego lo haría en El Quijote), en las que los subtítulos cuentan al lector el contenido del capítulo. Sin embargo, Lucas Varela en Estupefacto nos muestra que poco importa conocer de antemano la trama de sus historietas porque la parte gráfica acabará por transmitirte la desazón, la alienación, la dicha, el asco o el placer que su obra puede llegar a producir.

Dos meses y medio después de hace unos meses (o hace quince días): Este librito de Lucas Varela tiene otras historias. Conejos, patos e hipopótamos humanizados, un cerdo soñador, enanos, extraterrestres y la vida efímera de las partículas H que solo viven dos días, por eso cuando menos piensas “Pop”, desaparecen.

Dos meses y veintinueve días después de hace unos meses (Hoy): La estética particular de las historietas de Lucas Varela te llevan Lecter a confirmar que hace mucho los cómics dejaron de ser para niños. Si eres un padre o una madre responsable difícilmente dejarás que tus hijos lleguen a estas historias. La cicatería de los guiones y la perfecta claridad de la hediondez gráfica te llevarán fácilmente a coincidir con lo que Carlos Trillo afirma en el prólogo de Estupefacto: “Lucas Varela está loco porque no piensa como nosotros; es un autor inclasificable dueño de un mundo personal hasta lo imposible”; yo completaría diciendo que se trata de un mundo fabulosa y asquerosamente personal este de Varela.

- Lecter, ¿lo buscarás, lo leerás?

Búscalo, encuéntralo, léelo, regodéate en su locura, entra a su mundo y quizá sea mejor que no lo trates de comprender; quizá te baste con quedarte en el estupor.

Yo me quedo ahí, “Estupefacto”.

 

 

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